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OPINIÓN

Reconocer lo que es

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Febrero 9, 2016

El jueves 4, hacia la una de la tarde, en uno de los puentes peatonales que van de la Ibero al Angelópolis (Centro comercial), en esa zona que ha sido mostrada como ícono de la Puebla moderna y de vanguardia, fue asaltado un joven universitario que salía de clase. Fue despojado de una computadora en la que llevaba sus trabajos de carrera y de su celular. Ese joven de dieciocho años recién cumplidos es uno de mis hijos, el menor.

--¡Le hubieras dado un buen zoquete a ese infeliz! –le dijo uno de sus hermanos al enterarse del evento, con rabia en el gesto- ¿Qué hiciste? ¿Nadie acudió en tu ayuda? ¿No había policías?

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-- El tipo me amenazó con una navaja: ¡Dame todo! ¡La computadora, todo! Me quitó el celular y la compu y, luego, echó a correr. Yo corrí buscando alguna ayuda pero nada, hasta que llegué al otro lado y había unos policías y les narré todo lo ocurrido. Fueron a un lado, observaron, giraron la cabeza, vieron del otro lado y así de regreso al otro costado hicieron el mismo gesto. Y me dijeron –contó ya con gesto de escepticismo- que debía ir a no sé qué lugar de san Andrés Cholula a levantar una denuncia. ¿Hice mal, papá? –terminó por preguntarme.

--¡Hiciste lo correcto, hijo, no vas a arriesgar tu vida ni tu integridad física por cosas que, si bien son importantes, no se comparan con el valor que tienes en ti mismo! –afirmé totalmente convencido de mis palabras.

--¿Debemos ir a levantar la denuncia o sólo perderemos el tiempo?

--Debemos ir –le dije- para que, al menos, estén más atentos y no reporten que ahí no pasa nada y que todo está muy bien. Que tengan el dato –añadí- al menos para que las estadísticas digan lo contrario de lo que suelen decir.

--¡No, papá, no perderé el tiempo ni por estadística! Ya perdí cosas valiosas añadió-, no perderé el poco recurso que me queda.

Yo me acordé, entonces, que en otro tiempo, hace años, por ahí debe estar la fecha, cuando entraron alguna ocasión a la casa y la vaciaron, levanté la denuncia correspondiente y lo más que hubo fue la presencia de unos ministeriales que fueron a preguntar lo que ya estaba escrito en el texto de denuncia, y al final –no sin cierto cinismo- me pidieron “pa’ los chescos aunque sea; porque si no, esto no va a avanzar”. O bien, en otro momento que en la calle un tipo con su bicicleta pasaba como loco cerca de mis hijos, que entonces estaban pequeños, poniendo en peligro su integridad física. Terminamos dándonos un trompicón y luego fui a levantar una denuncia contra ese tipo, llevando testigos presenciales y todas las formalidades del “debido proceso” y nada: nunca pasó nada.

Guardé silencio, reconociendo que así son las cosas y que no podía forzar a mi hijo contra sus convicciones y su voluntad. Más bien agradecí al Creador que no hubiera pasado a mayores ese traumático momento. ¿Cuántos chavos más, o muchachas, señoras y personas en general, son despojados impunemente de sus pertenencias sin que pase nada? Eso no es noticia. Lo que sí es noticia es la tremenda publicidad que inunda la ciudad, ora de la esposa del munícipe capitalino, ora de éste mismo con motivo de su informe. Ahí –en ese mundo de la publicidad- todo es positivo: proyectos productivos, atención integral de niños, jóvenes y personas de todo tipo, rescate de espacios deportivos. Ahí, todo está a resguardo y es pleno, como corresponde a una ciudad de primer nivel. En cambio, hay espacios en algunos puentes peatonales de ese mundo de primer nivel donde ocurren esos impunes despojos que infligen unos ladrones a jóvenes que, lejos de esas atenciones integrales, padecen la cruel realidad, la del día a día, la de todos los días.

Desde luego, no estoy aludiendo al binomio causa-efecto, como si la causa del asalto haya sido una acción de autoridad,  para nada; lo que estoy señalando es la descomposición de una sociedad como la nuestra donde hay vivales que viven de los demás y gozan impunemente de sus abusos y delitos mientras la autoridad competente se sumerge en el encantamiento de la publicidad: el mundo mágico donde, como en un espejo, sólo ve su propio rostro y su propia fantasía.

Una sana política debería reconocer lo que es la realidad, lo que son las cosas y no engañarse y engañar a los demás con mundos fantásticos donde sólo hay unos héroes que atienden y resuelven todos los problemas, cual si fueran dioses providentes de todo: casa, vestido, salud y sustento [ya hablaremos de ello, pero justamente de esas fantasías políticas es de lo que nos libera la fe religiosa cuando, en sus premisas fundamentales, nos advierte que ningún político, ninguna política, por muy buena que sea, puede sostenernos ni salvarnos en el fondo de nuestra existencia].

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