“No trabajo para ganar una medalla en popularidad”, declaró Peña Nieto en una entrevista reciente. (Cuando sólo 23 de cada cien personas y 18 de cada cien líderes aprueban su gobierno).
¡Ojalá los problemas que tienen postrado al país se redujeran a la impopularidad presidencial!
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Ese es el craso error del presidente. Su mala lectura de la realidad en este y todos los temas. No estoy seguro si eso que dice el mandatario lo cree realmente, o responde así por consejo de sus asesores. Lo cierto es que casi cada discurso suyo parece un acto suicida. Porque despierta una tormenta de críticas razonables que sepultan más su imagen.
I
Arrancó su gobierno con un halo de expectativas interesantes. La televisión prolongó su manto protector que data de sus tiempos de gobernador telemático, cuando se le blindó con un carisma artificial convirtiendo la presidencia en un espectáculo.
Pero la realidad no se puede sostener con artificios, mamparas, reflectores , manipulación e histrionismo. Finalmente se hace presente. Y ha dejado una marca indeleble en todo lo que va del sexenio. Las promesas del Pacto, un listado largo y ambicioso, más los constantes “decálogos presidenciales” y las cúpulas partidistas aplaudiendo cada gesto presidencial, volaron por los aires.
Una constante dentro de los múltiples errores del sexenio ha sido la de aplaudir antes de tiempo. Se anunciaron profusa e intensamente logros y beneficios jamás vistos. Bajas de precios, trenes, justicia, transparencia, inversiones multimillonarias, empleos. Y la gente se encantó un poco.
Dentro y fuera del país se empezó a vender la idea de que Peña era el constructor de un nuevo, novísimo país. México sería un antes y después del peñanietismo. Pero las palabras duran mientras la realidad no toca la puerta. La propaganda vive hasta que se mide un gobierno por sus acciones y resultados.
II
Y ese termómetro ha despertado abruptamente al equipo gobernante. No, no es la popularidad de un hombre, el presidente, la que esta maltrecha, despedazada y molida. Es la amenazante realidad.
Ese mapa extenso de zonas vandalizadas bajo la ley de hordas que bloquean carreteras, sitian comercios, quemas oficinas y vehículos, vejan a personas e imponen su ley. La ley de la fuerza con banderas de chantaje.
Otras áreas geográficas invadidas por el crimen organizado en las más variadas modalidades, con índices delictivos y mortandad cual si el país estuviera en guerra. O con escenarios peores que los de zonas bélicas del mundo.
Y si la delincuencia y la impunidad sientan sus reales bajo la batuta de la delincuencia organizada y los grupos de presión que han arrodillado al gobierno, igual paisaje se observa en la cúpula del poder.
Lo que se ve abajo se reproduce arriba. El sexenio avanza con el signo del enriquecimiento espantoso al amparo del poder.
El emblema lo marcó el propio presidente con la Casa Blanca y los departamentos de Miami. Y Videgaray lo secunda con similar fórmula: residencias “compradas” a grandes constructores amigos y beneficiarios del gobierno; y otro tanto hace el secretario Gerardo Ruíz Esparza, grabado en diálogos de negocios con empresarios mexicanos y españoles privilegiados del sexenio.
Y así, casi por donde se le pinche, brota la purulenta corrupción.
La información es opaca. Las justificaciones no son creíbles, la credibilidad gubernamental se ha derrumbado. La sospecha colectiva todo lo invade. Las encuestas hunden al presidente, su equipo y su gobierno. Partidos, poderes y clase política forman el cortejo fúnebre de un sexenio que huele a corrupción a impunidad.
Las matanzas de estudiantes, líderes, alcaldes y ciudadanos comunes a manos de policías y militares van de la mano de la cuota de sangre que aportan insaciablemente las bandas de la delincuencia. Alrededor del 6 por ciento de los delitos se denuncia y se investiga en el país. Vivimos la impunidad más espantosa. La justicia disimula, se vende o se dobla ante el plomo.
Y en este caos, donde el gobierno federal se mueve entre la incompetencia y el cinismo, en las posiciones más altas del poder en los estados los señores feudales con ropaje de gobernadores medran insaciablemente. Varios de ellos se saben intocables, protegidos por el palio presidencial en razón a sus generosas y millonarias contribuciones en la campaña de la “grande”.
Moreira, los Duarte, Borge, Padrés y toda una cáfila de impresentables, son piezas del orden que prevalece a lo largo de la república.
El presidente se queja porque “nos quieren inundar con malas noticias”. Lo de siempre, los intentos de matar al mensajero y dejar ocultos e impunes los mensajes.
Los logros positivos del gobierno son escasos. Tan pobres que el común de la gente ni los percibe ni los valora. Y el gobierno no sabe venderlos. Paga millonarios presupuestos a las televisoras creyendo que así “controla la información”. Viejos criterios frente a nuevas realidades. La información fluye y pasa por encima de todos los controles por una razón brutalmente cruda: la población no le cree al gobierno, no le tiene confianza.
Y el gobierno se ha llevado entre las coces a sus paniaguados y aplaudidores de oficio.
Hasta el magno escenario festivo mundial de los juegos olímpicos se vuelca en contra del presidente, fruto y consecuencia de su inveterado vicio: colocar y proteger hasta el infinito a amigos abusivos, soberbios e inútiles. Alfredo Castillo es la genuina marca de la casa.
Y ante la multiplicidad de atrocidades públicas de este sujeto, la respuesta de siempre: reacciones tardías. La impronta indeleble de un gobierno insensible y torpe. La renuncia de ese tipo tuvo que ser fulminante y aleccionadora.
III
En el trecho que resta del sexenio no se aprecia en el horizonte señal alguna de una rectificación. Y es que han fallado los hombres y las políticas. Las acciones y sus autores. Es absurdo disculpar al presidente diciendo que su equipo no funciona y no tiene asesores.
Cabría una explicación así en la comisión de un error, de dos, de tres. Pero la cadena es infinita, los métodos y formulas recurrentes, la explicación es una, incontrastable e inexcusable: el único responsable es el presidente. Tendría que sufrir ceguera y sordera para no darse cuenta en dónde está parado.
Ha tenido momentos estelares, pero desaprovechados bárbaramente por su corta visión y blandengue carácter: el encarcelamiento de la jefa de la banda del magisterio Elba Esther, y la recaptura del Chapo Guzmán. En ambos casos las estructuras humanas y materiales del imperio de ambos no fueron tocadas ni por el pétalo de la ley.
Otro caso donde la fortuna llamó a la puerta de Peña fueron los gigantescos latrocinios con nombres, expedientes y apellidos de esos conspicuos emblemas de la cleptocracia gobernante: los cuatro o cinco o seis gobernadores que pudieron ser encarcelados de modo terminante… si de construir popularidad se tratara.
Nada. No pasa nada.
El monto y la cauda de los daños del sexenio que languidece son enormes. El control de daños tendría que ser hondo, profundo, inteligente y empezando por la figura presidencial y su familia.
Suena iluso pensarlo. Las murallas de los intereses, las complicidades, tolerancia y la frivolidad son monumentales, frente al reclamo de un país postrado, encolerizado y desconfiado.
Ni siquiera cambios en el gabinete me parece que serían suficientes para levantar un poco los índices de confianza y esperanza.
Tantas veces se ha dado el beneficio de la duda, que casi ya no queda nada por dar…