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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Sentía tanto que ya no sentía

Nadie se atrevió a tocar la caja hasta que llegó a casa con su madre.

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Septiembre 1, 2016

Le había dicho a su mamá que ya se quería regresar. Eran casi 15 años del “otro lado”. Se había juntado pero no casado. No tuvo hijos. O sea que eran él, su alma y su adorada madre. Sus hermanos y otros familiares se habían ido juntos para conseguir el “Sueño Americano”. Su madre esperaba con ansias su llegada. Tardó casi 3 semanas en tenerlo en casa con la familia. Sin imaginar que ese sueño que persiguió se había convertido en pesadilla de enfermedad, muerte e interminable espera.

Se dedicaba a pintar. “A nosotros, todos, nos gusta mucho tomar, --me dijo el primo--, nada más que a él se le juntaron los tóxicos de la pintura y el alcohol, se le deshizo el hígado. Se lo advirtieron, pero estaba solo: sin mujer ni hijos, ¿qué más podía hacer sino beber? Se quería regresar. Le dijo a mi tía, pero ya ves, lo trajeron en caja.”

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Ninguno de sus otros hijos, ocho en total, se atrevieron a repetirlo. Mandaron a una de las hijas a sugerirle a la mamá que era más barato cremarlo y traer sus cenizas. La madre sólo lo dijo una vez: “No quiero que le hagan eso a su hijo”. Nadie más chistó al respecto. Había que apechugarlo todo. En su corazón la progenitora quería cerciorarse que realmente fuera su hijo y no otra persona que había muerto y lo hubieran confundido a pesar de que ahí hay mucha familia, pero cualquiera se puede confundir. Quería verlo: tieso, frío, pálido, inerte, pero él.

La espera fue muy larga; la zozobra, más. Antes de la llegada del cuerpo, la familia se reunía pero la incertidumbre los rebasaba, no sabía si rezar o blasfemar. Con un muerto sólo de aviso, no es suficiente cuando el alma espera el abrazo de bienvenida y  el regreso al hogar. La familia, toda, estaba en el limbo. En ese espacio y tiempo donde no hay ni espacio ni tiempo y sólo hay el vacío que no permite sentir dolor puro o amor puro; donde si el llanto se asoma, se detiene porque la certeza no aparece y no hay verdad que haya ausencia definitiva y definitoria.

Así pasaron casi 3 semanas. No sabían todos los trámites y el tiempo que toma mandar un cuerpo en avión desde el otro lado; todas las precauciones y normas de salud que se deben cumplir: dudaban si como vendría, si no se descomponía en el camino, si llegaría… hasta que llegó.

Fueron por él al aeropuerto los primos y la carroza, era de madrugada. Nadie se atrevió a tocar la caja hasta que llegó a casa con su madre: “¡Ella tiene que ser la primera y quizás, única, que lo vea!” Era el ritual sagrado obligado entre una madre de edad y un hijo joven.

Se abrió la caja una sola vez. La certeza se hizo presente. Después la sellaron. Ella lo vio y se convenció que ya no estaba con ella. Y entonces, tampoco pudo llorar. Su llanto se lo habían secado las largas noches de insomnio, los largos días de espera, el limbo que todo lo absorbe como hoyo negro de desdicha y sinsabor. Hasta las lágrimas parecieran insípidas ante la vida que se había acabado. Todo estaba seco, frío, solo, lejano.

El pueblo acudió al entierro. Se llenó la iglesia de flores, de llanto, de rezos, de dolor. Caminamos sobre la avenida principal para llegar al panteón. Los hombres se turnaban para cargar el féretro en hombros, por igual maduros que jóvenes. Él era delgado y alto, pero su caja pesaba todo el dolor que su madre llevaba a cuestas sin siquiera una mueca ni un gemido. Sentía tanto que ya no era posible la expresión de tanto.

La despedida antes de depositar el cuerpo en la tierra estuvo fuera del tiempo. No sé cómo una madre puede soportar ese dolor sin desconectarse de la realidad. Alguien a mi lado dijo: “Madre sufridora. El pueblo está hecho de madres sufridoras”. Y sí.

alefonse@hotmail.com

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