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Cambio de paradigmas | Fidencio Aguilar Víquez
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Cambio de paradigmas

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Octubre 3, 2016

I

Cuando escuché por primera vez hablar del movimiento del 68 fue allá en mis años infantiles o adolescentes, quizá cuando estudiaba yo la secundaria (del 78 al 81); mi papá me platicaba de mi hermano el mayor, que había estudiado en la prepa 1, en San Ildefonso, y que –junto con una compañera suya, también del pueblo- se había salvado de las manos de los militares que, en aquella ocasión, habían lanzado un basucazo contra la puerta del siglo XVIII. Gracias a Dios, decía mi padre, que tu hermano, tomando de la mano a esta chica, pudo salir de ahí y escapar de las manos de esos canallas.

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Pocos años después, ya en el bachillerato –estudié en el Colegio de Ciencias y Humanidades, de la UNAM, en Azcapotzalco-, una o dos veces, el 2 de octubre, participé en una marcha manifestación de estudiantes de dicho centro de estudios recordando ese trance doloroso de la universidad y de la sociedad mexicana. Dichas marchas las convocaba el entonces Frente Nacional de Organizaciones Bolcheviques (FNOB). Yo no pertenecía a esta organización, por el contrario, en esos años yo era un estudiante cecehachero simpatizante del Frente Estudiantil Católico Estudiantil (FACE), o al menos, algunas veces ayudaba yo a distribuir un periodiquito que editaban mis amigos de este grupo, estudiantes católicos de bachillerato y de carreras universitarias.

Ese contacto ideológico no me impidió comprender la masacre que se había cometido ahí por parte del gobierno federal de un régimen autoritario, corrupto y corruptor, contra la sociedad y contra los estudiantes en particular. Debo decir que no fue algo que me apasionara vitalmente, lo que sí me apasionaba eran dos cosas: por un lado, el estudio de la filosofía, las matemáticas y el latín –creo que ahí fue mi primera iniciación en el estudio filosófico-humanístico-, y, en segundo lugar, la compañía de mis amigos –la guitarra, las canciones, la inspiración-.

Fue hasta que, en compañía de mi mujer, vi la película de Jorge Fons, Rojo amanecer (1989), ya siendo profesor de la universidad –en la UPAEP- donde pude apreciar en la piel lo que significó ese sangriento evento en la vida de México, de sus estudiantes y de quienes acudimos a ver ese testimonio de una familia destrozada por la barbarie y el salvajismo de una “razón de estado”, testimonio que sería el de las familias ensangrentadas cuyos hijos fueron contados entre los muertos de manera oficial.

II

Desde luego, el tema del 68 debía de estudiarse y en la universidad, mientras estudiaba la carrera, así ocurrió. Las versiones historiográficas fueron mostrando que, más que una conspiración internacional (si bien, el mundo estaba cambiando y se movían las fuerzas políticas que se dividían el mundo en ese periodo de guerra fría y de carrera armamentista), el régimen priísta se encontraba fragmentado entre sus propios grupos, y Díaz Ordaz, el entonces presidente de la república, no pudo imponer a su propio candidato, debiendo dejar el espacio a Luis Echeverría, líder y miembro de otro grupo distinto dentro del régimen, quien llegó a la presidencia luego de haber armado estas maniobras que ensangrentaron al país. En el fondo se estaban mostrando las fisuras de un régimen que por más de cuarenta años había dado estabilidad política y desarrollo económico, aunque no apertura democrática ni participación política de una sociedad que también iba cambiando. En otras palabras, el régimen dirimía sus diferencias internas sacrificando estudiantes –es decir, reaccionando con ferocidad y brutalmente- pretextando conspiraciones y responsabilizando a sus adversarios internos de operar y ejecutar la masacre mediante la policía y el ejército.

¿Cuántos fueron las personas asesinadas? Diversas han sido las versiones, unas hablan de miles y otras de cientos, lo que provoca que el dato se pierda. Sin embargo, en un libro más reciente se puede leer lo siguiente:

Sin ánimo de ofender o deshonrar a los difuntos y sus deudos, debemos decir que no existe la evidencia sólida de que hayan fallecido cientos o miles de personas en ese lugar y ese día.

En 1992, el abogado y militar Alfonso Corona del Rosal, envió una misiva al general Javier Vázquez Félix. Enterado Corona del Rosal de que Vázquez Félix había sido el responsable de levantar los cuerpos de los fallecidos por la balacera del 2 de Octubre, sin muchos preámbulos inquirió:

  • ¿Vio usted tendidos sobre el piso a los muertos resultantes del enfrentamiento producidos por la agresión al Ejército, efectuada con la probable participación de agitadores extranjeros?
  • En virtud de que se ha hablado y escrito de centenares de muertos y sabiendo que usted presenció esos acontecimiento, le ruego decirme: ¿Cuántos muertos vio?, ¿los contó usted?, ¿esos cadáveres eran de jóvenes o también de adultos?
  • El 11 de noviembre de 1992, respondió el general de división Javier Vázquez Félix:

  • Yo vi los muertos tendidos en el piso, e incluso, tomé parte activa cuando fueron levantados.
  • Exactamente hubo treinta y ocho muertos, de ambos sexos, en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas, y se halló el cadáver de un niño de 12 años en un departamento del segundo piso del edificio Chihuahua. Además perecieron cuatro soldados del 44º Batallón de Infantería.
  • (…)

    Los autores de este ensayo nos apegaremos al más completo, público y honesto trabajo que aborda la cantidad de fallecidos el 2 de Octubre –y para ilustrar este intríngulis sugerimos guiarse del Anexo denominado “Mapa Estadístico del 2 de Octubre”-. Es una investigación basada en un acucioso examen de los documentos que se encuentran en el Archivo General de la Nación. De este modo, el buceo meticuloso a los reportes médicos, informes militares y policíacos, partes de la Dirección Federal de Seguridad, entre muchos documentos más, The National Security Archive (NSA) filital de The George University, ha registrado pormenorizadamente 44 decesos por los acontecimientos del 2 de Octubre en la Plaza de las tres culturas.

    Un breve y somero análisis a la lista de la NSA revela cosas harto interesantes. En primera instancia, que de esos 44 muertos a 34 se ha logrado identificar su nombre y apellido, mientras que al resto no. y de los 34 reconocidos por el examen de la National Security Archive, 20 fueron inscritos en el monumento que se encuentra en la Plaza de las Tres Culturas, mientras que los 14 restantes quedaron proscritos del monolito. A 10 fallecidos no ha sido posible identificar sus nombres y apellidos, pero forman parte de los 44 muertos por el 2 de Octubre, y cuentan con su autopsia de ley.

    (…)

    Y aún así –aquí radicaría la magnitud de los acontecimientos de Tlatelolco-, es un monto demasiado alto para un régimen que técnicamente era civilista, con todo y su acaparamiento de la vida política a través del Partido de la Revolución y aun con un sistema presidencialista autoritario. Porque en los hechos, aquellos 34 o 44 muertos eran un costo demasiado alto para un gobierno regido primordialmente por civiles que no golpistas castrenses de aquí la herida mortal y el precio en la legitimidad del régimen nacional-revolucionario. (1).

    III

    Los acontecimientos históricos, como quiera que sea, exigen a la conciencia humana una explicación que, incluso, vaya más allá del momento; 1968 muestran al mundo y a México significados que es preciso tomar en cuenta. Una filosofía de la historia, al escribir estas líneas pienso en la de Jacques Maritain, supondría ver, por un lado, si los acontecimientos acaecidos en las ciudades mencionadas y en especial en Tlatelolco muestran un significado de progresión histórica –en el sentido de crecimiento humano y de dignidad humana-, y, por otro lado, la dimensión moral de tales acaecimientos, no en el mero sentido de calificarlos o descalificarlos, sino de mirar en su trasfondo para ver si de ahí pudo haber surgido algo bueno y positivo (como del cautiverio o el sufrimiento de los hombres y mujeres que, con ello, han logrado transformar a sus países, piénsese en Gandhi, Mandela, etc.).

    Maritain menciona la ley de Prise de Conscience: “Esta es la ley del crecimiento de la conciencia como signo del progreso humano, y como comprensión, al mismo tiempo, de los peligros inherentes”(2). Con respecto al 2 de octubre tendremos que preguntarnos si a estas fechas, 2016, hemos cobrado conciencia de los alcances y significados es lo ocurrido tanto en Tlatelolco como en todo el mundo.

    La época mostraba un desencanto de muchas cosas y la búsqueda de otras nuevas, sobre todo espacios de libertad y apertura. Los jóvenes en los países no desarrollados o en vías de desarrollo pedían espacios de participación social y política. Los jóvenes de países industrializados, pedían y buscaban sentido a las cosas. Octavio Paz señala que se trataba –en general- de la rebelión contra la figura del padre (en el caso mexicano contra la figura del presidente de la república) y, también y sobre todo, la liberación del cuerpo (3).

    La brutalidad del gobierno mexicano, de quienes tomaban decisiones, sin quitarles su responsabilidad histórica, política y moral, también estaba en sintonía con la de los dirigentes de las potencias: la intervención rusa en Checoslovaquia apagando esas voces también disidentes, o las políticas intervencionistas de los Estados Unidos –en especial en Vietnam-, y la misma carrera armamentista que convulsionaba al mundo, eran parte de ese rostro de un mundo que se desmoronaba, o mejor dicho, era la expresión de los paradigmas que habían regido al mundo y que comenzaban a caerse y otros iniciaban.

    A 48 años de distancia podemos mirar el sentido de todos esos años y el del sacrificio de muchas vidas humanas. Los ideales del progreso, que desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX se formulaban bajo la idea de desarrollo, hoy sabemos que no eran sino una ilusión. La idea misma de progreso es una de las nociones más cuestionadas hoy por hoy en el mundo intelectual. El mundo mismo, la historia universal, han dejado de verse como algo unitario y global. Incluso la visión centralista de Occidente ha perdido fuerza y peso, no es –o no era- más que la perspectiva de los poderosos.  Los pueblos primitivos o marginales, en ese contexto del desplazamiento de los centros hacia las periferias, cobran conciencia de sí y, con ello, logran cohesión y fuerza.

    Y, en cierto sentido, los medios de comunicación, antes uniformes, condensados en una sola línea y decisión, hoy parecen desatarse –incluso en ambientes donde resabios del autoritarismo priísta de los años sesenta y anteriores parecen envolver con su tufo, como Puebla-. Eso es lo que, según Gianni Vattimo, marca los rasgos de la sociedad posmoderna, a donde, querámoslo o no, somos arrastrados de una u otra manera:

    Lo que trato de defender es lo siguiente: a) que en el nacimiento de una sociedad postmoderna desempeñan un papel determinante los medios de comunicación; b) que esos medios caracterizan a esta sociedad no como una sociedad más «transparente», más consciente de sí, más «ilustrada», sino como una sociedad más compleja, incluso caótica, y, por último, c) que precisamente en este relativo «caos» residen nuestras esperanzas de emancipación. (4).

    IV

    En 48 años han cambiado muchas cosas, la noción misma de realidad, pero, como dice Vattimo, en ese «caos» podemos encontrar espacios de emancipación y de libertad para señalar, para opinar, para valorar. Lo peor que podemos hacer es no dar significado a lo ocurrido en 1968, tanto en Tlatelolco como en el mundo. Es claro que a los jóvenes de ahora, los millenials, no les atrae ni la revolución ni las marchas, pero eso no los exime –como a nosotros tampoco- del diálogo, del espíritu de tolerancia y, sobre todo, de la inquietud por explorar y construir un mundo mejor en términos humanos, más justo, menos violento.

    El vacío de significado no necesariamente significa vacío de la vitalidad; el que la razón en sentido universal y bajo el monopolio del poder de Occidente no tenga prestigio y haya caído de la simpatía de las mentes más brillantes, da pauta, sin embargo, para las razones locales, las razones de las minorías, de las voces marginales. Quizá de esa manera encontremos un nuevo modo de ser humanos y de realizar lo que sí compartimos todos: nuestra humanidad, nuestro deseo y sensibilidad de descubrirnos a nosotros mismos en el rostro del otro.

    Notas:

  • Díaz Cid, Manuel Antonio/ Chama Cancela, Jaime Ángel/ Guillén Reyes, José Alejandro (2012): México 1968. ¡¿Otra historia?!. Un ensayo politológico e histórico sobre el movimiento estudiantil de México, UPAEP, Puebla, pp. 790-793.
  • Maritain, Jacques (1985): On the philosophy of history (1955). Lecciones en la University of Notre Dame [versión castellana: Filosofía de la historia, trad. Jorge L. García Venturini, Club de lectores, Buenos Aires, pp. 70-71].
  • Paz, Octavio (2003): Obras completas, 15. Miscelánea III. Entrevistas, edición del autor, Círculo de lectores / Fondo de Cultura Económica, 1a. ed. Barcelona, 2002; 2a. ed. México, p.556.
  • Vattimo, Gianni (2001): “Postmodernidad” en Diccionario de hermenéutica. Una obra interdisciplinar para las ciencias humanas, dirigido por A. Ortiz-Osés y P. Lanceros, Universidad de Deusto, Bilbao, 3a. ed., p. 642.
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