Es increíble –insólito en una ciudad de primer mundo, como se supone que es Puebla- que en coche, después de cuarenta minutos, apenas avance uno seis kilómetros, máxime en una vialidad de relevancia como puede ser el bulevar Norte, o el Atlixco, o la 31 poniente. Todos los días a todas horas el estrangulamiento está presente y el costo por hora-persona es asombrosamente incalculable.
Viernes, dos de la tarde, de la colonia Volcanes a Las ánimas, un trayecto de poco más de cinco kilómetros, que normalmente tarda uno en recorrerlo unos trece minutos, ahora se vuelven casi cuarenta minutos. En todo ese trayecto ni un solo agente de tránsito (esos que suelen verse levantando infracciones en los lugares más insólitos posibles). Ese mismo viernes por la noche, veinte horas, de la Capu a la Ibero, poco más de seis kilómetros, trayecto que se recorre en unos quince minutos, ahora se recorre en cuarenta y cinco minutos. Y los agentes de tránsito ausentes (uno ya se imagina dónde están en ese momento y a esa hora).
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Claro, eso no es lo relevante en este artículo. Sólo quería ilustrar un poco el tema, ya que, debido a un curso que me invitaron a impartir en la maestría en estudios históricos de la UPAEP, de nueva cuenta vuelvo al tema de la filosofía de la historia y en torno a ello se encuentra un largo camino recorrido que va de Aristóteles a Hegel, y tiene que ver con el tema mismo de la investigación filosófica y la condición de la historicidad como su más clara condición al grado de identificar, casi casi, filosofía con historicidad, o filosofía con su historicidad.
¿Qué tiene que ver esto con el problema del tráfico y la gran pérdida de tiempo si lo medimos en hora-persona? Nada, en absoluto, salvo que, por ejemplo para Hegel, Napoleón representaba un momento culminante del espíritu absoluto: su paseo a caballo por las calles de Jena, mostraban cómo la racionalidad se encarnaba en el detalle mismo del señorío, la personalidad, el portento y la proyección de un momento en que la civilización alcanzaba su clímax en ese preciso momento histórico. ¡El espíritu absoluto encarnado en la figura y la imagen de Napoleón! ¿Se imagina usted eso? ¿Estaba acaso loco Hegel, uno de los pensadores más lógicos y racionalistas? Es como si dijera Hegel, como todo filósofo: dado que el espíritu es lo que encuentra el pensamiento humano, el espíritu es la verdad del mundo, de las cosas y del hombre mismo, es la verdad sin más. Es decir, eso que los filósofos han buscado desde que nació la filosofía y que unos ubicaron en el ser, otros en el uno, en la substancia, en Dios, en fin, en esa realidad última que explica todo y todo lo sostiene. Ese espíritu se manifiesta en el tiempo, en la historia mediante la civilización y la cultura. Y en ese momento, para el pensador alemán, Napoleón representaba precisamente ese culmen de civilización y cultura: poder, señorío, espíritu, proyecto (pensamiento aplicado). Sería muy difícil que, ante el tráfico poblano de todas horas, pensáramos que se trata de un portento de civilización siquiera, o sea, de espíritu, de verdad, de realidad profunda y última.
Desde luego, el tema de la verdad y la historicidad no tienen que ver con el tráfico. Sólo aludo a la cuestión debido a esa casi obsesión hegeliana de haber identificado el tema de la filosofía con su historicidad. Con esa discusión se abre, desde luego, la reflexión sobre la filosofía de la historia. Por un lado, filosofía como tal, la búsqueda del ser, de la verdad de las cosas, de su estructura radical, de las causas últimas, de los primeros principios. Es decir, la búsqueda de eso que se llamaría también realidad radical, realidad profunda: el arjé. Hegel mismo lo dijo en su lección inaugural en Berlín el 22 de octubre de 1818:
“El coraje de la verdad, la fe en el poder del espíritu, es la primera condición del estudio filosófico; el ser humano debe honrarse y considerarse digno de lo más alto. Nunca es suficiente su consideración de la grandeza y del poder del espíritu. La esencia cerrada del universo no posee la fuerza capaz de oponer resistencia al coraje del conocimiento: debe abrirse ante él y ponerle a la vista y ofrecerle para disfrute sus riquezas y profundidades.” (Cf. Karl Löwith: El hombre en el centro de la historia, Herder, 1998, p.386)
Claro, esa pasión de la verdad, que vio nacer a la filosofía allá con los griegos, hace veinticinco siglos, tenía el mismo sentido de Hegel, pero no su misma significación. A Aristóteles no se le ocurrió que Alejandro Magno fuera una encarnación del espíritu absoluto, con todo y que fue el primero en plantear un imperio que abarcara todo el mundo. Simplemente porque no pensaba que el espíritu, el logos, la chispa divina, pudiera encarnar en un proceso temporal como la historia. Fue al único tema que no le dedicó un tratado; y no porque considerara que la historia era irreal, sino porque era un proceso de lo cambiante mismo que nada tenía que ver con la investigación filosófica: la de aquellas cosas eternas, que no cambian justamente porque son verdaderas, inmutables, siempre las mismas, como la eternidad y el logos, como el pensamiento en su esencia. Si bien el espíritu es dinámico, no es cambiante ni oscilatorio, para eso están los historiadores, y los historiadores de la política.
Con el tiempo, y luego de un largo proceso de investigación filosófica, poco a poco fue brotando la convicción de que la filosofía no podía conocerse sin conocer su historia, sin saber historia de la filosofía. Más todavía: que a diferencia de otras ciencias, como la matemática o la física, para la filosofía es imprescindible su historia, su historicidad. Saber filosofía, parecía concluirse, es saber historia de la filosofía, de las ideas, teorías y doctrinas filosóficas. Quizá por eso Hegel ve en la historicidad la realización del espíritu absoluto en el tiempo.
Sin embargo, eso nos mete en otro problema: que entonces la filosofía se vuelve un repertorio de opiniones a lo largo de veinticinco siglos, todas distintas entre sí, que este filósofo dijo esto, aquel dijo lo otro y aquel otro lo de más allá, incluso contradictorias. El resultado puede preverse: cada loco con su tema. La filosofía es el terreno donde nadie se pone de acuerdo. No sin razón Antonio Tabucchi, en Sostiene Pereira afirma: “La filosofía, que busca la verdad, termina en ficciones”. Esa problemática es lo que, de una u otra manera, anima la reflexión filosófica con la convicción mínima de que, al menos, algo de la realidad es posible conocer, un atisbo, una imagen, una huella, un destello. De lo contrario –como luego parece volverse una convicción- el escepticismo, mejor dicho, el nihilismo, o de forma más llana, el relativismo, lo oscilatorio y cambiante –como la política misma-, nos convencerán de que no puede existir lo verdadero, que la verdad cambia y cambia a favor del poder. La filosofía en eso tiene una labor terapéutica: nos ayuda a recuperar y a habilitar las capacidades del espíritu, de su deseo de verdad y de su disposición a la realidad. Ese es el tema de nuestro tiempo y es lo que iremos viendo en ese curso que se llama “El hombre y la historia”.