Hace poco menos de un mes, don Manuel Díaz y yo hablábamos ante unas ciento treinta personas sobre san Agustín y los espíritus inquietos. El escenario fue la UPAEP y el lector puede consultar los textos en la siguiente liga: http://www.upaep.mx/panelpoliticayfilosofia/; cuando preparaba yo el pequeño texto, quedó por ahí una ficha de trabajo sobre el espíritu absoluto de Hegel.
Es una ficha que ha resistido el paso del tiempo, la tomé cuando era yo estudiante de filosofía en la carrera, pero no deja de llamarme la atención lo que contiene: un acercamiento a esa noción que para el pensador alemán era el culmen de su concepción filosófica y que, en gran medida, animó a los dirigentes germanos que se empeñaban en reconstruir al estado prusiano.
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Desde luego, como lo ha sido históricamente, habrá muchas objeciones al pensamiento hegeliano, acusado de inmanentista, historicista o hasta de falsa filosofía, idealista y sin valor para establecer un verdadero conocimiento científico. Lo que sí llama la atención es ver ese ojo especial que fue desarrollando una cierta lógica que –en el más llano sentido de la palabra- puede considerarse artística en el sentido intelectual: ver un dato especial en todos los fenómenos históricos, culturales y de civilización, precisamente lo que denominó el espíritu absoluto.
Un espíritu que podemos observar, por ejemplo, en esa realidad compleja que denominamos historia, en toda esa construcción civilizatoria que ha hecho la humanidad a lo largo de los siglos, en las instituciones –inclusive la filosofía misma como saber así lo ha mostrado-. La razón humana, en ese contexto, si la miramos en su desarrollo y su evolución, de las ideas políticas de Platón y de Aristóteles hasta las del propio Hegel, manifiesta una peculiar característica: trata de darle a la vida política un contenido y un sentido de racionalidad. Las aspiraciones humanas de resolver los conflictos y los problemas de manera racional y civilizada –que eso es la política en el fondo-, muestran los esfuerzos de la razón de hacer de la convivencia entre los seres humanos, un espacio propicio para que éstos, de manera pacífica, hagan instituciones y se cobijen en ellas, en especial, el estado, es decir, el espacio donde los individuos desarrollan en sí y para sí su humanidad, la humanidad misma vía las instituciones estatales, eso que hoy denominamos estado de derecho.
Claro, es verdad que también históricamente se ha hecho política desde la lucha por el poder, desde el poder y para el poder, eso no es nuevo –y conocer esas reglas es lo que ha inaugurado el pensamiento político moderno a partir de las reflexiones de Maquiavelo sobre cómo ha sido y cómo es la dinámica del poder. Lo cierto, empero, es que incluso para esta forma de ver la política es preciso siempre tener un argumento, una razón que dé legitimidad al uso del poder. Ningún poderoso carece de discurso que trate de justificar su acceso o permanencia en el poder, y ese discurso pretende ser racional, ofrecer razones justificatorias de legitimidad. Pues bien, esa búsqueda racional, esas aspiraciones a la racionalidad es lo que viene a denotar eso que Hegel señala como espíritu absoluto y su encarnación en la historia de los seres humanos (¿es que existe otra historia que no sea de los seres humanos?).
Volvamos a esa ficha (de trabajo) estudiantil. Tema: Hegel, subtema: Absoluto, el espíritu. Luego mi anotación: El espíritu absoluto es el espíritu del mundo que toma conciencia en el hombre y éste se da cuenta que compone un todo divino. Y luego viene la cita textual que –en ese entonces- tomé del libro de Teófilo Urdanoz:
“Pero el espíritu universal se encarna en el espíritu nacional de cada pueblo (Volkgeist), que sucede en la marcha de la historia. Estos espíritus nacionales son los diversos momentos en que se actualiza el espíritu universal en su desenvolvimiento histórico: «Los principios de los espíritus de los pueblos, en una necesaria y gradual sucesión, son los momentos del espíritu universal único que, mediante ellos, se eleva en la historia a una totalidad autocomprensiva»”. [cita a Hegel, anotaba yo].
Y continuaba con mi ficha: Ese espíritu nacional es expresado a través de la cultura de cada pueblo. Pero desaparece cuando surge otro, porque cada pueblo sucede a otro, así el espíritu de una nación sucede a otro, pero ambos son manifestaciones del espíritu Absoluto que no perece. Los instrumentos de este impulso del espíritu son los individuos, ellos a través de sus obras llevan a cabo el proceso de desenvolvimiento del espíritu, a veces creen servir a sus propios intereses pero en realidad colaboran a la actividad histórica del espíritu absoluto. Y anotaba yo mi referencia: Urdanoz, Teófilo: Historia de la filosofía. Tomo IV, B.A.C., Madrid, 1975, p. 401.
Ese paso, mejor dicho, ese uso del término “espíritu”, es decir, del de san Agustín y los espíritus rebeldes –del panel entre don Manuel Díaz y yo- al del espíritu absoluto –usado en la ficha de trabajo-, me parece, no puede ser sólo lingüístico. Debe contener algo objetivo como lo es la historia misma y la realidad y condición históricas de los seres humanos.
No sólo el espíritu de un pueblo –si es que existe- sino el de una comunidad. Pienso, por ejemplo, en el espíritu de una orden religiosa como la de los franciscanos: al ver los templos de Puebla, Cholula, Calpan, Texmelucan, Apan, Pachuca, Querétaro y, así, hasta California, no puedo sino al menos ver que hay algo detrás de toda esa obra civilizatoria. Se trata del toque, el alma, el estilo del pobrecillo de Asís.
Y podemos también nombrar y evocar el espíritu de una institución, la universidad, de una en particular, y preguntar cuál es su espíritu, cómo se muestra, cómo inspira o a qué aspira, en fin, cuestiones que no son sólo poéticas, sino que, como lo recuerda ese trozo de papel llamado “ficha de trabajo”, manifiesta el espíritu absoluto, del mundo, incluso de la divinidad, que se hace presente en la conciencia de los seres humanos.
O el espíritu que anima a un gremio, el de los filósofos, los politólogos, los literatos, o más general, de los universitarios.
No recuerdo en qué contexto hice esta ficha de trabajo, no recuerdo si fue en las clases de historia de la filosofía, o en las de filosofía de la historia (materia que, por cierto, me atrajo poderosamente), o en algún seminario sobre Hegel. Lo que sí recuerdo es que era importante, de cada lectura, de cada libro, de cada materia, elaborar una constancia, un testimonio escrito, una referencia objetiva, por así decirlo. Un documento.
Al paso del tiempo esa ficha daría otras pautas, las de acudir a los textos mismos del pensador alemán, en especial donde aborda ese tema tan preferente para él y que a nosotros nos muestra que detrás de todo planteamiento hay algo que se esconde y se muestra: sólo a quienes tienen el cuidado de mirar con cierta atención.