Una buena parte de los medios de comunicación del país, le juega al coro ingenuo o complaciente con el gobierno federal en relación con el caso Javier Duarte.
La revista “Proceso” tituló en su portada de la semanada posada respecto a este asunto: “Justicia o Farsa”. Hasta este momento, la respuesta es: farsa.
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Una obra teatral de la peor factura es lo que vemos y no otra cosa.
Ahora resulta que es más sencillo, más fácil, encontrar al Chapo Guzmán que al ex gobernador de Veracruz.
Duró años, meses la exhibición pública hasta el hartazgo, de los latrocinios de este sujeto, y al final ocurre que de eso nunca se percató la Presidencia, Gobernación y la Procuraduría federal. Admitir esto es un absurdo.
Y exactamente lo mismo puede decirse de la fuga concertada del otro pájaro de cuenta, Guillermo Padrés, el ex gobernador de Sonora.
Los medios mostraron la podredumbre de estos ladrones en fuga. Se documentaron ampliamente sus desvíos, derroches y negocios con el dinero público. Se mostraron huellas escandalosas de sus fortunas dentro y fuera del país.
Sólo una enorme muralla de cinismo de la federación explica que no se les haya tocado ni un pelo mientras estuvieron en funciones. Y que se haya urdido igualmente desde la cúpula del poder su fuga rodeada de chismes y distractores.
La verdad es una, tan clara como el sol, y no se puede tapar con un dedo: ambos individuos fueron cómplices del poder federal y por eso mismo protegidos hasta el final.
Corren versiones o informaciones desarticuladas como rompecabezas. Armarlas configura una serie de tramas altamente creíbles porque las fugas bajo protección las hace evidentes: que Duarte fue uno de los generosos contribuyentes a la campaña presidencial. Y Padrés, parte de la negociación con el PAN a la hora de armar el Pacto al principio del sexenio de Peña Nieto.
Al paso de los meses, a un contubernio, que no es otra cosa que un pacto de pillos, cuando se rompe, le brota otra asquerosa figura de la propia delincuencia: el chantaje.
No cuesta trabajo advertir que ambos hampones amenazaron con abrir la boca si eran enjuiciados. Y en ese abrir de boca dejar embarrados más aún a sus socios del poder, Presidencia y Gobernación incluidos.
Y decíamos por eso que ante este tejido de relaciones, de concesiones mutuas, de complicidades recíprocas, parece ingenuo o infantil que en amplios espacios de los medios, se mantenga la información machacona de que se fugaron, que los persigue la justicia, que se le fueron de las manos al gobierno, cuando es perfectamente claro que gozan del manto protector del poder.
Las manos y uñas de estos individuos aceitaron ampliamente las redes de corrupción cupulares. De mil formas y caminos. Todas las rutas de su actuar, de una manera o de otra, en distintos tiempos, conducen a la Federación. Luego entonces, es inconcebible que el gobierno federal se pise la cola.
Grave, gravísimo, ya es que se venda a la opinión pública el cuento de que “se les escaparon al gobierno estos truhanes”. Pero la consecuencia, si no repara o rectifica el gobierno su estrategia seguida hasta hora, será infinitamente peor.
Y , ooootra vez, no será Osorio Chong quien cargue con la factura de este escandalosísimo asunto, sino que limpiamente pasará a la cuenta del Presidente, como todos los escándalos que han hundido hasta el fondo su popularidad y credibilidad.
Cómo me encantaría estar equivocado, cuando he sostenido que no veremos, en este sexenio a ese tipo de peces gordos en la cárcel. Ojalá los hechos me desmientan rotundamente.