Fue una delicia leerlo; después de presentar mi tesis doctoral de filosofía, años de confección, revisión, volver a revisar, corregir, etcétera, apareció –en el 2005- la edición especial del IV Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. Comencé a leer esta obra clásica a principios del 2006, todo un año me llevó su lectura. Me encantaron los personajes, las historias, el inicio, el final y las diversas situaciones en que aparece don Quijote, su locura, su lógica argumentativa, su amor por sus ideales, sobre todo por Dulcinea, sus distorsiones de la realidad, sus conocimientos históricos, retóricos, filosóficos, teológicos. Todo ello hace que Cervantes haya creado un personaje que, a la postre, haya cobrado vida propia y se haya vuelto un personaje autónomo, con vida propia.
La lectura se me hizo más libre, menos compleja, más ágil, más dinámica y, también, más humana. En el 2012 me inscribí al doctorado en literatura hispanoamericana en la BUAP, ahí tomé un estupendo curso sobre el Quijote, volví, nuevamente, a leer la obra, nuevos descubrimientos, nuevos aspectos, nuevos enfoques, tanto por la conducción del profesor como por la aportación de mis compañeros de clase. Al final, reforcé mi convicción de que es una obra indispensable para comprender una nueva óptica de la modernidad: el tomar la vida como aventura, a diferencia de la visión medieval en que la vida era vista como la oportunidad de tener un proceso de conversión.
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Don Quijote deja de mirar al cielo y comienza a mirar la tierra, y no porque haya dejado de creer y amar a Dios, o haya modificado su lenguaje; no, sino que su enfoque es nuevo: no al más allá, sino al más acá; claro, el efecto de mirar al mundo aquí y ahora es la locura.
En un pasaje de la obra, habiendo ya dejado la casa del Duque y todas las aventuras ahí vividas y contadas, cuando se encuentran don Quijote y Sancho con quienes llevaban las imágenes religiosas y éstos le muestran al caballero andante las mismas, luego de que éste ha visto a san Jorge, san Martín caballero, Santiago y san Pablo, señala don Quijote, por cada uno, algún atributo de la caballería andante. De san Jorge, el modelo del caballero y de sus propósitos y fines, del segundo, la generosidad que ha de caracterizar a los caballeros, del tercero, la defensa de España y la valentía, y del cuarto, san Pablo, la pasión por extender la verdad revelada por la fe. Todos son caballeros que luchan al modo del cielo, bajo los designios divinos, él, don Quijote, en cambio, lucha al modo humano:
—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos (Cervantes, Don Quijote de la Mancha, edición del IV Centenario, 2004: 987).
Sobre este tema, más allá de la relación entre lo humano y lo divino, cosa de estudio propio de los teólogos, se encuentra un tema que inaugura lo que es propiamente la nueva concepción de la vida para la modernidad, recuérdese que estamos hablando del año 1615, en pleno apogeo de las ideas renacentistas y barrocas que caracterizan ese momento y que, como caldo de cultivo, prepararían ya todo el gran árbol del pensamiento típicamente moderno: el interés y cuidado por el mundo, por la historia y por el más acá. En términos filosóficos, la vida y su significado, no hay que buscarlos después de la muerte, o en un mundo transhistórico, sino que hay que construirlos desde ahora, en la historia, en esta vida, con los recursos que vayamos implementando. Esa expresión: “yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”, confirma que la aventura, como parte sustancial de la vida misma, no tiene la certeza del cielo, sino la incertidumbre de la tierra, de la existencia misma.
Hay una reflexión de Octavio Paz sobre cómo la figura de don Quijote, a diferencia de la perspectiva, por ejemplo, de Dante en la Divina Comedia, representa un gran cambio de perspectiva de la visión medieval a la propiamente moderna. Y es esta: la vida ya no se ve como una oportunidad y única ocasión para la conversión, sino que, a partir de don Quijote, la vida es vista como aventura, es decir, no un proceso interno de conversión, sino un proceso histórico de aventura, incierto, por cierto, pero que queda no ya en manos de la providencia divina, sino en manos de nosotros mismos, en manos humanas, en manos de la propia libertad. Este tema de la valoración de lo humano, no deja de ser una continuidad del tema de la libertad, porque ahora, en la perspectiva moderna, la libertad se vuelve un asunto que depende más de la libertad humana que de la providencia divina o del azar. En esto, por lo tanto, y como se ve en texto citado, don Quijote manifiesta que él no pelea, como los santos, al modo divino, sino al modo estrictamente humano: yo soy pecador y peleo a lo humano. ¿Y qué es ese modo? No ya ver la vida como conversión, sino ver la vida como aventura; cambia la visión, ya no venimos a la existencia para convertirnos sino para hacer de ella una aventura, la gran aventura, nuestra propia aventura. Y lo característico de la aventura es la incertidumbre: no sabemos a dónde vamos a parar; por eso el Caballero de la triste figura afirma: hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos. Tal premisa, en el fondo, coincide con las premisas del pensamiento moderno: independientemente de nuestras convicciones religiosas, incluso si suponemos que tenemos fe en la vida más allá de ésta vida mortal, lo que sí sabemos es que, ya desde esta vida, hic et nunc, aquí y ahora, podemos y debemos construir el reino de este mundo, de esta historia, el reino humano, la pelea al modo humano. Don Quijote, lo reiteramos, inaugura la comprensión de la existencia como una aventura incierta pero que depende de la libertad humana y, como en la mayoría de sus hazañas, aunque termine derribado y en el suelo, se levantará una y otra vez para volver a intentarlo. La libertad se vuelve, así, más que una lucha de la razón, una hazaña de la voluntad, más que una convicción racional un deseo de voluntad que reta a la misma incertidumbre, sin temor a equivocarse y sin temor a caer, una y otra vez, en el suelo de la decepción y del escepticismo, como de hecho ocurrió históricamente.
Otros temas están ahí en la obra de Cervantes, casi puede decirse, toda la experiencia humana, todos los asuntos humanos, desde la familia, la enseñanza, las labores y la política, todo está abordado por la lógica impecable de don Quijote —atravesada, desde luego, por la locura—, las ocurrencias y la sencillez de Sancho y el manejo magistral de Cervantes de introducir en la narrativa de la novela situaciones reales, como El Quijote de Avellaneda, un Quijote apócrifo que entra a formar parte de la historia y a la que responde el mismo don Quijote señalando la falsedad del personaje y de su autor.
Aprovechando que mañana es el día internacional del libro, y de que todos tenemos uno de nuestra preferencia, podría yo decir que, luego de la Biblia, el Quijote es la otra obra de gran relevancia para el espíritu humano. La primera nos sirve para ganar el cielo, la segunda para mirar la tierra, si no ganarla, sí mirarla, verla de frente con todas sus vicisitudes, sus abismos, sus incertidumbres y, no obstante, como don Quijote, estar dispuestos a la aventura, a luchar y pelear contra los gigantes en desigual batalla, contra esos encantadores que a cada rato nos quitan el mérito de nuestro valor, de nuestro brazo fuerte y de nuestra gran valentía.
Los libros nos reflejan, son como espejos, escribe Carlos Ruiz Zafón, a mí el Quijote me dice mucho, porque al leerlo descubro aspectos de mí mismo, de mis enfoques, incluso de mis ideas, de las situaciones de la vida. Lo mismo podría decir de Sancho y de los demás personajes. Por ahora basta con lo señalado para recordar a Cervantes, de que un día como hoy, 22 de abril, hace cuatrocientos años, murió dejando una obra para la posteridad que se sigue y se seguirá leyendo para hacer que quienes lo lean descubran muchas historias, varios personajes y, sobre todo, aspectos de sí mismos que harán volver a mirar la vida con ojos nuevos, con nuevos enfoques, nuevas perspectivas. Esas nuevas perspectivas son, por un lado, que el mundo puede ser mejor de como es y, por el otro lado, que, aunque pudiéramos vivir en paz e idóneamente, los fundamentos de la vida pueden ser cuestionados a fondo, eso y no otra cosa hace don Quijote en todas sus aventuras: cuestionar la realidad al grado de caer en la locura. Eso se llama, a final de cuentas, crítica.
Con Cervantes nació, escribe Paz en otro lugar, la duda y la crítica. Y toda sociedad que no duda y que no critica no avanza, no progresa, no alcanza lo que se propone. Precisamente con la duda y la crítica el pensamiento cuestiona las situaciones de injusticia, de desigualdad, de desatinos. Es lo que hace la literatura a final de cuentas: cuestionar, sobre todo a las instancias de poder (político, económico o religioso). La literatura no se conforma con el mundo tal cual es.
Pero supongamos por un momento que vivimos en un mundo ideal, donde todo es miel sobre hojuelas, la duda y la crítica –es decir, la literatura- nos servirían para cuestionar nuestras convicciones más profundas, para sacudirlas y sobre esa base, el cuestionamiento, revisar y volver a revisar si nuestras convicciones, si nuestros ideales son real y efectivamente válidos, eficaces, en suma, si pasan la prueba del ácido.
Cervantes lo hizo sobre todo con el Quijote, y lo hizo muy bien: no sólo cuestionó al poder político sino también al religioso; más aun: cuestionó toda una visión con radicalidad, su propia época: al grado de poner en su personaje central la peor carga que puede llevar una creación: la locura, el ridículo, la fantasía. Y en medio de todo ello, mostrar la genialidad. Esa es la herencia de Cervantes y por ello recordamos con estas líneas que estamos ante una gran obra que hay que leer, releer y volver a leer.