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OPINIÓN

Vargas Llosa, el nobel que inquieta

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Marzo 29, 2016

A mi hermana Dulce

y a mi hermano Roberto,

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por sus cumpleaños en marzo.

A Vargas Llosa le debo –sin que él lo sepa- el haberme interesado y apasionado por la literatura. Gracias a su libro La verdad de las mentiras (2007) fui leyendo a los escritores y novelistas del siglo XX, desde Joseph Conrad hasta Antonio Tabucchi. Fui viendo, entonces, los recovecos del alma humana, de los seres humanos, de las diversos rostros que solemos vivir en medio de las más variadas circunstancias.

Algunos autores no me eran desconocidos, como Kafka, Hesse, Orwell y Albert Camus, a quienes había leído en sus obras más conocidas, La metamorfosis, El proceso, El lobo estepario, 1984, El extranjero, La peste y El hombre rebelde. En algunos cursos que había yo impartido sobre el ateísmo moderno nunca faltaron algunos otros escritores, novelistas y filósofos como Dostoievski y Nietzsche, cuyos escritos, igualmente, están llenos de profunda humanidad y, desde luego, de sus abismos.

Pero sobre todo aprendí y conocí a nuevos escritores, leí entonces El corazón de las tinieblas (1902) de Conrad, la novela que desenmascaró a Leopoldo II, el rey belga que se había enriquecido hasta la saciedad con una careta de bueno, de favorecer el desarrollo humano y de ayudar a los habitantes del Congo, cuando en la realidad los había esclavizado mediante un sistema de terror, horror y sometimiento inhumano, es decir, mediante el manejo del miedo. Como escribe el nobel peruano, conocí con esa lectura “las raíces de lo humano”.

Siguieron Dublineses (1914) de James Joyce, Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1938) de Henry Miller, en cuyas letras pude imaginar Dublín, Nueva York y París, esas historias de amor, desamor, recuerdo, olvido y erotismo rayano en su pulsiones más básicas. Conocí, de igual manera y fue otro de los escritores que me impactaron, a Elias Canetti (también nobel de literatura en 1981), a quien le seguí la pista leyendo otras de sus obras y escritos, pero de la mano de Vargas Llosa leí Auto de fe (1936) una de las novelas que más develaron uno de los espíritus que solemos llevar muchos de los que gustamos de la lectura y los libros: la obsesión por las letras hasta personificar los textos: como dice en una de sus partes, casi hasta establecer una cabeza sin mundo.

Luego también pasó por mis manos y mis ojos –mientras mi mente hacía lo suyo- El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier, donde me acordé del Haití de Dessalines y la metaformosis de un ser humano en animal y elemento del ambiente. Si me fuera posible, yo sería águila, león y una diversidad interesante e imaginaria. El viejo y el mar (1952) de Hemingway, aunque ya la había leído en mis años de secundaria, la volví a leer: esa lucha consigo mismo, esa fuerza de voluntad que siempre nos hace falta, ahí la reviví y recordé que de niño una de las cosas que le pedía a Dios en mis oraciones casi siempre era precisamente la fuerza de voluntad para esto y para aquello.

Lolita (1955) de Nabokov, vaya, ese deseo y esa pulsión que llevan al extremo y que termina donde suele hacerlo. Claro, era y quizá hoy más que en los cincuenta, un verdadero escándalo: un cincuentón y una casi niña, seducido y seductor al mismo tiempo, y esa niña-adolescente que parece jugar. Pero eso lo descubre el lector hasta que lee. Siguió El cuaderno dorado (1962) de Doris Lessing, esas diversas historias, diversas facetas de una misma protagonista, esos rostros variados que nos recuerda que también así somos, o al menos en parte, a veces desde una supuesta mentalidad liberal y feminista, como es el caso. Pero detrás de esos vericuetos, el tema del amor, siempre presente y siempre misterio, o con un residuo fundamental de misterio. Y coronando esa búsqueda de textos y de autores, una de las novelas que más me han gustado: Sostiene Pereira (1994) de Antonio Tabucchi, donde me quedé no sólo impresionado sino verdaderamente marcado, la expresión de un editor de un diario cultural a su corrector, un recién egresado de la carrera de filosofía: La filosofía parte de verdades y, muchas veces o frecuentemente, termina en ficciones; la literatura, por su cuenta, parte de ficciones y, muchas veces o frecuentemente, termina descubriendo verdades.

Derivado de esas lecturas surgió la integración de un grupo de amigos y amigas que, desde hace varios años, nos reunimos para platicar sobre libros y novelas, que derivan en charlas –a veces álgidas- sobre asuntos humanos, religiosos, políticos y sociales, al calor de una cena y de una copa de vino. Con el paso del tiempo también, la inquietud prendió en otro medio y brotó un grupo nuevo, aunque con amigos ya conocidos de hace tiempo, los libros, las películas, los artículos editoriales, culturales y periodísticos se volvieron uno de los principales insumos de esas noches de desvelo al calor de la amistad, los proyectos y los recuerdos, de una cena deliciosa y de un vino que suele despertar el ánimo de compartir la voz, la palabra, la reflexión.

Todo eso por la lectura de Vargas Llosa que mencioné al inicio y a la cual siguieron otras tantas, como El lenguaje de la pasión y La civilización del espectáculo, para hablar de ensayos, así como de sus novelas Conversación en La catedral, El paraíso en la otra esquina, El sueño del celta, El héroe discreto y Travesuras de la niña mala. Aún no he leído Cinco esquinas, la más reciente, que se ha publicado hace algunos días. Pero estoy seguro que, como en las anteriores, planteará una historia de Perú, mostrará al régimen gobernante y narrará una historia de amor, desamor y erotismo, temas humanos y necesarios para cruzar ese mar que se llama existencia y llegar al lugar que buscamos en el entramado del tiempo, una isla o una playa que solemos denominar comprensión, sentido o significado. Ese es uno de los aportes de este escritor peruano que, a sus ochenta años, sigue dando de qué hablar.

Por último, no está por demás comentar que, en El lenguaje de la pasión, gracias a un artículo de Vargas Llosa sobre Octavio Paz, hace pocos años, me decidí a estudiar con hondura y holgura a nuestro nobel mexicano; se me descubrió entonces con mayor claridad un mundo que sólo había atisbado (vía el poeta francés Charles Pèguy): el de la poesía. Pero esa, como dijera la nana Goya, esa es otra historia.

Postfacio

Era julio de 1991, en la Universidad de Notre Dame, leía yo un texto de Vargas Llosa sobre Albert Camus, una reseña sobre el absurdo. Me gustó su estilo, su forma de hablar del argelino de cultura francesa, sus ideas, su persona, sus libros y su personalidad, su sensibilidad. Llamó poderosamente mi atención porque no habló de sí mismo sino del autor sobre quien escribía; se me hizo un gesto de cortesía, sensibilidad y generosidad con el lector.

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