Esta semana se definen las candidaturas de los partidos políticos que competirán en la elección del próximo 5 de junio, los procesos internos de los mismos, así como las precampañas, terminan precisamente el jueves 3 de marzo. Entonces sabremos –aunque en algunos casos ya lo sabemos- quiénes irán a la justa electoral por parte de esos institutos políticos (las candidaturas independientes tendrán que esperar el procedimiento para lograr el porcentaje de apoyo ciudadano hasta el 13 de marzo y seguir lo conducente para lograr su aprobación y luego su registro como tales). Y si bien es cierto que las campañas electorales arrancan el 3 de abril y terminan el 31 de mayo (puesto que no podrán durar más de sesenta días), también lo es que desde hace tiempo la movilidad política está creciendo en ritmo, tiempo y espacio.
Blanca Alcalá Ruiz, Antonio Gali Fayad, Roxana Luna Porquillo, Abraham Quiroz Palacios, si todo se decanta como parece, serán los contendientes por los partidos políticos, más los independientes, entre cuyos aspirantes se encuentran Ana Tere Aranda Orozco y Ricardo Villaescalera. Todos ellos, ya en el escenario representarán algo; la pregunta ineludible será por tanto: ¿Qué representa cada uno de ellos? Sobre todo para el elector que aún no ha decidido su voto. De acuerdo a una encuesta de Parametría levantada del 5 al 9 de febrero de este año, ya perfiladas las candidaturas, hay un 18% de electores que aún no define el sentido de su voto en un escenario de preferencia bruta donde el primer lugar obtiene 31%, el segundo lugar 22% y el tercero 6%. Ese sector muestra un voto no manifestado pero que, a todas luces, termina decantándose en algún sentido. Es aquí donde entra el juego de estrategias y tácticas de los contendientes y donde cobra importancia fijarse en el tipo de electores que definirán la elección del próximo gobernador o gobernadora.
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No es un secreto que en el ánimo del elector que aún no define su voto pesa más la imagen y el carisma del candidato o candidata que las siglas de los partidos que representan. La mitad de quienes manifiestan su intención de votar consideran que es el candidato (o candidata) lo que termina convenciéndolos de darles su adhesión. La otra mitad, una parte, el 26%, considera que importan tanto candidato/a como partido, y sólo un 19%, la quinta parte, considera que el partido sí importa. Esto significa que sólo una de cada cinco personas manifiesta que su voto depende más del partido político que de las candidaturas.
Ahora bien, ¿qué pasa por la mente y el ánimo de ese tipo de electores a quienes, de entrada, no les atrae la política ni los políticos, pero que acudirá a votar? ¿Cuál es su mundo y, desde ahí, cómo ven a los candidatos que pugnan por lograr su voto? En un libro donde plantean la nueva visión de las campañas electorales en América Latina, Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, escriben: “En muchas ocasiones no ganan las elecciones los candidatos más capaces, inteligentes y eficientes. (…) En la práctica somos mucho más irracionales de lo que suponemos y nos movemos más por sentimientos y emociones que por razones.” (Mujer, sexualidad, Internet y política. Los nuevos electores latinoamericanos, FCE, 2006: 344).
Como dicen los que saben, si bien es cierto que todas las campañas tienen cosas y elementos comunes, cada una tiene lo propio y ninguna es igual. Estrategia, investigación, filigrana, se vuelven recursos indispensables. Los autores mencionados señalan algo que me parece relevante y que cuestiona de entrada a muchos que llevan en su haber varias campañas: “Quienes han participado alguna vez en una campaña exitosa tienden a reproducirla en otras circunstancias, lo que es una equivocación radical. Ninguna campaña se parece a otra. La gente cambia permanentemente, las circunstancias también. Lo que en una ocasión fue muy bueno, en otra produce desastres.” (Ídem, p. 346).
¿Se distinguirán los candidatos y candidatas por sus propuestas? Los especialistas señalados responden tajantemente: “Las propuestas, finalmente, son las mismas en todos los países: ‘daremos más empleo’, ‘mejoraremos la salud’, ‘lucharemos contra la inseguridad’, ‘terminaremos con la corrupción’ y una serie de frases semejantes. Casi no hay ideas nuevas bajo el sol y cuando las hay se copian inmediatamente.” (Ídem, p. 349).
En otras palabras, lo que termina definiendo el sentido de su voto a alguien que decide en la soledad de la urna son, en primera instancia, sus afectos hacia el candidato o candidata, y, en segunda instancia, sus temores, y, a veces, sus resentimientos. Aunque también están los pragmáticos y utilitarios: se fijan más en las necesidades que tienen, incluso en los sueños. “Mueven más votos los sentimientos, los temores, los resentimientos o las necesidades que han quitado el sueño al elector los últimos meses y los que le han permitido soñar en un futuro diferente.” (Ídem, p. 357).
En suma, y para concluir, ¿quién será la candidata o el candidato que robe –o convenza- el ánimo de los indecisos? ¿Quién podrá abrir el horizonte de los poblanos y poblanas para que sueñen un futuro diferente? ¿Quién logrará esa adecuada comunicación con la gente para que, el día de la elección, vote por él o por ella? Porque no cabe duda, ganará quien se gane el corazón, el ánimo y –por qué no decirlo- la esperanza de los poblanos, de las mujeres, de los jóvenes, de las familias, de los indecisos.