Esta semana se publicaron dos resultados de investigación que muestran dos caras del México actual.
El primero “México. Anatomía de la corrupción”, compendio de los principales indicadores sobre la corrupción en México de María Amparo Casar acompañada por el Instituto Mexicano para la Competitividad A.C. (IMCO) y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
Más artículos del autor
El segundo, el reporte “La imagen de México en el mundo 2006-2015”. Recopilación de más de un millón de piezas informativas, desde notas periodísticas y opiniones de expertos, hasta tuits y búsquedas de Google, realizado durante cuatro años por el equipo dirigido por César Villanueva, académico del Departamento de Estudios Internacionales, de la Universidad Iberoamericana.
Dos investigaciones que muestran el México de ahora, visto a través de la lupa de dos temas nodales: el de la corrupción y la mirada del exterior.
Las causas de la corrupción sobresalen en el estudio de Casar, a partir de cómo nos vemos y cómo percibimos la corrupción.
En dicho estudio se concluye, por ejemplo, que la corrupción en nuestro país tiene altos costos económicos, políticos y sociales; que la población percibe corrupción en el sector público; que las instituciones que se perciben como más corrupta son los partidos políticos (91%), seguida por la policía (90%), los funcionarios públicos (87%), el poder legislativo (83%) y el poder judicial (80%); que existe además una crisis de representación, dado que 91% no confía en partidos políticos, 83% no confía en legisladores, 80% no confía en instituciones del sistema judicial, datos del Barómetro Global de la Corrupción, Transparencia Mexicana.
Y lo más preocupante, desde mi punto de vista, es que de acuerdo con el Barómetro Global de la Corrupción 2013 de Transparencia Internacional, el 88% de los mexicanos pensamos que la corrupción es un problema frecuente o muy frecuente, y que la mitad de la población considera que la corrupción ha aumentado mucho en los últimos dos años.
En el estudio de Villanueva, se observan tres facetas de México : Un país en vías de desarrollo con una desigualdad impresionante y un estado de derecho fallido; lo económico marcado en una paradoja instalada en lo macroeconómico y lo exótico, denominado así por esa especie de folkclore que representa ante el mundo, una rareza cultural.
Llama la atención cómo se sigue presentando a México como líder entre las economías emergentes con sus reformas y su estabilidad macroeconómica así como su apertura comercial, aun con la persistente desigualdad que sigue creciendo. El 1% de la población más rica recibe el 21% de todos los ingresos, además de que a pesar de una década de violencia por la guerra contra el narcotráfico, el México violento, aún no se consolida.
En este contexto, el caso Ayotzinapa se presenta como un parteaguas. La desaparición de los 43 estudiantes y la ola de noticias en los medios de comunicación (del país y del mundo) así como las críticas de ciertos organismos internacionales como la ONU y el Parlamento Europeo, han convertido paulatinamente a nuestra país, en un símbolo de inseguridad reflejado en la crisis por la que pasa la presidencia de Peña Nieto.
Además, hay que interesarse en la situación que califican como “lo exótico” de México, que no se refiere a nuestras costumbres y tradiciones, tanto indígenas como mestizas, sino a todo lo que ha impregnado en el imaginario internacional sobre lo que representa a México, especialmente con estereotipos como el Chavo del Ocho, Vicente Fernández y Luis Miguel. Según esta investigación, estas tendencias no permiten que se conozca esa otra cara, la cultural milenaria y la moderna del país.
Ambos estudios llegan a conclusiones generales: En el primero, se confirma que la corrupción es un lastre por los enormes costos económicos, políticos y sociales, por lo que identificar y cuantificar dichos costos es indispensable para conocer la dimensión del problema y diseñar políticas públicas adecuadas para su prevención y erradicación; en el segundo se concluye que la imagen mexicana está en un periodo de transición y aún no queda claro si la balanza se inclinará por el México marginado, el de desarrollo, o el violento.
El panorama desde estas aproximaciones teóricas y metodológicas a la realidad, no es nada halagador; además representa parte de las problemáticas que como sociedad enfrentamos, ante los cuales no sólo la educación puede incidir.
Pienso que sobre todo, esa imagen exótica a lo exterior está permeada por la enorme influencia que los medios de comunicación han ejercido durante décadas en todos los sectores poblacionales mexicanos, aunada a la corrupción e impunidad que aflora en muchos de nuestros ámbitos institucionales.
En México sí pasan cosas y cosas graves, pero se insiste que todo marcha en la normalidad y nadie, aparentemente, quiere “joder a México”.