Se cocina en Puebla la elección de gobernador y brota en diversos medios la pregunta: ¿Habrá realmente una elección?
Y el tema se envuelve en una nube de especulaciones, pronósticos y augurios. Como siempre, de esto se ocupa la clase política, las cúpulas partidarias. La gente común está ajena en lo absoluto.
Más artículos del autor
El escenario hay que verlo como lo impone el México de nuestros días: en el teatro se mueven las marionetas. Atrás, arriba, mueven los hilos los poderes reales. Ellos operan, colocan, empujan, quitan, y sobre todo: negocian. Y hoy en día todo es negociable.
Tony Gali es el candidato del poder. Para el PRI es el hombre a vencer. ¿Vencer? Digámoslo así.
Hagamos un somero repaso de los hombres del PRI.
Enrique Doger quiere, pero en su partido no. Es visto por sus detractores como un hombre de lealtades mutantes, proclive al capricho extremo si no se pliegan a sus intereses. Y embiste por igual hacia afuera que adentro. Más a los de casa. Por eso, porque conocen su crítica mordaz, sus ironías corrosivas y sus diatribas crueles conectadas a una mecha corta, lo manejan con pinzas en casa.
Lo prefieren ocupado cerca. Así el control de daños es más barato. Y allí puede hacer una larga antesala para posiciones más adelante.
Alberto Jiménez Merino, se cuenta en los círculos del PRI, recibió de Manlio Fabio un plazo de dos meses para construir una candidatura aceptable. No creció.
Y es lamentable, porque es un hombre disciplinado. Acaso sufre el “síndrome del candidato rural”, en un estado que ya no lo es. El setenta por ciento de la entidad es zona urbana, con otra cultura, otra imagen, otro lenguaje. Con voluntad y sus atributos pudo haber brincado al otro escalón y experimentado el indispensable cambio. No quiso.
Hizo falta disposición para innovar, audacia para acometer y una sana vocación de poder.
Algo semejante le sucedió en su tiempo a Guillermo Pacheco Pulido.
Alejandro Armenta procede con una inteligencia zorruna. Se ocupa de la diputación pero en la sombre teje relaciones finas y un andamiaje firme para más adelante. Hoy no se complica la vida. Tiene edad y agallas para desarrollar una carrera sólida. Crece con tacto.
Juan Carlos Lastiri sabe que por ahora no es su tiempo. Pesa el pasado. Hace un repliegue táctico y no se expone a pisar un terreno que levante polvos de otros lodos. Eso sí, no deja de sembrar. Posee una red de relaciones muy consistente en el estado. Pero guarda capital para pensar cómo emplear los intereses, en su momento. Es un astuto silencioso.
Víctor Giorgana, a pesar de su aleccionadora victoria en la diputación federal, por voluntad no se metió al escenario de la disputa estatal. Está en la cámara en lo suyo y, visto está que no tiene el virus que movió e impulsó a su tío Guillermo hacia empresas de altos vuelos desde muy temprano. Su brújula es de otro tipo.
Javier Zavala quiere, otra vez quiere. Pero entre el querer y poder hay un abismo. Son otros tiempos. Se bajó de los cuernos de la luna hace buen rato y la fortuna no toca a la puerta dos veces tan pronto. Además, no se aprecia con qué bagaje pudiera hacerlo. La famosa y “poderosa” estructura electoral está por verse, desde la pasada elección.
Blanca Alcalá, según se comenta, será la candidata del PRI. Es una mujer informada, con imagen, experiencia y destreza verbal. Sabe moverse en los escenarios y sabe también no hacer daño si así lo marca el guión. Guión que no sabemos quién esté redactando y para qué fines.
En su paso por la alcaldía dejó pendientes en Puebla y con su equipo. Le reprochan sus ex camaradas autosuficiencia en demasía y otros excesos.
Eso no podría necesariamente dañarle ni preocuparle. Todo depende de la hoja de ruta. Y este plan no está en sus manos. No del todo, por lo menos. Lo más importante es ver si de lo que se trata es de competir…o participar. Y esto se verá hasta tener la candidatura en las manos.
Así se ven las cosas a estas alturas. Pero la opinión más importante es la de usted.