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OPINIÓN

Para comprender la elección a la mini gobernatura del estado de Puebla

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Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Lunes, Marzo 7, 2016

Parte I

La culminación del tiempo de precampañas internas de los partidos políticos, para definir candidato a gobernador, confirmó para el elector poblano una verdad anunciada: la contienda se definirá entre José Antonio Gali Fayad y Blanca María del Socorro Alcalá Ruiz. Alrededor de ambos se coaligaran partidos, grupos y organizaciones políticas con perspectivas específicas, modos de ver y estrategias de cálculo para incidir en la política a corto, mediano y largo plazo.

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Aunque el período del poder estatal en disputa es brevísimo –constitucionalmente, un año ocho meses- suscita extraordinario interés. Justo ahí la primera peculiaridad, quien sea electo gobernador sabe que al siguiente día de la elección, inicia el proceso político para las elecciones concurrentes del 2018, donde se elige ejecutivo federal, poder legislativo federal y para Puebla, como para otros estados, gobernador, cámara local y presidentes municipales.

Dicho de otro modo, la disputa presidencial se encuentra asociada a las elecciones locales que ocurrirán en ese año. No es desde luego menor el asunto, aparte de la extraordinaria de Colima, llevada a cabo el 16 de enero pasado, 11 estados votarán para formar sus respectivos congresos locales; la Ciudad de México elegirá Asamblea Constituyente y en 12 estados habrá elecciones para gobernador. No está por demás señalar que encuentran en disputan 965 Ayuntamientos.

Si las elecciones, en sus procesos y resultados representan una agregación de intereses, en todos los estados donde se llevarán a cabo, tendremos la definición de coaliciones locales construidas para preparar la elección concurrente (federal, estatal y municipal) del 2018, pero es preciso matizar: en el caso de Puebla, este proceso electoral es prueba de fuego para una fuerza política emergente, construida hace más de 10 años en territorio poblano, que se ha extendido a nivel nacional, mostrando ser altamente competitiva.

Después de la debacle del PAN en el 2012, era esperado el desfiladero en las elecciones federales intermedias. No fue así, accidentada y apretadamente se sostuvieron como la segunda fuerza en el congreso federal y primera local. No es desmesurado afirmar que el PAN soportó los costos por haber dilapidado el bono democrático, gracias a la acción política de los grupos emergentes del panismo, especialmente el poblano. No es para menos, estamos ante el desarrollo de una clase política que ya, desde la oposición federal, ha incursionado en el espacio nacional haciéndose visible, a través del ejercicio de gobiernos locales, capacidad para desarrollar políticas gubernamentales, estrategias y acciones de gobierno aplicadas a escala regional considerando el largo plazo globalizador. Enfocar la política desde la eficacia para insertar ámbitos regionales en la ola globalizadora le ha otorgado una fuerza inusitada. Ahí radica su fortaleza, es su virtud. El principal argumento para incursionar competitivamente en elecciones federales y estatales más allá del ámbito poblano.

 Es mérito: la coalición gobernante en Puebla ha orientado la administración pública estatal y municipal considerando el largo plazo globalizador. Es el principal activo que soporte la oferta de campaña electoral.

En el México pos transicional, el desenlace de los procesos electorales locales se encuentra asociado, cada vez con mayor fuerza, al buen o mal desempeño gubernamental. Es una tendencia. El elector mexicano, con todo y los límites que la legislación electoral impone y a fuerza de voltear a ver los resultados de la gestión pública considera resultados de gobierno para castigar o premiar a los partidos que son gobierno.

Si en un primer momento, en el largo proceso democratizador, las energías de los votantes y de los partidos opositores al PRI se dirigieron a la construcción de reglas equitativas para regular los procesos electorales, ahora el elector ha vuelto la mirada hacia los resultados de gobierno. En este sentido se vislumbra la campaña electoral.

Ha sido bastante notorio en este primer encuentro: mientras el candidato Gali desarrolló una precampaña mostrando a la militancia panista datos, avances, obra pública, modos de ejercer la gestión pública, reconocimientos en procesos de transparencia y rendición de cuentas, en suma, contrastación de compromisos derivados de un proyecto de gestión pública de largo aliento. Al PRI poblano se le fue el tiempo pensando en claves electorales pre-transicionales. La prioridad del PRI en Puebla fue justamente tratar de ser PRI otra vez; en la precampaña no pudieron articular siquiera un pronunciamiento de propuesta de gobierno a sus militantes, nunca respondieron una pregunta sustancial: ¿Para qué quiere el PRI regresar al gobierno estatal?

Denotan que, hasta hoy, ni ellos mismos saben a ciencia cierta por qué o para qué quieren regresar al gobierno del estado.

El asunto es más complejo. Los desórdenes del priismo en toda la precampaña se derivan de los límites estructurales derivados de su desgaste tanto histórico, como del ejercicio del gobierno federal. Ambos elementos impiden, desincentivan y desde luego opacan la acción política en los espacios locales.

Vistas así las cosas, se explica que no mostrar propuesta alguna, obedecería más bien a una estrategia calculada para no enfrentar a tan temprana hora los yerros –que no son pocos- del gobierno federal. Y desde luego, no solo es ocultar propuestas, incluso, en esa misma perspectiva, ocultar los resultados de los pasados gobiernos municipales priistas. Indefendibles por la medianía de sus alcances.

gnares301@hotmail.com

Marzo 7, 2016.

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