¡El hombre honrado debe apartarse
para que el canalla triunfe!
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La siguiente historia es pura ficción. Sus referencias, nombres y datos están basadas en la imaginación, la fantasía y la fabulación. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Desde luego, vendrán momentos en que tenga yo que hablar con todo rigor histórico e intelectual. Por ahora, empero, se trata de una historia inventada, que es lo mismo que decir encontrada. Un capítulo de un libro que quizá pertenezca al referido en otras ocasiones por su autor de fantasiosa autoridad: el Fantasma de Radiopasillo, alias Fantomas.
Para que algo se vuelva viral es preciso que los cibernautas dejen constancia de su paso por las líneas o imágenes de las páginas visitadas y que éstas cundan en el ánimo de tan volátiles espectadores o visitantes. El tema del expresidente del instituto electoral, por ejemplo, en estas páginas alcanzó más de 36 mil visitas, no por otra cosa sino porque se había revelado que carecía de título y/o de cédula profesional, requisito sine qua non para desempeñar el cargo que ostentó.
La graciosa huída fue seguida de grandes actos de magia por aquí, por allá, por allá por acá –como dice una antigua cumbia colombiana-, el asunto es que el régimen, los eslabones del régimen, las manos invisibles e impías de quién sabe quién, desaparecieron documentos, copias o constancias en un tris y que finalmente dejaron el panorama de un verdadero desierto en los archivos correspondientes: nadie supo, nadie vio. El tema lo menciono simplemente por la viralidad. Que yo sepa, ningún artículo editorial ha alcanzado tan grandes sumas de likes o de lecturas quedas y detenidas. Depende de las historias, puede ser.
La historia que narraré, aclaro, está consignada en un breve capítulo llamado “Contubernio”, de un viejo libro deshojado que escribió un autor de dudosa existencia (su apodo era Fantomas) y que pertenece a esa clase de literatura proveniente del exceso de imaginación, de fantasía y de exageraciones que la gente suele contar porque no tiene otra cosa mejor que hacer. La biblioteca que lo albergaba, como otros tantos libros de dudosa procedencia, era una suerte de ensueño del cual se despertaba de un momento a otro sin otra constancia que la mera imagen de los libros que se evaporaban una vez que hubieran sido leídos.
Hago alusión al evento viral del defenestrado funcionario porque en el capítulo mencionado, que pertenece a un libro intitulado “La verdadera historia del gordito anaranjado y su representación en las instituciones electorales” –una auténtica fantasía del tal Fantomas-, aparecen contextos de una suerte de conspiración (y que conste que tales teorías ya están en desuso y tuvieron su auge cuando predominaban las ideologías políticas, económicas, sociales y religiosas). Según dicho autor, el régimen preparaba al expresidente del instituto electoral para ocupar, llegado el momento, el mismísimo cargo de magistrado electoral. Era una jugada maestra del principal operador para tener todo el control de las instituciones electorales y, el año que entra que habrá elección de gobernador, no hubiera el mínimo riesgo electoral para el gran delfín. La cuestión es que, como es de dominio público, ese plan quedó a medio camino.
En una enredada y todavía oscura historia, hay versiones múltiples de lo ocurrido ahí, el gordito anaranjado terminó siendo el leguleyo del huidizo exfuncionario en cuestiones de índole familiar. Esa era la verdadera razón por la cual éste, en plena sesión del consejo general, cuando el representante azul reclamó una investigación del caso de la carencia del título y de la cédula del expresidente, de manera abrupta y tajante, como si él mismo encarnara la autoridad, afirmó que el consejo general no es ministerio público y, por tanto, no tenía la atribución de investigar nada.
El gordito anaranjado, en cambio, tenía otras convicciones democráticas cuando se trataba de los integrantes de un comité de transparencia que había en el instituto electoral. Ahí sí, no sólo debía investigarse sino llegar a quemar vivos a los acusados. En realidad no a todos, su mira era contra uno de ellos, que él consideraba, junto con el régimen, indigno de seguir siendo consejero electoral. Entonces entró en complicidad con esos eslabones del régimen que nunca faltan, que siempre son útiles porque corren, van y dicen: comunican las decisiones. Tendría acceso a la información privilegiada, usaría de ésta y algunos funcionarios del ente electoral estarían atentos a sus requerimientos. La consigna: que ese consejero no llegue, no luzca y, mucho menos, tome una de las principales banderas del régimen democrático como es la de la transparencia.
El naranjita, como también solían decirle, diseñó una trampa y fue orillando el asunto para que en su conspiración, ayudado por los eslabones mencionados, todo estuviera bien, de hecho todo iba bien, salvo por un detalle: ausencia de sentido común, de lógica elemental, de cronología simple. En realidad la historia no terminaba, sino apenas comenzaba y mostraba, en primera instancia, las convicciones democráticas del señor representante: aniquilar al enemigo (bueno, si a eso se le puede llamar convicción democrática); en segundo lugar, su talante, su propensión a la corrupción, al toma y daca, a la política de conveniencia, al mita y mata sobre todo en el carril monetario. Las malas lenguas decían que hasta a la mamá tenía en sus intereses comerciales. Eso no le consta a Fantomas, y él mismo lo dice en el texto: son chismes.
Lo que no parece ser un chisme es que, en la página del partido naranja, el gordito anaranjado pone que el último grado de estudios que recibió fue una maestría en análisis regional, dado por la autónoma de Tlaxcala. Sin embargo, ni en el registro federal de profesiones ni en las referencias del búho legal, al teclear sus datos, aparece la cédula personal con efectos de patente para ejercer profesionalmente en el nivel de maestría en análisis regional. ¿Terminó créditos pero no hizo su examen de grado y por tanto no lo recibió? ¿Hizo examen de grado pero no se inscribió en el registro por alguna razón? ¿Cuál?
La intención del autor de esta historia, el tal Fantomas o Fantasma de Radiopasillo, era mostrar que no es bueno andar levantando falsos cargos, porque (eso) puede producir ficciones. Desde luego, hay mejores historias y, ahora que estamos en víspera de Navidad, sin duda, se podrá comprobar que así es: hay historias de amor, paz y perdón, verdaderas y no ficciones.