“Son antidemocráticos los sistemas de Partido único o de Partido oficial sostenidos política y económicamente por el Gobierno, porque tales Partidos son instrumentos de un poder totalitario, autocrático y artificios que intentan nulificar o impedir que se manifiesten la diversidad de corrientes de opinión que necesariamente existen en toda sociedad”.
“En una democracia, ni en la teoría ni en la práctica, deben identificarse el Estado o el Gobierno con un Partido político. Por eso resulta inadmisible la existencia de un Partido oficial que, mediante privilegios y con características inequívocas de dependencia administrativa, se mantiene en México para asegurar la continuidad de un grupo en el Poder, con pretextos de la estabilidad política, de la impreparación y subdesarrollo político del pueblo, y de la necesidad de una eficacia gubernativa de la que el régimen pretende tener el monopolio”. Proyección de Principios de Doctrina, Partido Acción Nacional. 1965.
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Uno de los vicios del sistema político mexicano del siglo XX, identificado como el PRI-gobierno, era precisamente la simbiosis (1) entre partido y gobierno. No quedaba claro en dónde terminaba el partido y dónde empezaba el gobierno y viceversa.
El Partido Revolucionario Institucional fue concebido no como un mecanismo para acceder al poder, sino como un instrumento de grupo para mantenerse en él y controlar a la sociedad desde el poder. No era un instituto de ciudadanos organizados en la búsqueda del poder por la vía democrática, congregados por un ideario o una plataforma programática, sino era apéndice del propio gobierno, que lo utilizaba para su representación electoral.
Las decisiones del partido oficial se tomaban en el gobierno; no tenía una vida institucional propia y estaba supeditada a los mandamientos y necesidades del gobierno priista. Por ejemplo, el relevo en la dirigencia obedecía a la estrategia del Ejecutivo en funciones y era un enroque más con otras dependencias oficiales. Sus órganos directivos se convocaban para fungir de comparsas o escenarios donde se concretaban decisiones tomadas en otros ámbitos y por otros actores.
En Acción Nacional desde su fundación se señaló esta realidad como nociva para la vida democrática del país. No podía haber una auténtica democracia si un partido contendiente en todo proceso electoral estaba amalgamado, estaba híper-conectado, con el propio gobierno en funciones. Entonces en el PAN siempre se combatió y se denunció esa simbiosis entre el partido oficial y el propio gobierno.
Después, cuando el PAN fue obteniendo posiciones de poder y ya tuvo gobiernos emanados, siempre fue motivo de reflexión y aun de debate, el modelo de relación –cercana o lejana- entre dichos gobiernos y el partido político.
Independientemente de las variantes que se consideraron, se siguió coincidiendo en que el modelo priista tradicional era inaceptable, por violentar la naturaleza del partido como organismo de ciudadanos y por reducir la visión del gobierno en una sola perspectiva parcial y o partidista.
Hoy, lamentablemente esta arcaica concepción de la vinculación entre Partido gobernante y Gobierno es una realidad que vivimos en el estado de Puebla: hay un partido que es apéndice del gobierno, que no tiene una vida institucional fuerte y que todas sus decisiones importantes no son tomadas en sus espacios de deliberación, sino en las mesas de dirección del Gobierno del Estado.
Esa simbiosis también se manifiesta en la muy amplia cercanía familiar, laboral y política de los dirigentes del partido con el poder estatal. Entonces, en lugar de tener una cercanía institucional, una cercanía basada en principios democráticos o en objetivos programáticos, tenemos una cercanía partido-gobierno basada en la sumisión, en la negación de la vida propia y en la utilización del partido político como una herramienta del propio poder.
Y no es el PRI.
[el autor es regidor del H. Ayuntamiento de Puebla
juan.espina@pueblacapital.gob.mx
@juancespina
FB JuanCarlosEspina.90]