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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Un mole angelical, Aída Cuevas, y un brinco a Veracruz...

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Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Lunes, Agosto 1, 2016

El caminante recurre a la herramienta del periodista para contarle a la gente lo que ve, vive y registra. Esa historia doméstica, a veces microhistoria, que tiene el dato curioso, sorprendente, eso que no pasa inadvertido en el diario vivir.

A cuarenta y cinco minutos de Puebla, luego de cruzar en panga el Lago de Valsequillo, está uno en Los Ángeles Tetela. Hemos pasado por pastizales verdes, espejos de agua, lomas esmeralda y pequeños rebaños de vacas y borregos. Un paisaje bucólico hermoso apenas a tiro de piedra de Puebla.

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Somos parte de los cientos cincuenta convidados a una comida de una familia pueblerina sencilla pero generosa, pródiga. Realmente un banquete.

Doña Cayetana, una cocinera del pueblo, con siete décadas de experiencia, comanda al ejército femenino que hace de la organización y la cocina todo un arte. Son alrededor de ochenta mujeres con tareas bien hechas y deliciosas. Son las cocineras de lujo en esa fiesta, ese día.

Ahí están, en el gran patio de la casa del anfitrión, en torno a cuatro gigantescas cazuelas llenas de mole a las que aquí, por su volumen, llaman campanas. Parte de los suculentos guisos son diez guajolotes,  150 pollos, más de un millar de tamales de frijoles de dos formas, miles de tortillas; un gran caso de arroz y otro de sopa de verduras.

Esas virtuosas mujeres, como soldados, empezaron un día antes sus quehaceres, y el mero día reparten  con cordialidad el fruto de sus manos. No hay persona que salga de esa casa, de la fiesta de la chica que cumple 18 años, con sus cubetas multicolores llenas de mole y tamales. En otro cuarto de seis por cuatro metros, abundan las hondas tinas llenas de hielo donde hay cientos de refrescos y cervezas.

Los comensales circulan sucesivamente  por las mesas bajo una gran carpa y en el patio; las moleras, arroceras, tamaleras, tortilleras y soperas cumplen su misión de forma casi mística; un prominente templete como de acto cívico espera al conjunto musical que tocará hasta bien entrada la noche; ya lo hicieron los mariachis.

 El mole es realmente exquisito, vuelan por doquier  los platos con dos  piezas de pollo cada uno   y las manos de doña Cayetana reciben los elogios y casi la  bendición de los lugareños.

 Todo este portento de organización y deleite y abundancia de la cocina poblana,  quizá no tendría nada de raro si el concertador fuera un potentado, un ricachón de pueblo, pero no es así, el orgulloso anfitrión es un modesto albañil, don Óscar Arguelles, un modelo de hombre trabajador, responsable y  todo un profesional de su oficio.

Otra noche por azares del destino nos toca compartir la mesa en un homenaje a Aída Cuevas, esa cantante extraordinaria de hermosos ojos y voz incomparable. Desde hace cuarenta años es, para mi personal gusto, la mujer que mejor transmite el sentimiento mexicano hecho canción, ataviada singularmente con trajes mexicanos, el vestuario charro. Lo porta con galanura, con estilo, con belleza en cada centímetro.

“Visto el  traje de charro porque lo siento, lo amo, no por moda”, nos ha dicho, esta enorme cantante. Es, sin lugar a dudas, la sucesora de otra grande que, como Aída, proyectó a México dentro y fuera de sus fronteras, me refiero a María de Lourdes.

 Estamos ahí con ella otros dos periodistas y conversamos fuera de protocolo de temas triviales, con discreción para no interrumpir el homenaje de esa noche que es su noche, en el espléndido patio de La Casona de la China Poblana. Ella luce feliz, satisfecha, agradecida entre poco más de un centenar de poblanos que la aplauden intensamente.

La responsable de esta emotiva jornada nocturna es la publirrelacionista Paty Samoano,  de la Agencia VIP, quien trajo para cantarle a Aída, a Érick Tirado, Norma Minell y Lupita Gómez, tres voces poblanas que conmueven a la invitada. La señora Cuevas, quien a mediodía saboreó los muy representativos chiles en nogada, es colmada de obsequios y testimonios finos y significativos.

Y antes de marchar nos canta tres canciones con su voz y sentimiento únicos, y se toma fotos, y recuerda actuaciones, conciertos, amistades. Y se lleva al oído el reconocimiento por su calidad integral, impar en el México contemporáneo; y por el rescate de canciones inéditas de María Grever, y por su manera singularísima de cantar huapangos ante reyes, presidentes y público que ha colmado escenarios de fama mundial.

Aquí la acompañó un mariachi  poblano de los mejores del país, el “Mariachi Real de México”, con un precoz violinista acaso el más pequeño de estos grupos, con apenas unos once años.

Ella es Aída Cuevas, de México, de todos…

Y luego un brinco de tres días a Veracruz que, oh decepción, tiene el imán cálido de ayer, pero se degrada tristemente al paso de los años, y de los pésimos y descuidados gobernantes. Su plaza de armas, que ayer lo fue de música típica, vendedores tradicionales de sabor y alma jarocha, danzón, aroma a café y puro,   mujeres bellas y personajes representativos de ese hermoso rincón mexicano, hoy luce oscura y en declive.

Su centro histórico está  semi oscuro por la noche, entre las mesas del zócalo los tamborazos de malísimos grupos sedicentes norteños o  mariachis, ofenden los oídos del turismo que añora  las marimbas, el salero de los tríos de huapangueros o soneros que son, o fueron, el emblema de este único rincón mexicano. (La genial arpista “La Negra Graciana”, joya del jarochismo veracruzano, murió hace un año.)

 Las calles aparte de lóbregas están sucias y abandonas, el descuido se ve en comercios de mala muerte a unos pasos del zócalo, el desprecio de los alcaldes y gobernadores últimos se nota en muchas partes de este otrora bello puerto; tiene su zona moderna con hoteles y bulevares, es cierto, pero la joya de la corona, el centro, va camino de la perdición. La prostitución también se enseñorea ahí, junto con la basura, el caos urbano y los mercaderes que todo lo invaden.

Para colmo, Tlacotalpan, ese famoso  pueblo mágico, sigue el mismo destino del centro de Veracruz. No se advierte buen gusto, sabor,  ni vida en su singular arquitectura, falta concierto  y señalamientos en su centro; hay fachadas y calles descoloridas, vendedores de baratijas fijos y semi fijos; artesanías pobretonas; restaurancillos con mesas y sillas de plástico en las calles importantes.

En suma, cualquier pueblo mágico poblano tendría mucho que enseñarles a las autoridades de esos lugares que tienen fama en declive.

Para colmo, el acceso  a Tlacotalpan es feo: una carretera de dos carriles angosta, que carece de acotamientos y casi se la engulle la vegetación. Y aparte es de paga.

En suma, sólo el riquísimo café lechero y la cocina jarocha de La Parroquia salvan el orgullo veracruzano. Échese un brinquito por ahí, vera que no miento.

xgt49@yahoo.com.mx

NOTA: (Me preguntan y les informo: Si, mi reciente libro “DICHOS Y REFRANES DISFRAZADOS”, está a la venta en el puesto de periódicos de doña Mago, en el Portal Morelos, en contra esquina del Salón de Protocolo)

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