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El 2 de octubre de 1968 y la pseudodemocracia actual | Oscar Barrera Sánchez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El 2 de octubre de 1968 y la pseudodemocracia actual

Oscar Barrera Sánchez

Doctor en Ciencias Sociales y Políticas por la UIA. Comunicador y filósofo por la UNAM y teólogo por la UCLG.

Miércoles, Septiembre 30, 2015

El 2 de octubre de 1968 puede ser considerada como la fecha icónica del Estado mexicano moderno. Los últimos visos del Estado militar posrevolucionario que había desaparecido con la salida del sector militar, en 1940, del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y con el “civilismo” de Miguel Alemán, ya con el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Sin embargo, el autoritarismo militar se hizo presente por muchos años en las instituciones de gobierno y en la mentalidad de algunos grupos sociales, culturales, económicos y políticos del país. A ambos autoritarismos militares, el real y el de las mentalidades, se enfrentaron obreros, ferrocarrileros, médicos, enfermeras y estudiantes, entre otros. El movimiento estudiantil de 1968 fue la prueba y la evidencia, a la vez, de las características del Estado mexicano: un ente político asesino, en crisis política y moral, incapaz de generar consensos sociales. Recordar la tarde del miércoles el 2 de octubre de 1968 implica identificar el parteaguas del autoritarismo militar al autoritarismo civilista, o como las buenas mentalidades y el discurso políticamente correcto diría: el paso a una democracia incipiente, pero en construcción.

Esa tarde de otoño, donde los militares sitiaron la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, y los policías capitalinos encubiertos y uniformados a cargo de Alfonso Corona del Rosal (sujeto que encarna este tránsito de lo militar a lo civil, debido a ser general y abogado), así como las policías secretas y anticonstitucionales dependientes de Gustavo Díaz Ordaz, como el Servicio Secreto Mexicano, se dieron el lujo y el placer de emplear tácticas de detención, tortura, asesinato y desaparición típicas de un Estado represor. Luces de bengala como las lanzadas para señalar los objetivos militares en la Guerra de Vietnam, también lo fueron en Tlatelolco para indicar el inicio de la masacre.

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Una paz priista, un intento de paz perpetua bajo el membrete de protección de la patria contra el comunismo y los grupos desestabilizadores fue la carta de presentación para que el Estado de la dictadura de partido, la “dictadura perfecta”, construyera una cultura de castigo a la disidencia, de terror y de muerte. El Jueves de Corpus, en 1971, al mismo tiempo que la Guerra Sucia emprendida contra grupos de campesinos, obreros, trabajadores, profesores y estudiantes organizados en grupos armados, guerrilleros rurales y urbanos, mostró la brutalidad del PRI en el poder, bajo las distintas caras de sus secuaces.

Las persecuciones, torturas y desapariciones no cesaron. Con el arribo del neoliberalismo en México en 1982 y, la posterior caída del bloque socialista y el tratamiento de los temas de la entonces “nueva agenda internacional” se tuvieron que modificar formas de represión o, al menos, cambiar el motivo de su ejercicio. El comunismo ya no era la amenaza, ahora lo sería la democracia, el respeto al Estado de derecho (mejor entendido como Estado de derecha), el imperio de la ley, y todas esas formas que designar los usos asimétricos del poder ejercido por los ricos y los políticos, contra todo aquel que cuestionara el estado de las cosas.

Así llegamos hasta las matanzas de Aguas Blancas, en Guerrero y de Acteal, en Chiapas. Las detenciones arbitrarias y la represión sufrida por el Consejo General de Huelga (CGH) de la Universidad Nacional Autónoma de México; la represión sufrida por el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y los habitantes organizados del pueblo de San Salvador Atenco, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) contra la imposición de un nuevo aeropuerto.

Así, la alternancia en el poder, obligada por los Estados Unidos, tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, no evitó la represión civilista en aras de la democracia. La llegada del Partido Acción Nacional (PAN) al poder con Vicente Fox, aunque mencionó a “los mártires del 68” como pioneros de la democracia, solo sirvió de slogan, muy a su estilo refresquero. Los gobierno panistas hundieron en pobreza y muerte a México. Felipe Calderón se convirtió en el mejor continuador de la cultura de la muerte priista. El Estado necropolítico priista se pintaba de azul. La tanatopolítica mediática, al igual que fue usada por los carrancistas contra los zapatistas durante la Revolución mexicana, nuevamente se convertía en la propaganda del terror. Periódicos y televisión salpicaban de sangre a sus públicos, bajo el supuesto de una guerra contra el narcotráfico. Guerra de incontables muertes, de cadáveres por doquier, sólo basta escavar un poco para encontrar lo que hicieron creer eran narcotraficantes: máscara para asesinar a todo aquel que levantara la voz.

El regreso del PRI y la continuación del autoritarismo civilista, necropolítico neoliberal con Enrique Peña Nieto nos trajo nuevas desapariciones y asesinatos. El civilismo ahora usaba la represión militar sin culpa alguna. El PRI se convirtió en un híbrido civilista-militar, una insolente e indolente máquina de muerte. Cuarenta y seis años separan ese miércoles 2 de octubre de 1968, del viernes 26 de septiembre de 2014. Cuarenta y seis años que más que acercar la democracia, la alejan, la mandan a un lugar más allá de cualquier lugar.

Así como muchos de nosotros salimos a marchar los 2 de octubre para recordar esa matanza ejecutada por el PRI, los actuales jóvenes salen también a marchar no por un recuerdo, sino por un presente: la desaparición forzada y el crimen de lesa humanidad del PRI contra los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero. Seis días separan la remembranza de dos hechos separados por casi medio siglo, pero que nos acerca en el mismo dolor y odio contra los mismos ejecutantes de la muerte.

Su supuesta democracia, una pseudodemocracia, sólo es de membrete y de libro de texto oficial (que ya les urge privatizarlo). El 68, que se estaba convirtiendo en slogan institucional (sobre todo de la izquierda vendida, institucionalizada y servil), ahora se actualiza y provoca que la historia de estampe en sus caras, se repita con el reclamo histórico incesante, incansable. Una historia de la represión militar-civil-militar del Estado mexicano contra quien levanta la voz. Una matanza de estudiantes en 1968 como de 2014. Una herida de todos, que el PRI hace cada vez más amplia y profunda. Una democracia sólo de anuncio televisivo. Democracia que sólo es máscara de la sonrisa de la muerte.

Picaporte

Bombardean a las milicias del Estado Islámico en países de Medio Oriente, como Siria, ya dolida con tanta muerte, cuando quien financia a dicho grupo es el gobierno de los Estados Unidos. Muerte para los pobres, para los sufrientes; ganancias para los que arman las guerras, para los distribuidores de armas. Sin vergüenzas… estos últimos.

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