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OPINIÓN

Quirino Ordaz, Sinaloa ante un nuevo momento de su historia

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Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Viernes, Junio 10, 2016

Al margen de cualquier inclinación ideológica o adscripción partidista, me causa profundo orgullo en lo personal, la victoria comicial obtenida en el estado de Sinaloa por mi muy estimado amigo Quirino Ordaz Coppel; el “Curriculm Vitae” que hiciera publicar en la página oficial de su campaña inicia con las funciones que desempeñara años atrás como asesor del gobernador del estado de México, hecho que me  causó especial satisfacción, ya que por aquellos ayeres tuve el gusto de ayudarle modestamente en algunas de las labores que le habrían sido encomendadas en el desempeño del aludido encargo.

En los días que corren ya a muchos años de aquellos ayeres, Quirino Ordaz Coppel se apresta a dirigir los destinos de una entidad  que ha sido clave para la  seguridad nacional del país, conocedor pleno de la entereza de carácter y la voluntad firme del gobernador electo, me atrevo por ende a hace una añoranza del trágico martes de carnaval de 1944 en Mazatlán, suceso, clave como pocos para entender   el desenvolvimiento histórico tanto  de Sinaloa como de todo México.

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El arribo de las primeras  oleadas de migración china a fines del siglo XIX, trajo consigo una oleada infame de  acciones criminales de la sociedad  mexicana, perpetradas en contra de aquella comunidad que buscaba asentarse entre nosotros, erigiéndose en una de las  fases  más oscuras y vergonzosas  de nuestra historia que ha sido mantenida por lo demás, en el más absoluto de los silencio.

El mismísimo Ricardo Flores Magón, ejemplo de adalid de las luchas sociales, llegó a establecer como base de su programa de gobierno la proscripción total  de la migración proveniente de China.

Los chinos, que en algún momento habrían sido hacinados por las autoridades migratorias en Tijuana y  en Tapachula como puntos extremos de la cartografía nacional, fueron extendiendo su presencia, y con ella sus costumbre, algunas encomiables y otras no tanto,  como  lo es aquella que concierne a la ingestión del opio.

Al paso del tiempo, los chinos asentados en Sinaloa llegaron a tener cultivos relativamente significativos de la flor de adormidera.

Pronto aparecerían en el horizonte otras personas interesadas en controlar el negocio del opio y en desplazar a los chinos de actividades tan peculiares como pudieran serlo  tanto el cultivo de amapola, como  el trasiego de su goma.

México fue un centro importante de actuación del espionaje alemán durante la Primera Guerra Mundial, y , posteriormente, desde los días del ascenso de Hitler al poder los residuos de aquel primigenio  núcleo de informantes  se habrían sumado a la cruzada antisemita del Tercer Reich, conformando lo que  la prensa de la época denominara con el emblemático mote de “La Quinta Columna”, la cual, de más está decirlo,decidió financiar sus actividades con las utilidades que le brindaba la exportación clandestina de opiáceos hacía  los Estados Unidos.

La “Quinta Columna” contaría en México con la cobertura que al efecto le diera el gobernador de San Luis Potosí Gonzalo N. Santos, quién, por conducto de un aviador de su confianza de nombre Roberto Trawis, terminaría  estableciendo una importante alianza estratégica de negocios con su colega, el gobernador de Puebla, Maximino Ávila Camacho.

El gobierno de Sinaloa a cargo de don Rodolfo T. Loaiza  inició entonces  una importante campaña de erradicación del cultivo de la amapola, los terratenientes  afectados, respaldados por el propio Maximino,  llamaron al sujeto que les había servido para someter a los agraristas e impedir el reparto de tierras en la región, un hombre llamado Rubén Valdés que respondía más comúnmente al escalofriante alias de  “el gitano”.

  De suerte tal que el lunes 20 de febrero de 1944, una vez que se había dado inicio al trágico Carnaval de Mazatlán, el Coronel Loaiza se trasladó a la localidad en cuestión desde Culiacán para presidir los festejos  en su carácter de gobernador de la entidad , la alegría desbordada  de los lugareños lo  había contagiado y decidió entonces  trasladarse con su comitiva al “Patio Andaluz” del  Hotel Belmar; ahí su reloj  Elgin de oro  se paró a las 2 de la mañana menos 10 de minutos del martes de carnaval; tras su asesinato, el gobierno recayó en el General Pablo Macías Valenzuela, postrer titular de la Secretaría de Guerra y Marina antes de  su transformación con motivo de la declaración de guerra al “eje”, por efecto de la cual distribuiría sus atribuciones originarias entre las nuevas Secretarías de la Defensa Nacional y de Marina Armada de México.

Sucesos de un pasado negro que los mexicanos debemos dejar atrás  para siempre y que, en el caso particular  de Sinaloa, acaso le hemos hecho ya en gran medida, gracias a la jornada comicial del pasado cinco de junio, conclusión a la que habría llegar al menos, si hemos de atender a  los méritos personales del candidato electo, los cuales, de más está decir, van más allá de la opinión que por estimación personal me pueda ser motivada. 

albertoperalta1963@gmail.com

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