Mi nombre es Sákary yo vivo en Van Rosen, la ciudad más grande y magnífica que alguna vez existió. Hace quinientos años la ciudad brillaba en fortuna y gloria; con torres asombrosamente grandes, enormes salones y amplias calles; porque bueno, los dragones no cabemos en cualquier parte. Todo esto cambió cuando un dragón llegó del lejano oriente. Él se apoderó de la ciudad y su nombre ya olvidado es Megfélitrix.
Yo nací hace 156 años. Desde hace 200 años Megfélitrix no ha salido y nadie lo ha visto, pero todos los que están en “la Resistencia” piensan que es negro y oscuro como las cenizas de los héroes caídos.
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Yo siempre he querido entrar en la Resistencia, pero mi hermano Tésver me lo prohíbe porque es muy peligroso.
Desperté como de costumbre en mi cuarto, desayuné y empecé con mis estudios. Como siempre Tésver no está; no me permite preguntar a dónde va, sólo lo escucho y respeto como si fuera mi padre.
Al día siguiente me despertó un ruido y dije — ¿Quién está ahí? —. La voz de Tésver dijo — tranquilo, soy yo, nos vemos en la noche—. Yo con desilusión lo despedí. En ese tiempo estuve intranquilo y mi desesperación venció. Como la noche fui silencioso atrás de mi hermano. Lo seguí a zonas de la ciudad que nunca había visto. Cuando menos lo esperé ¡Tésver desapareció! Caminé hacia donde estaba y sentí una puerta, pero ere invisible. La abrí y entré.
Todo estaba oscuro como las sombras del inframundo y silencioso como el crepúsculo; hasta que sentí tres golpes en el cuello y desde ahí no desperté. Cuando recuperé la conciencia un gran dragón verde me dijo — ¿Quién eres y qué quieres?—. Yo le respondí balbuceando — soy Sákary —. Él enojado dijo — hablarás con el líder de la Resistencia—. En esos momentos supe que estaba en su base y sentí pena por mí porque aunque fuera inocente moriría. De las tinieblas vi asomarse una cara muy familiar – ¡Tésver!— exclamé.
Tésver sorprendido dijo –hermano ¿qué haces aquí?—. Sentí su confusión y dije –después de todos los sermones de ser precavido resulta que eres el líder de un ejército que podría vencer a Megfélitrix—. Tésver, un tanto avergonzado, dijo —Lo siento; debí habértelo dicho; lo bueno es que te he visto madurar y descubrí que puedes entrar en la Resistencia—. Yo al instante pensé “por fin le ganaremos al rey”. Esa noche resultó ser la víspera del ataque a la fortaleza. El plan era simple: volar sin distracciones, hacia la sala del trono y matar a Megfélitrix.
Volamos valientes, sin miedo y con coraje. Mi único pensamiento era: “volamos a la guerra, no a la victoria”. La tensión se sentía y los aleteos eran el único sonido. El alba, tan imponente como siempre, se encontraba a nuestra derecha. Lo primero que vi fue que una parvada de dragones nos cayó como lluvia de flechas y así el baño de sangre comenzó. El fuego, las garras, los dientes y la furia fueron las mejores armas; pero también los peores enemigos.
Ya había pasado el mediodía cundo me percaté de que no había vuelta atrás: estábamos perdidos. En un momento pensé: “¿y Megfélitrix? es decir, no ha habido un ataque en 200 años y no sale a pelear”. Ese pensamiento se fue cuando vi a mi hermano siendo casi vencido por un dragón, salí en su ayuda pero una garra en mi cuello me hizo perder la conciencia.
Cuando desperté supe que no estaba muerto, sino que estaba en la torre negra, lo cual es mucho peor (la torre negra es la prisión más oscura y tenebrosa de toda Van Rosen).
Esos fueron los peores días de mi vida; lo único que llegaba a mi mente era: “¿Cómo estará Tésver?, ¿estará muerto?, o ¿estará aquí en la torre?”.
Al sexto día desde que me desperté pensé que si la rebelión seguía en pie ¿Por qué no habían venido por mí? Entonces una voz extraña sonó afuera de la sala de celdas y algo enorme mató al guardia. En ese momento me preparé para cualquier peligro que viniera pero no era nadie malo ¡era Tésver! – ¡Hermano!— exclamé. — ¿Cómo entraste?—. Él me calló y dijo —silencio. Vamos, es nuestra única oportunidad—. En ese momento no pregunté y lo seguí. Por los planos, mapas y libros que había leído, supe que nos dirigíamos a la sala del trono y pensé: “vamos por Megfélitrix”.
Cuando por fin llegamos a la sala del trono, nos recibió una gran puerta de marfil con adornos de oro y plata, tallado en rubí el símbolo del rey: la rosa en llamas. Antes de entrar escuché ruidos de pelea y muerte, pero no eran en la sala del trono ¡eran afuera del castillo! Me volteé a Tésver y él exclamó — Sákary, mi pequeño hermano, recuerda que no importa esta última batalla, hicimos lo que nadie se atrevió en 200 años; nunca olvidaré cuando eras pequeño y mírate ahora todo un soldado de la rebelión de Van Rosen. Pelea duro Sákary—. Vi los ojos de Tésver brillar como dos brillantes lagos a la luz de la luna. Pero antes de que me siguiera entristeciendo abrimos la puerta.
Al entrar algo inesperado nos sorprendió. Ahí, sentado en su trono estaba Megfélitrix y no era oscuro y negro como las cenizas, sino que era blanco y pálido como la muerte. Tésver sin pensar lanzó una llama de fuego y se abalanzó sobre él, yo lo seguí. Trato de olvidar aquella batalla, pero lo único que no he olvidado fue como Megfélitrix de un zarpazo me cortó el ala izquierda y como mi hermano sin piedad ni misericordia mató al rey de una mordida en el cuello. En ese momento pensé: “se acabó”.
Dos días después se coronó el nuevo rey de Van Rosen, Tésver “el Vengador”. Su reino fue una época de renacimiento y gloria. Su descendencia siguió con su única hija, Alikha, quien levantó a la ciudad en la época de oro.
Yo morí a la edad de 1625 años y en mi larga vida pude apreciar las etapas gloriosas de Van Rosen y aún mejor, participé en la liberación de mi pueblo usando LA IRA DE DRAGÓN.