Una extraña fascinación sufren cada vez más mexicanos, por tres cosas: perros, pantallas gigantes de televisión y cohetes en las fiestas.
El orden es lo de menos, pero estoy cierto que usted lo ha constatado, y acaso sufrido. Y en los efectos de este misterioso embeleso no hay distingos. El encanto hacia estas tres cosas comprende por igual a ricos y pobres, con estudios o sin ellos, rurales y urbanos.
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Basta colindar con un pueblo rural o hacer un viaje a provincia para comprobar lo de los cohetes. Sin ir muy lejos, aquí al sur de la ciudad de Puebla o por los rumbos de Cholula. No hay día en que el coheterío se manifieste a toda hora. Me dicen que por lo común es característica de las fiestas religiosas. Pero también en fechas cívicas, graduaciones, bautizos y bodas. Y las hay todo el año.
Ignoro que tanto resulte halagado el santo patrono de pueblos, juntas, barrios, rancherías o municipios por ese incesante tronar de cohetes. O si mayordomos, fiscales o vecinos estén aguerridamente empeñados en quitar a los chinos el gusto, pasión y hegemonía por la pólvora.
Lo cierto es que el placer por lo cohetes de nuestros campiranos es incesante. Subyugante inclusive. Y ensordecedor, además, para el vecindario cercano sin la menor duda.
Yo no sé médicos expertos en atender problemas de sordera estén, estratégicamente detrás de este fenómeno. Tengo fundadas sospechas de que algo hay de eso. Las legiones de gente sorda de toda edad seguramente crecen exponencialmente y el negocio de crear pacientes y luego ofrecer la cura es una actividad lucrativa no ajena a los apetitos del hombre. Así sea a costa de la salud. Hay le dejamos esta tarea a la Secretaría de Salud.
Lo único cierto es que de madrugada, a mediodía , tarde, moda y noche, el tronadero es perpetuo. ¿Acaso los curas de estos pueblos, convertidos en micro empresarios, manejan tras bambalinas el negocio de la venta de cohetes.? O, emulando a los diputados, ¿tendrán moche con las ventas? Que lo averigüe San Teófilo, confesor de paganos arrepentidos.
El gusto y posesión de pantallas gigantes de televisión es otra de las pasiones. En algunos casos esta adicción provoca verdadero éxtasis, sea en familias clasemedieras o en zonas semi rurales.
He escuchado que un factor motivador de ciertas capas sociales en su propensión hacia el “apantallamieto” es “demostrar estatus”, aparentar riqueza y poder. Y hacer evidente este encumbramiento de ayer para hoy ante todo el cercano vecindario. “¡Que vean los del departamento ocho por donde masca la iguana”!.
El afán de alarde no tiene límites. Desde que bajan tamaño paquetote encartonado la alharaca se nota. Todo mundo se entera, de eso se trata. Pero también me han contado que, en más de un caso, la presunción y vanidad galopantes se topan con las paredes del departamento. No caben las pantallas. O empiezan los problemas de ruido con las delgadas paredes del vecino. (Y ya ve usted que las paredes hablan, literalmente…)
Pero ahí está, desbordada la pretensión petulante. Y el comerciante atiza sin conmiseración alguna la fiebre de codicia y la apetencia jactanciosa de los compradores compulsivos. Y más ahora, a partir de este fin de semana, en que la música navideña ejerce sobre el consumidor un encantamiento casi dionisiaco.
Y el inusitado amor canino. Hemos visto a una sola persona paseando tres, cuatro y hasta cinco perros; o familias con tantos miembros como canes suma su descendencia, todos de idéntico linaje; o señoras con lujosas camionetas llevando junto, entre su obesa humanidad y el volante a un perrucho coqueto que suscita más miradas que la propia dueña (cosa que debería preocuparle, ciertamente); o a la chica que porta en su mochila no libros ni útiles, sino un diminuto can al que brinda más amor que a la autora de sus días o a la discapacitada tía Bety.
O a familias enteras de modesta posición, que salen de los supermercados con pesadas bolsas de alimento especial para perros, más una variedad de artículos, juguetes, enseres y demás adminículos para halagar al “fido” casero. Este renglón, en el presupuesto familiar de cada día más millones de mexicanos, es una prioridad, que está por encima del costo de la gasolina y servicios hogareños.
Puede haber deudas por otras cosas; insatisfacciones, limitaciones o protestas y maldiciones por los aumentos gubernamentales, pero estos tres renglones hoy son intocables en el modus vivendi de gran número de mexicanos.
Ahí queda el tema para la sabia disección e interpretación de psicólogos y sociólogos. Cada vez más mexicanos en calidad de carne para el gabinete de profesionales de la conducta humana.