Por una cultura de iguales entre iguales
En pleno siglo XXI se manifiesta una clara justificación de la violencia, cada día se vuelve más compleja, sutil, común. Se ha manifestado una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad, en la conducta moral, política y social de los hombres, en su vida cotidiana. Por ello repensarla se vuelve prioritario. Es necesario, tener presente cuando Adolfo Sánchez Vázquez (1988) señala que la violencia es tan fuerte su huella y tan insistente su crispado rostro que no han faltado filósofos que la hayan considerado como un destino humano inexorable y escritores, economistas, sociólogos, psicólogos o tratadistas de la política que la hayan visto desde el supuesto de que el ser humano se define esencialmente por y para la violencia.
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Su origen surge en esa pugna que enfrenta al hombre en su condición humana, ese sustento filosófico de y para la vida, en su realidad histórica y social, que lo enfrenta a una permanente lucha entre:
El siglo XX se caracterizó por una trágica experiencia, el beneficio de una clase social dominante, que consideró el ejercicio del poder legal del Estado de acuerdo a sus intereses y necesidades legítimas, se atribuyó la potestad a ejercerlo de modo exclusivo. Ello agudizó el uso de la violencia, lejos de disminuir o sucumbir, no dejó de hacerse presente, incluso con formas extremas y masivas como las que pueden ejemplificarse con tres nombres: Auschwitz, Hiroshima y Gulag. Tres nombres que se asocian a un significado común de la violencia en su forma brutal, absoluta, genocida. A ello hay que agregar las que resurgen en nuestros días, como son la la violencia religiosa, racial, étnica, extorsión, secuestro, desaparición, narcotráfico, tráfico de órganos, trata de blancas, prostitución infantil, tortura, corrupción, impunidad que devastan las relaciones entre los individuos y los grupos sociales.
La violencia por su naturaleza tiene una raíz negativa que pretende doblegar la voluntad de la persona, desarticular, negar, mutilar, destruir y exterminar la autonomía, la libertad y la dignidad.
Por su naturaleza misma, excluye valores como la igualdad, la libertad, la tolerancia, el respeto a la dignidad y a la autonomía del otro. Por ello su existencia jamás tendrá justificación. Este 25 de noviembre día internacional de la no violencia contra las mujeres, debe ser una posibilidad para construir la utopía de una sociedad más igualitaria, más libre, más justa y más tolerante, en la que los hombres y mujeres aprendamos a vivir juntos, sin renunciar a ser nosotros mismos, convivir, reconocernos, aceptarnos, dialogar, tolerarnos, incluirnos en una sociedad de iguales, que no dé cabida a desiguales.
Comprender desde la perspectiva del hombre y mujer la naturaleza, raíz, causa, efecto de la violencia es prioritario, encontrar vías alternas que la limiten es una responsabilidad compartida, ya que en nada ayuda la violencia del poder y el poder de la violencia.
Mirar atrás, volver a los clásicos, repensar la sociedad que queremos y podemos construir es fundamental, el derecho debe ser garante de un contexto de paz, libertad y coexistencia pacífica entre hombres y mujeres, esta influencia viene desde la época de la ilustración, así mismo la filosofía política ha reflexionado sobre el buen gobierno, el estado óptimo, la sociedad ideal, el sustento de la condición humana desde una perspectiva optimista, de buena fe, altruista se mantiene, en oposición pervive una postura pesimista, negativa, mezquina, traicionera y malvada. Es nuestra elección y responsabilidad asumir un compromiso y una postura.
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Face book: Lilia silvia Vásquez