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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Fin de temporada

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Enero 11, 2016

De la misma forma que en este mundo del consumir para existir se pasa de la temporada de invierno a la de verano en términos de moda o se cambia el plazo de las ofertas del Día de las madres a las del Buen fin, nos encontramos ahora después del 6 de enero en el fin de la temporada de felicidad por decreto, bondad artificial y paz efímera entre las personas y entre los grupos en conflicto.

“Aviso a toda la población: el simulacro de amor y paz ha terminado. Pueden volver a ser los mismos de siempre” dice una imagen que circuló en las redes sociales al final del largo “Puente Guadalupe-Reyes” que al mismo tiempo que detiene prácticamente todas las actividades públicas y privadas en el país, inunda de mensajes conmovedores, tiernos, fraternales, más o menos cursis todo el ambiente que nos rodea.

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En el reino de la mercadotecnia y la publicidad parece que cada año se posiciona con mayor fuerza esta temporada de la bondad y la felicidad. Como por arte de magia, los comerciales van construyendo un clima en el que ser bueno y desear cosas buenas a todos se vuelve un imperativo, una especie de “Must” –como dicen las revistas de sociales que se han vuelto el referente- para estar a la moda.

De la misma manera, se impone una especie de decreto por el cual ser feliz –o aparentar que se es feliz- se vuelve una obligación moral que si se incumple nos coloca en una posición automática de exclusión social. De ahí el calificativo de “Grinch” -que equivale a algo que va de aguafiestas a amargado según la interpretación de cada persona- que se asigna a quienes, como yo, no entonamos el estribillo de la armonía perfecta y no nos sumamos al coro de la alegría incuestionable.

Esta temporada de la bondad y la felicidad por decreto tiene que ver muy poco con el significado de la festividad que está en el origen, dada la creciente secularización de la sociedad que hoy va dejando de profesar las religiones históricas y se bautiza en lo que el Dr. Alfredo Villafranca califica como la religión consumista. Cito el texto de este destacado profesor del ITAM:

“El culmen de esta preparación del adviento consumista es la navidad, fecha en que se exige cumplir con los mandamientos de la iglesia consumista, la cual contribuye al egoísmo total:

  • Amar las cosas sobre uno mismo y los demás.
  • Pronunciar eslogans y regirse por los mensajes publicitarios.
  • Santificar las fiestas con vacaciones, alcohol y productos chatarra.
  • Consumir todo el año, pero más en navidad.
  • Colaborar, con todos los ingresos, al desarrollo consumista.
  • Esto con el fin de rendirle culto a su trinidad: poder, placer y poseer”.

    De esta manera, la trampa de esta temporada de la religión consumista se encuentra en la paradójica realidad que esconden los slogans y los mensajes publicitarios en los que a través del mensaje de amar a los demás se encuentra la idea de amar a las cosas, dado que la forma de expresar el amor es regalar algo material a quienes se ama y la forma de expresarnos el amor a nosotros mismos es auto-regalarnos algo que premie nuestros esfuerzos de los últimos doce meses.

    Ser buenos es hacer felices a los demás a través de la compra de algún regalo y de la obsequiarles momentos de fiesta, viaje, comida, bebida y diversión; ser felices es recibir muchos y muy buenos regalos y agasajarnos con exceso de comida, bebida, fiesta, vacaciones y diversión. De este modo, la temporada navideña rinde culto a la trinidad: placer, poder, poseer.

    Celebro por ello que hayamos llegado al fin de esta temporada comercial de bondad y felicidad por decreto de la que espero hayamos podido escapar un poco con algunos momentos de auténtica bondad y de felicidad y paz interior.

    Ojalá todos los que tenemos algo que ver con la educación de las nuevas generaciones podamos caer en la cuenta del riesgo deshumanizante que conlleva esta temporada del calendario litúrgico consumista y tratemos de buscar estrategias para rescatar los valores culturales profundos que la Navidad implica, independientemente incluso de profesar o no alguna religión cristiana.

    El misterio de lo infinito y lo trascendente que se hace débil y pequeño, la enorme oportunidad de redescubrir que la felicidad se encuentra en lo sencillo y en lo austero, el rico significado que se encierra en el milagro de la vida que se renueva, la invitación a renacer cada año a partir de un honesto autoexamen de nuestra propia imperfección humana, el reto de construir la fraternidad desde la visión del sufrimiento de los pobres y excluidos de la auténtica vida humana, son algunos de estos valores y significados que pueden re-orientar esta festividad para hacerla algo más que una simple temporada comercial.

    Feliz fin de temporada a los lectores de este espacio en E-Consulta. Es un gusto volver a encontrarnos en estas páginas virtuales.

     

    Alfredo Villafranca Quinto. Disculpe ¿Qué religión profesa? ¿Yo?... Soy consumista.

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