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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tan trivial

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Abril 13, 2016

Yo: la palabra tajante.

Elias Canetti, Apuntes 2,

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Obras completas 8: 80.

Amable lector, lectora, este día, ¿o el día de ayer?, bueno, estos días, ayer o antier, no importa, salió una encuesta de preferencias electorales o de intención del voto publicada por el periódico El financiero respecto de la elección local, luego estuvo circulando en redes y total: Tony Gali tenía, ¿o tiene?, 44% de las preferencias, Blanca 36%, y los demás no son mencionados siquiera en la versión televisiva. En el 2010 esos mismos números aparecían pero con diferentes actores: Zavala era el primero, Moreno Valle el segundo; siempre según las prestigiadas encuestas.

Luego, decía la conductora de ese espacio televisivo, 37% cree que va a ganar Tony, 29% cree que será Blanca y un 35% no está seguro de quién ganará. Como se aprecia, si todo es percepción, y desde luego las campañas electorales, sobre todo en su oferta y “convicción”, lo son al cien por ciento, los votantes oscilatorios ahí están y todavía no han decidido, o si ya se manifestaron, estarían dispuestos a cambiar el sentido de su voto. Están esperando la mejor “oferta”, quién habla más bonito, quién hace las mejores propuestas, claro, esas que hacen click con la gente y conectan el mensaje y los receptores, quién viste bonito, agradablemente, etcétera. Bueno, usted podrá preguntar: ¿A dónde quiere llegar este señor? ¿Qué pretende? Pero no es mi intención sino comentarle dos o tres cosas que me ocurrieron en estas ya largas semanas.

Como consultor, en efecto, uno tiene que meterse de lleno en campo, ahí donde la gente siente y percibe (en realidad, vivimos de percepciones, de imágenes proyectadas como anhelos, deseos, sueños, metas). Tiene que captar y medir cómo está esa percepción, investigarla, sopesarla, palparla, sentirla, casi hasta vivirla y, con ese insumo básico, confeccionar la diversidad de productos a vender. Pues resulta que, en efecto, la percepción es un fenómeno extraño que, sin embargo, hace transitar por mundos insospechados.

Encontré que entre ese mundo de percepción y el mundo de las lecturas hay cierto paralelismo. También por las lecturas nos formamos percepciones, formas de ver las cosas, de sentirlas y de vivirlas inclusive. Tengo varios ejemplos: en clase, bueno en las clases –Filosofía política una y El hombre y la historia la otra-, en estas semanas  estaban ahí abriéndonos sus mundos El mito del estado de Ernst Cassirer y ¿Qué es la historia? de Edward Carr. En el primero me apasionó el tema del culto a los héroes, de Carlyle, y el del culto a la raza, de Gabineau. Me acordé de ese spot televisivo de Tony Galy y el “soy poblano, aquí nací y aquí crecí” (o algo similar), porque es precisamente una proyección del culto a la raza, es decir, un principio de identidad. Claro, en el texto de Cassirer éste lo plantea en el contexto del surgimiento de los mitos políticos modernos, en particular en el desarrollo del nacional socialismo y cómo amalgamó, sobre todo, el culto de la raza.

En el libro de Carr, el tema de discusión con los alumnos de la maestría en estudios históricos era, también en el inter entre el siglo XIX y el XX en las escuelas históricas, si podía haber una historia objetiva basada únicamente en los hechos o si, más allá de éstos, como en efecto ocurrió, la historia no deja de ser a final de cuentas una perspectiva del historiador sobre la materia prima de los hechos. Como quiera que sea, en ambos textos, como en el de las encuestas, eran mundos de percepción: la del héroe y la raza, por un lado, y la de los hechos y la interpretación del historiador por el otro.

Claro, a estas alturas puede usted aburrirse a más no poder, ¿a dónde quiere llegar este hombre?, se preguntará. Y no está por demás recordarle que estamos hablando de percepción y de lo trivial, es decir, de lo ordinario, de lo que carece de relevancia y actualidad, o sea, de mi opinión. Pero como es la mía, desde luego, no puedo no decirla. “Yo: la palabra tajante”, dice Canetti. Y así es.

Si no se ha aburrido por esto tan trivial, sigamos por el mundo de la percepción: se trata de dos novelas, una que leí de cabo a rabo, la reciente de Vargas Llosa: Cinco esquinas, y la otra de Haruki Murakami, El elefante desaparece, que leí la mitad del primer capítulo mientras veía libros en El sótano. Ambos, igualmente, abren mundos imaginarios pero tan cercanos, desde luego, no por otra cosa sino porque los libros son como espejos: reflejan lo que ya llevamos dentro (Ruiz Zafón dixit).

Pues bien, le compartiré, grosso modo, ese mundo imaginario del inicio de esas novelas (bueno, de Vargas Llosa puedo compartirlo todo, al fin ya lo terminé de leer y no sé si usted, amable lector, lectora, quiera leerlo, en cuyo caso se lo habré adelantado, con el consabido efecto. No, no se lo crea, voy por partes). En la novela del peruano la historia es de dos matrimonios amigos, la formada por Chabela y Luciano y la formada por Marisa y Enrique, el primero abogado de gran connotación, el segundo minero e inversionista. La época es la de Fujimori y el Doctor, Montesinos, un militar de la más rancia ralea y de la más mano dura. Había toque de queda y apagones y balaceras por aquí, por allá y por acullá, estaban peleando el ejército contra Sendero Luminoso y otros gropos guerrilleros. Total, todo comienza un día, mejor dicho, una noche, en que, en la casa de Marisa, le fue imposible a Chabela regresar a la suya. Permítame, amable lector, lectora, poner punto y aparte para no hacer muy largo este párrafo.

Entonces, en esa noche, en medio de la oscuridad, aunque siempre con esa extraña visibilidad que permite la oscuridad cuando por alguna razón se filtra un haz de luz por muy tenue que sea, la cosa es que Marisa vio la pierna de Chabela y, casi sin poder detenerse, como por impulso y no tan voluntariamente, se desliza y ¡zás! le pone la mano en la pierna. Vargas Llosa narra lo que pasaba por la mente de Marisa, sus temores, sus sobresaltos, sus cuestionamientos: ¿qué irá a pasar después de ese movimiento atrevido, temeroso, o tal vez osado, la cuestión es que se queda como en vilo esperando el rechazo de su amiga o si seguiría dormida, en fin, todo un drama en esos pocos segundos entre la mano y la pierna. Desde luego, uno en la lectura casi está al unísono con el respirar del personaje. ¿Qué pasa, pues? ¿Se despierta la otra y la increpa o qué? Vamos, siga usted, podrá decirme, lector, lectora. Entonces lo que ocurre es que Chabela toma la mano de Marisa y la lleva a su propia entrepierna. Lo demás pasa tal como pueda usted imaginarlo. Se vuelven amantes y esa es la aventura y el drama. Los maridos, siguen ahí, hasta que uno de ellos es enterado y pasa lo que tenía que pasar (siempre de acuerdo a la novela). En medio de esta historia está la de un periodista, Rolando Garro, director de un semanario de farándula que llega a chantajear a Enrique (el ingeniero Enrique Cárdenas) mediante unas fotos que lo muestra en situaciones inconfesables (bueno, con unas prostis haciendo desmanes). Me acordé de uno que otro columnista local con esa misma premisa: somos una sociedad morbosa, la gente quiere ver y leer morbo. Bueno pues el pobre Garro termina en…, en…, ¿se lo digo o prefiere usted leerlo? Por esta ocasión optaré por dejarlo leerlo.

Pero hay algo nuevo en la novela de Vargas Llosa, o no tan nuevo pero sí novedoso en él. Las novelas que le he leído plantean la situación política y social del Perú, una historia erótica y unos personajes con perfiles de lo más variado. Cinco esquinas no es la excepción. Pero digo hay una novedad respecto a sus novelas anteriores: el heroísmo detrás del fango. Un personaje, la Retaquita, compañera de Garro, luego de entrar en el mundo del cochupo y del chayote con el Doctor (Vladimir Montesinos), pasa a un cierto acto de heroísmo, muy similar a Pereira, el personaje central de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi. Esta es para mí la novedad: los que han entrado al fango del poder también pueden ser héroes. Esta similitud es lo que marca que no es tan novedosa la forma, que ya Tabucchi la había planteado hace 22 años.

Y para no aburrirlo, amable lector, lectora, terminaré contándole esa extraña llamada que recibió un desempleado en su casa (hablo de la otra novela, la de Murakami): Te conozco, se oyó del otro lado de la línea, sólo te pido diez minutos para convencerte. El otro se encontraba preparando un spagheti y no disponía de esos minutos. Luego de varias llamadas y de que el interfecto decide volver a contestar: Acabo de salir del baño, ¿quieres que me quede así o que me vista? Pero, pero, ¿quién eres? Se pregunta él. Sólo sabe que ella lo conoce y que su esposa lo ha mandado a buscar al gato. Sólo dame diez minutos, le pide ella. Él tiene que ir por el gato. El tiempo se me acaba y debo dejar el libro. Lo cierro, ya habrá ocasión de leerlo todo.

El fin de semana, por su parte, me sorprendió con un libro de discursos políticos, desde fray Melchor de Talamantes (que también era peruano pero que se vino a vivir a México y planteó la necesidad de la independencia) hasta un discurso de Zapata, otros de Octavio Paz, Barack Obama y José María Sanguineti; este último me convence, habla sobre la necesidad de hacer de la política el arte de conciliar intereses, realmente interesante, sugerente, ese sí, como para debate de los candidatos y candidatas a la gubernatura. El debate es mejor que esos spots de chichés, de sonrisa bonita, aludiendo a la identidad racial: soy poblano. No, pues sí: ¿eso qué tiene de novedoso? ¡Todos somos poblanos! eso no nos hace diferentes ni especiales Pero en el mundo de la percepción el que interpreta es el rey.

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