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Del “Mexican Moment” a la ingobernabilidad | Raúl Espejel Pérez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Del “Mexican Moment” a la ingobernabilidad

Raúl Espejel Pérez

Ha colaborado como articulista en la revista Jueves de Excélsior, El Universal de México, El Universal Gráfico, El Universal de Puebla, El Día, Nueva Era de Puebla y la revista Momento de Puebla (versión impresa y digital).

Martes, Agosto 30, 2016

El miedo de EPN a aplicar la ley a delincuentes de la CNTE

Desapareció el Estado de derecho en México e hizo surgir la ingobernabilidad

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Los comicios del 1 de julio de 2012 fueron un éxito para el PRI. Enrique Peña Nieto recuperó para el priismo la presidencia de la república, que 12 años atrás, perdió Francisco Labastida Ochoa ante el panista Vicente Fox.

En esa jornada histórica para el partido que fundó Plutarco Elías Calles el 4 de marzo de 1929, de un listado nominal compuesto por 79 millones 595 mil 618 electores, acudió a votar sólo el 63% de ellos. Es decir, 50 millones 143 mil 616 personas. Peña Nieto triunfó al obtener 19 millones 158 mil 592 votos, que representaron el 38.2% de la participación ciudadana.

Considerando que en julio de 2012 la población del país era de 117 millones 53 mil 750 habitantes (según proyección del Consejo Nacional de Población) y efectuando un elemental ejercicio aritmético, se colige que con la votación que obtuvo Peña Nieto apenas le alcanza para adjudicarse la representación del 16.36% de los mexicanos.  

Después que el Instituto Federal Electoral dio a conocer el resultado oficial de la elección presidencial, el candidato ─a quien, como siempre, más dolió la derrota─ Andrés Manuel López Obrador, se dedicó a esparcir descalificaciones y a sembrar todo tipo de dudas acerca del proceso electoral (que fue pulcro e impecable ante la mirada escrutadora de observadores nacionales e internacionales). Cuestionó el triunfo de Peña Nieto, acusándolo de comprar los votos que le dieron el triunfo, con animales domésticos y monederos electrónicos.

Para fundamentar su denuncia y hacerla creíble ante la opinión pública presentó en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, como prueba irrefutable docena y media de animales, entre chivos, cabras, cerdos, borregos y aves -como patos, pollos y gallinas. Además de decenas de tarjetas de una conocida cadena de tiendas de autoservicio.

En medio de ese insólito espectáculo (que me recuerda la novela satírica El Rancho de los animales -Animal Farm- del escritor inglés George Orwell) y rodeado de severas críticas y disturbios callejeros (donde no faltó un provocador lópezobradorista que lanzó un camión en marcha contra las vallas metálicas que resguardaban el recinto de la Cámara de Diputados) Enrique Peña tomó posesión de la presidencia de la república. Su camino hacia el Palacio Nacional estuvo lleno de obstáculos. Sembrados por pequeños grupos de vándalos partidarios del eterno candidato presidencial.

La correlación de fuerzas propias en el Senado de la República y en la Cámara de Diputados no fue favorable para el presidente Peña. De 128 senadores, 52 procedieron del PRI. En la cámara baja, tuvo de su lado ─en la legislatura anterior (LXII)─ 212 de 500 diputados. 

No obstante esa desventaja numérica, Peña no se amilanó ni achicó. Rápida y sorprendentemente empezó a desbrozar la vereda, para avanzar sin ninguna dificultad con su espectacular proyecto de reformas estructurales.

Al día siguiente de asumir la presidencia de la república, es decir, el 2 de diciembre de 2012, Enrique Peña Nieto, dio el primer paso. En el Alcázar del Castillo de Chapultepec, en presencia de los gobernadores de las 32 entidades federativas, reunió a los líderes de los 3 principales partidos políticos del país, Gustavo Madero Muñoz del PAN, César Camacho Quiroz del PRI y Jesús Zambrano Grijalva del PRD, para firmar una alianza política conocida como Pacto por México.

Esta insólita alianza creó un amplio espacio de entendimiento entre las fuerzas políticas más importantes del país, que permitió, por principio de cuentas y en poco tiempo, construir trascendentales acuerdos multipartidistas. Que nunca antes se habían dado. 

El Pacto por México fue el dispositivo político que desbloqueó viejas trabas partidistas y sirvió de apoyo al presidente Peña Nieto sacar adelante, sin obstáculos, sus reformas estructurales con el respaldo y la anuencia de las diversas y más representativas corrientes ideológicas políticas que actúan en la vida nacional.

Dentro de ese contexto, Enrique Peña Nieto pudo materializar, fácil y sorprendentemente, en pocos meses, lo que ninguno de sus antecesores lograron durante sus respectivos mandatos.

Fuera del país, este insólito e histórico suceso llamó la atención de varios  gobernantes y de importantes medios informativos. El acontecimiento fue calificado como Mexican Moment (el Momento mexicano).

La revista estadounidense Time, en su edición del 24 de febrero de 2014, presentó al presidente Enrique Peña Nieto como el salvador de México con sus reformas estructurales, que ese medio informativo calificó como favorables para el crecimiento del país. Refirió (que): “Aunque (Peña) podría carecer de erudición literaria (esa carencia) la compensa con destreza política.”  

En la portada de esa edición, Time publicó una fotografía de Peña Nieto con la frase Saving Mexico (Salvando a México).

No hubo de transcurrir mucho tiempo para que esta percepción se derrumbara. Veinte meses después, la edición especial de la revista Newsweek, en español, publicó en su portada otra fotografía del presidente Peña con la frase El salvador que no lo fue.

Señalaba en sus páginas que, a mitad del sexenio, el gobierno de Enrique Peña Nieto fracasó en su propósito de abatir los índices de pobreza y que su gabinete se ha visto inmerso en escándalos de corrupción e impunidad, que comienzan en la propia figura del presidente.  

Debido a su interés de concretar las reformas estructurales, cuanto antes y a marcha forzada, el gobierno de Peña Nieto no se dio tiempo para realizar una imprescindible campaña publicitaria que permeara eficazmente en la sociedad. Particularmente en los segmentos de población que tienen que ver de cerca con la educación pública, el trabajo, los energéticos, la transparencia y el combate a la corrupción.  

Con esta omisión, empezó la debacle de Peña Nieto y continuó con el escándalo en que se vio involucrada la pareja presidencial por la Casa Blanca de las Lomas de Chapultepec.

La belicosa e intransigente disidencia magisterial que representa la CNTE ha contribuido, con gran efectividad, a golpear y destrozar al gobierno del presidente de la república, Enrique Peña Nieto. No obstante que hace alrededor de un año estaba prácticamente derrotada, después que le fue arrebatada la rectoría de la educación básica.

Pero la pusilanimidad del gobierno peñanietista y la torpeza con que ha manejado el conflicto con la CNTE, hizo que este belicoso organismo resucitara para doblegar al presidente y a los gobernadores de Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Guerrero y la Ciudad de México.

Bajo el pretexto de luchar por la derogación de la reforma educativa, diversos grupos de integrantes de la CNTE han cometido y continúan cometiendo delitos como ataques a las vías de comunicación, motín, sabotaje, daño en propiedad ajena, secuestro, privación ilegal de la libertad, robo y lesiones, entre otros más.

En ningún caso, ni el gobierno federal ni los gobiernos de las entidades federativas antes mencionadas, han cumplido con su obligación ─que es ineludible─ de aplicar la ley a quienes la transgredieron y transgreden. Esta irresponsable omisión gubernamental eliminó el estado de derecho e instauró la ingobernabilidad que ahora aqueja al país. 

Incuantificables son los daños económicos y políticos que han causado a México, Enrique Peña, Gabino Cué, Manuel Velasco, Silvano Aureoles ─y su antecesor Fausto Vallejo─, Héctor Astudillo ─y sus predecesores Ángel Aguirre y Rogelio Ortega─ y Miguel Ángel Mancera, por sus tantas veces demostrada falta de valor y capacidad para mantener el orden público en las  jurisdicciones que en vez de gobernar desgobiernan.  

Derivado de esa inacción, ya institucionalizada por ellos, hoy en día, cualquier grupo ─o pandilla política─ que asuma demandas populares, justas o injustas, puede cometer los delitos que se le ocurra a sabiendas que gozará de impunidad.

La sordera, el desinterés, la ceguera y el importa-nada, demostrado reiteradamente desde hace más de 3 años por el presidente de la república, Enrique Peña Nieto, y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, han llegado al extremo de la intolerabilidad.    

Algún experto en asuntos de seguridad nacional ─si acaso existe uno en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) o en la secretaría de la Defensa Nacional─ debería hacer entender al presidente Peña que, en situaciones como las que se está viviendo en México, a causa de las provocaciones que cotidianamente hace la CNTE contra el estado mexicano, a través de impedir el libre funcionamiento de las escuelas de educación básica, bloquear carreteras federales y estatales, robar e incendiar autobuses y camiones distribuidores de alimentos propiedad de empresas trasnacionales, asaltar oficinas de gobierno y tiendas departamentales y de cometer otros delitos más, es imprescindible utilizar, legítimamente, la fuerza pública, ajustándose a los protocolos  que existen para casos como éste.

El uso de esa fuerza pública, en estas condiciones, no se puede interpretar como un acto de represión. Sino de restablecer el orden público para instaurar el estado de derecho y la gobernabilidad que desaparecieron del escenario nacional por la timoratez del presidente Peña Nieto.

Para evitar que situaciones como ésta se repitan en el futuro, habría que legislar para que los mexicanos tengamos derecho a revocar el mandato constitucional que se otorga a los presidentes de la república. ¡Con esto no volverían a repetirse daños como estos al país!

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