Alejandro pasaba diariamente hasta dos horas sentado en una silla con un palo de respaldo; tenía prohibido moverse como castigo a sus arranques de un joven alcohólico desde los 14 años de edad.
Su padre me contó que el divorcio provocó en su hijo soledad y distanciamiento de su madre y hermana; supone que el vacío emocional y el horario de trabajo de su mamá (de 7 am a 9 pm) lo llevó a la bebida a tan corta edad.
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Desesperado por la situación decidió internarlo en un "anexo" en la colonia Patrimonio, tras recibir la recomendación de una vecina en septiembre del año pasado. A Juan (padre de Alejandro) le pareció normal que como parte del tratamiento inicial prohibieran las visitas a los pacientes.
Conforme pasaron los días regresó a verlo pero no le permitieron el contacto físico más que a través de una puerta con ventana donde podía constatar que su hijo aparentemente estaba bien.
Aunque nunca observó un certificado oficial que acreditara el funcionamiento del anexo, tenía la confianza de que las terapias del psicólogo en ese lugar ayudarían a Alejandro a retomar su interés por la escuela, y la vida misma.
Tres meses después, Juan conoció lo que realmente sucedía ahí adentro; Alejandro recibió maltrato físico y de nada servía que su padre pagara 250 pesos semanales por la estancia 24 horas.
El joven tenía que cumplir rigurosamente los horarios para evitar el castigo en la silla o peor aún los golpes: 3 minutos para ir al sanitario; 10 minutos para bañarse y cambiarse, así como 12 minutos para comer. Lo más difícil era dormir sobre un tabla sin colchoneta, ducharse con agua fría; orinar en un bote durante la noche y ser obligado a consumir caldo de pollo echado a perder.
A pesar de que Alejandro era amenazado para no hablar sobre la "disciplina interna", rompió el silencio en el mes de noviembre y su padre firmó la alta de inmediato. "Se le quedó marcado el palo de la silla en la espalda; no es posible que los traten así" me dijo.
Afortunadamente Alejandro no ha recaído; su padre intenta pasar el mayor tiempo posible con él aunque ya es un joven de 17 años de edad (tres años como alcohólico). Considera que los errores matrimoniales lo pagó con creces pero anhela que su chico salga adelante, libre de adicciones tras el espanto que vivió durante 90 días en compañía de otras 30 personas entre hombres y mujeres.
El alcoholismo es uno de los grandes problemas de salud pública en el país y lamentablemente los adolescentes y jóvenes son presa fácil cuando enfrentan un cuadro depresivo o buscan la aceptación en su entorno social. Aunque es una enfermedad que destruye al alcohólico y a la familia, un tratamiento oportuno y bien canalizado tiene altas posibilidades de funcionar cuando el paciente muestra voluntad de recibir la ayuda médica.
No obstante ha faltado mayor control sanitario y administrativo de los anexos; en infinidad de ocasiones se han tejido historias de abusos sin acciones gubernamentales contundentes para frenar las violaciones a los derechos humanos de los pacientes. La estancia en estos sitios es casi tan deprimente como la enfermedad; no hay instalaciones ni personal adecuado para brindar una atención profesional y humana a quienes lo requieren. El enfermo se enfrenta a un maltrato físico y emocional; y el problema del alcoholismo se vuelve todavía más complejo de resolver.
Por otro lado hay que reconocer el esfuerzo que realizan en AA para apoyarlos en la rehabilitación aunque a veces la adversidad económica merme la calidad del servicio.
Aunque lo ideal sería evitar que los muchachos caigan en el alcoholismo, la Secretaría de Salud debe poner más atención en los lugares que ofrecen supuestos tratamientos contra las adicciones, los cuales denigran a la gente aprovechando su vulnerabilidad emocional y rezago económico. Se nos olvida que el alcohólico lidia con su propio infierno y no necesita mayor sufrimiento.
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