Por negar el cruce vial a cuatro jóvenes -supongo estudiantes- uno de ellos me gritó enojado: ¡Puta!. En una esquina cerca de Ciudad Universitaria los escolares no detuvieron su paso y en una actitud sobrada prácticamente se lanzaron sobre el coche, así que mi reacción fue no ceder.
La descortesía es el pan nuestro de cada día entre automovilistas, ciclistas, choferes del transporte público y peatones. Debido a que no podemos convivir civilizadamente, las mentadas de madre son cada vez más habituales y, en ocasiones, el detonante de las agresiones físicas.
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Pero el incidente con los jóvenes me hizo pensar algo más que un desaguisado vial. Si un hecho "trivial" ameritó este adjetivo, cuál sería la reacción de ese muchacho ante circunstancias de mayor trascendencia en su vida.
No tengo elementos para "crucificarlo"; me baso exclusivamente en su tono de voz cuando lanzó la expresión, fueron unos segundos pero estaba realmente molesto cuando se acercó a mi ventanilla. Yo también me enojé pero me aguanté la contestación en su cara y continué el trayecto.
Esa palabra - sinónimo peyorativo de prostituta - es uno de los adjetivos que socialmente hemos adoptado para cuestionar la reputación de una mujer ó lastimar su dignidad.
Recuerdo que en uno de los capítulos del libro "Tierra de padrotes" de la periodista Evangelina Hernández, una joven víctima de trata en Tenancingo, relata que el proxeneta así la llamó desde el primer día de su secuestro y violación. Fue la forma de quitarle su identidad y autoestima (por supuesto que aquí hablamos de un caso extremo de violencia).
Sin embargo, dicen los expertos que el maltrato verbal va acompañado con el sonido, entonación y gestos. ¿Cuántos novios ó esposos traen violencia contenida y la descargan al sentir provocación en una acción involuntaria ó absurda?
Aunque todos hemos tenido malos días, el lenguaje proyecta la forma de relacionarnos con los demás y principalmente en nuestro círculo afectivo ó laboral. El sentido de las palabras han llevado a muchas parejas a la autodestrucción con hombres acostumbrados a herir sin utilizar las manos y viceversa. Por otra parte en los centros de trabajo también se quebranta el respeto, una conocida se "acostumbró" a recibir denostaciones de su superior hasta que un día entendió que no había crecido con groserías y tampoco tenía que aceptarlas.
Por eso dentro de la familia es importante que los niños aprendan el significado de las palabras antes que empiecen a repetirlas como merolicos. No se trata de reprimirlos sino de orientarlos, por qué sí, por qué no, a quién ofenden o dejan de ofender cada vez que dirigen un "insulto" conozcan o no a la persona.
Ahora que está de moda la polémica por el grito de ¡Eeeeeh pu....! en los estadios de fútbol y el intento de la Federación Mexicana de Fútbol por evitar sanciones de la FIFA al considerarlo un grito homofóbico, las opiniones son divididas. Hay quienes defienden el término como cultural y gracioso y otros que consideran que llamar así al portero rival es una forma de menospreciar su masculinidad.
No se qué opine estimado lector (a) pero cuando gritan ¡Pu...! a un hombre no representa el mismo "agravio" que cuando es dirigido a una mujer. Hasta en eso también vamos desiguales.
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