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OPINIÓN

El Chelo sordo

Lucas tocaba su chelo. Luego descubrió que el objetivo de la música no es el sonido sino el alma

Sábado, Agosto 27, 2016

Lucas tomó el arco con la mano derecha, relajó la muñeca y lo colocó en las cuerdas. Con la mano izquierda sujetó el mango del chelo, mientras colocaba los dedos en las cuerdas correspondientes. Mientras el director de orquestra movía la batuta, Lucas podía sentir cada parte de su cuerpo en armonía. Todo era perfecto, no había preocupaciones y él se sentía en paz. Se terminó el intenso ensayo de seis horas y Lucas no quería irse, debía seguir practicando, porque en unas semanas tendría una audición para poder asistir a la escuela de música más prestigiosa del país. Pasó otras horas sentado solo con la compañía de su chelo. Después de un tiempo su mamá entró y le ordenó con una sonrisa que subiera al auto.

Al día siguiente su mamá lo llevaba al ensayo dos horas antes, como le gustaba a él. Al llegar admiró de nuevo aquel edificio que conocía mejor que su casa, el cual tenía muchos y mejores recuerdos. Entró y llegó al tercer piso, se sentó en una silla, sacó el chelo y muy de prisa empezó a tocar, por qué esperar. Siguió por unos minutos cuando olió algo extraño, se levantó, salió del cuarto de ensayos y fue hacia aquel extraño olor. Estaba al final de un pasillo, caminó hasta una puerta con el letrero de: “Solo personal autorizado, material inflamable”. Movió la manija y sintió mucho calor en el rostro. Cayendo inconsciente al suelo.

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Lucas tenía los ojos cerrados, pero olió algo familiar. Era higiene pero que constantemente se contaminaba. Abrió los ojos y confirmó su inferencia, un hospital. Estaba acostado, se incorporó con mucho dolor en el tronco y le habló a su mamá, la cual estaba dormida en el sillón de al lado. Pero antes de terminar aquella corta oración, un ardor le recorrió la garganta. Su madre se levantó, casi al instante salió y regresó con una enfermera. Esta lo empezó a revisar mientras hablaba con su madre, pero Lucas la apartó con agresividad y sorpresa cuando vio que la enfermera movió sus labios aunque nada salió de su boca. Se levantó de la cama e intentó correr pero cayó. Se quedó en el suelo llorando y sufriendo porque ya no podía escuchar ni hacer sonar su propia voz.

Al pasar unos días regresó a su casa, entró en su cuarto y se sentó en su cama. Con el rabillo de su ojo vio algo, giró y pudo observar un trozo de madera muy familiar. Se levantó y fue hacia él. Lo tomó con firmeza y se acomodó para tocar. Tomó el arco y puso los dedos en las cuerdas. Como siempre, lo deslizó de lado a lado en un movimiento ya automático. Pero esta vez nada pasó, no sintió nada, ni sincronía, ni adrenalina ni felicidad. Se levantó y despedazó el arco contra la pared. Después tomó el chelo por el mango y lo golpeó contra el piso. Gritó de frustración. Sintió rabia en lo más profundo de su ser, sintió odio y desesperación, y pensó: “¿Por qué? ¿Por qué haces esto? Lo único que amo y aprecio, mi pasión, mi futuro. Me quitaste lo que soy, te odio, quien quiera que estés ahí, te odio”.

Pasó un tiempo, Lucas no intentó nada por seguir adelante. Hubo clases de lenguaje de señas, apenas aprendió lo básico; el regreso a clases; salidas fuera de la ciudad, pero nada. Él necesitaba sólo una cosa, quería oír su chelo. Su mamá lo había convencido de salir a caminar, era necesario y aceptó. Pero justo al salir vio un sobre, la audición sería en unos pocos días. La ira lo envolvió de nuevo y sin siquiera ver el rostro de devastación de su madre rompió el  papel y salió a la calle. Su madre iba sosteniendo su brazo y recargaba su cabeza en el hombro de Lucas ya que era más alto. Llegaron a un parque, su madre sonrió al llegar a los árboles. Tuvo que contener el llanto ya que sabía que su mamá siempre sonreía al escuchar a los pájaros. De repente divisó a un hombre sentado en una banca con un chelo, estaba tocando y lo miró con aparente indiferencia pero en realidad sintió enojo en niveles inmensurables. Se detuvieron y al notar lo que pasaba su mamá se giró, lo tomó del brazo indicándole que se retiraran, pero Lucas la detuvo. Notó algo, de las cuerdas del chelo salían figuras. Eran dispersas y abstractas, como espirales de aire que giraban a un ritmo singular y hermoso. Él le indicó a su madre que observara pero su madre no comprendió, su frustración se mezcló con curiosa exaltación. Se acercó a brincos al hombre y se sentó enfrente de él. El chelista siguió tocando y Lucas siguió deleitándose con el espectáculo de colores y figuras. Después de un tiempo el hombre bajó el arco y guardó su chelo en el estuche. La madre de Lucas se acercó y le dijo algo al hombre el cual confundido le contestó, en nada más y nada menos que lenguaje de señas. El joven casi salta de la sorpresa. Su madre le explicó al chelista algo que fue demasiado rápido para que entendiera Lucas. Su madre se reincorporó y con señas le indicó que lo veía en la casa. Al voltear confundido vio al chelista sonriendo. Este sacó un papel de su bolsillo y se lo dio. Después se levantó y tomándole el hombro en señal de despedida se fue. Se tardó en entender todo lo que había pasado pero después desdobló el papel y leyó:

“no basta con oír la música; además hay que verla”

Igor Stravinski 

Habían ya pasado varios días desde el evento en el parque. Pero en ese momento ya sólo importaba una cosa. Tomó su traje de presentación y se lo puso. Después tomó el gran estuche con el chelo y se subió al carro. Su mamá manejó un rato.  Al fin llegaron a la audición. Se bajó y vio aquel edificio tan hermoso y tan familiar que había extrañado por mucho tiempo, y sin ninguna duda entró. Subió y llegó al tercer piso. Esta vez no estaba solo, sus compañeros, su maestro y su mamá llenaban todas menos dos sillas. Una la ocupaba un hombre de suéter y aspecto sofisticado, la última la llenaría Lucas. Tras saludar, se sentó y sacó su aparatoso instrumento, sostuvo el arco con delicadeza y el mango con firmeza. Y como si nada hubiera pasado empezó a tocar. Las figuras coloridas llenaron la sala. Volvió a sentir la conexión de todo su cuerpo, la adrenalina y la paz; la exaltación y la sutileza. Ya nada era igual que antes, pero eso no era malo. Entonces miró al hombre y este sonrió. Lucas sonrió de vuelta y se dio cuenta que el objetivo de la música no es el oído, es el alma.

[El autor es estudiante de bachillerato y escribe cuentos juveniles desde hace varios años]

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