Hace ya algunos años, estuve en Brasil. Ese hermoso país en el que ahora se efectuarán las Olimpiadas.
Formaba parte del equipo que la asociación civil Contracorriente integró para desarrollar un proyecto llamado “Nuestra escuela pregunta tu opinión”-NEPSO, a través del cual los alumnos de determinadas escuelas, por medio del empleo de herramientas propias de la metodología de la investigación, especialmente de la encuesta, detectan problemáticas sociales en el contexto en el que viven y buscan en comunidad desarrollar estrategias para resolverlas.
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Las escuelas que participaron fueron del nivel de secundaria y los resultados, sobre la experiencia de los maestros participantes, fue el motivo por el cual asistimos a una semana de trabajo con docentes brasileños y de otros países. Se realizó en una población cercana a Sao Paulo, por cierto, ciudad cosmopolita, moderna y llena de contrastes.
Una vez terminado el trabajo, nos dimos un saltito a Rio de Janeiro, Gloria Bravo y yo. Nos hospedamos en un hotel a dos calles de la famosa playa de Copacabana, llena de garotas preciosas, de brasileños bullangueros y de niños y jóvenes de las favelas cercanas.
También en Rio, cuando menos en ese momento, se observaban las grandes diferencias sociales que son comunes a ambos países. Es cierto que bailan y cantan al ritmo de la samba y aun con el bossa nova y que en sus playas juegan futbol, que les gusta el “Chavo del Ocho” y el “Chapulín Colorado”, que sus cortes y comida son muy ricos y que tienen una serie de manifestaciones artísticas y culturales asombrosas, pero cuando menos en ese tiempo, los contrastes sociales eran ya muy marcados.
Ahora se celebran en esas tierras las Olimpiadas 2016, después de una espera de más de 6 años -se les designó como sede el 2 de octubre del 2009-. Todavía recuerdo cuando Lula da Silva lloró por el nombramiento de Rio de Janeiro para las Olimpiadas y el pueblo brasileño salió a festejar apostando por un futuro mucho más prometedor.
La realidad que ahora viven, les hace manifestarse y preguntarse una y otra vez: “Olimpiadas para quem”, cuando la situación, especialmente la económica y social afecta a muchas familias brasileñas.
Las Olimpiadas modernas, a partir de 1896, se muestran como el evento en donde se reúnen todos los países del mundo; y donde la tolerancia, la amistad y el espíritu deportivo son convocados para participar buscando alguna medalla, sea de manera individual o en equipo, esperando que gane el mejor.
Los beneficios económicos en la organización de los Juegos Olímpicos están a debate, ya que a menudo tienen grandes costos y producen relativamente pocos beneficios tangibles, sobre todo para los habitantes en donde se desarrollan.
Con el tiempo, han salido a la luz muestras de corrupción y negocios ilícitos en ese país sudamericano, tan sólo en la operación Lava Jato por ejemplo. En el aspecto político el caos prevalece, hay dos presidentes y en la mitad de la Olimpiada, 81 senadores decidirán el destino de su país.
Los resultados de la encuesta realizada por el Instituto Datafolha muestra que el 47 por ciento de los habitantes de Río cree que la competencia traerá más problemas que beneficios; para más del 50 por ciento de la población los juegos serán motivo de vergüenza evidenciando que el transporte público, la organización y la seguridad pública revelará la incapacidad del país. No es, para casi el 50 por ciento de sus habitantes: “el mejor momento para estar en los ojos del mundo”.
La participación de los maestros de secundaria en huelga desde marzo pasado y la de los auditores también, pone en jaque el desarrollo de esta celebración, en donde sus habitantes están cansados de la elite política que se ha revelado corrupta, corporativista e incapaz de representar el cambio necesario.
Parece que eso mismo pasa en nuestro país, en donde también la corrupción y la mal dirigencia de las autoridades deportivas han sacado a la luz el escaso apoyo a los deportistas que nos representarán, lo que empaña el verdadero sentimiento olímpico que deberían prevalecer y honrar.
Así las cosas, el día de hoy es la inauguración que promete ser espectacular y que, inevitablemente, pondrá a Río de Janeiro y a todo Brasil, en los ojos del mundo.
Vayan nuestros mejores deseos y esperemos que los resultados sean de lo mejor, pero sobre todo, que pasen victoriosos esta dura prueba que permita que nuestros hermanos brasileños saboreen con entusiasmo el desarrollo de unas Olimpiadas inmemorables, se lo merecen, después de todo por lo que han pasado.