Araceli (por obvias razones no publicaré su nombre real) corre el riesgo de entrar a la penosa lista de feminicidios en Puebla; es menor de edad, tiene ocho meses de embarazo y el padre de su hijo es cada vez más violento.
El sujeto de 21 años con el que vive desde hace más de un año no actúa solo; su madre ha colaborado en el maltrato que recibe cotidianamente Araceli, al grado de boicotear la convivencia con su familia. No recuerdan la última vez que comieron en casa ni salieron a divertirse.
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La hermana de la joven me cuenta que ha sido muy desgastante alejarla del agresor, sin importar que su conducta empeora por sus adicciones a las drogas y el alcohol. En estos días, Araceli presentó un derrame en el ojo, aparentemente por algún golpe que recibió en la cara. Ella lo niega, la familia sospecha que así fue.
El embarazo ni siquiera ha contenido la violencia psicológica y emocional que el novio y su mamá ejercen sobre ella; la mayor parte del tiempo está acompañada por su suegra y ni siquiera hay oportunidad de platicar en privado; cada vez está más aislada y sin fuerza para poner un alto.
El deterioro de Araceli es visible; su cara palidece, bajó de peso y su ropa casi siempre está sucia. Nadie le paga sus consultas médicas, el poco dinero que envía su papá de Estados Unidos ni siquiera se lo queda y tampoco le permiten trabajar (una de las formas más comunes para dominar a una mujer, principalmente próxima a ser madre).
Aunque en algún momento Araceli entendió que la violencia no es forma de vida y pretendió romper esa cadena, su hermana cree que el novio cayó en el chantaje y por eso desistió; lo más difícil - me comparte- es verla resignada a las ofensas y los gritos.
Dicen que los patrones familiares casi siempre se repiten pero a diferencia de otros casos de violencia, Araceli y su hermana (diez años mayor que ella) vivieron en un ambiente de regaños moderados; nada de golpes ó vejaciones. La familia de la joven teme que el novio la mande al hospital ó le quite la vida con "un mal golpe", un término con grave arraigo dentro de la cultura machista que predomina hasta nuestros días.
Debido al peligro que amenaza la vida de Araceli y su bebé, su hermana está decidida a separarla legalmente del agresor aprovechando su estatus de menor de edad, aunque al cumplir los 18 años posiblemente cometa el error de regresar con él.
A través del Centro de Justicia para las Mujeres que dirige la Fiscalía General del Estado espera obtener ayuda legal pero sobre todo psicológica para alejarla de esta situación denigrante. Ojalá que Araceli abra los ojos antes de que sea demasiado tarde; no hay forma de tolerar el maltrato; es injustificable, ninguna mujer debiera padecerlo sin importar la circunstancia.
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