Desde luego que la visita del papa Francisco a nuestro país, especialmente por las circunstancias tan especiales que vivimos, resulta de gran peso social y político ya que su influencia deberá ser considerada principalmente por los creyentes católicos quienes, aún cuando disminuidos en número, hoy representan a la mayoría de la población mexicana.
Así que sus opiniones como jefe máximo de la Iglesia Romana deberán ser tomadas como supremo mandato por la influyente estructura jerárquica local, y obedecidas escrupulosamente por sus millones de fieles lo que permitiría, en un acto de milagrosa conversión a los principios predicados, lograr un cambio instantáneo en muchas conductas individuales que modificarían la faz de la nación.
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Y decimos esto, porque es de todos conocido que la influencia de la religión católica permea las diferentes capas sociales que constituyen la sociedad mexicana, incluyendo muchas que están fuera del contexto legal permitido como son las de los políticos corruptos, los miembros de la delincuencia organizada, los empresarios voraces, y hasta la de actores de doble moral y los delincuentes de baja estofa. Quienes cínicamente participan de ritos y costumbres propios del catolicismo pero perjudican con sus acciones las vidas de sus semejantes; y para prueba de esto considere como ejemplo el caso del reciente candidato panista al gobierno de Colima, quien por un lado se mostraba férreo defensor del derecho a la vida y por el otro exigía a su "novia" someterse a un aborto.
Desde luego que siempre será digno de reconocer el trabajo loable de muchos fieles quienes luchan fuertemente por lograr cambios trascendentes en su entorno, como el padre Solalinde, Javier Sicilia, Raúl Vera obispo de Saltillo, y organizaciones sociales o altruistas que son altamente congruentes con sus principios religiosos poniéndose al servicio de las clases más necesitadas y que necesitan muestras del apoyo de su jerarca a sus causas.
Así que los mensajes papales deben dirigirse en principio, en forma clara y precisa, a su feligresía, invitándolos a una verdadera conversión a los principios que invoca el credo católico, y no quedarse solo en la puesta en práctica de rituales de contenido emocional que nunca podrán generar un verdadero cambio de vida.
Para quienes estamos ajenos a esta visita, solo nos quedará el sabor agridulce de escuchar buenos discursos, de elevado contenido humano, dichos en boca de un líder carismático, mezclados con el desagradable sabor que producirá en nosotros el mensaje consumista de las televisoras.
Por cierto, si con los mensajes papales cayera algún pez gordo como el cardenal Norberto Rivera, y lo viésemos arrepentirse de su pecado de encubridor de pederastas y narcos, quedaríamos conformes con la inversión millonaria de recursos públicos que se han hecho para la realización de esta visita; pero como esto jamás sucederá, nos permitimos recordar al gobierno de Peña Nieto que las leyes supremas mexicanas establecen que nuestro país es soberano y laico y por lo tanto si afecta los derechos de quienes no pensamos igual.