El lema que se ha vuelto representativo del movimiento social de los padres de los 43 estudiantes normalistas es una muestra de lo que pasa en nuestro país. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Es el reclamo legítimo que debiera importarnos a todos, pero que lamentablemente se presenta en un contexto en el que pocos participan, porque en realidad poco se actúa para incidir en México.
Pedro Flores (2015) asegura que nos sigue faltando construir mejores condiciones y oportunidades para ampliar nuestras competencias democráticas y que estas “competencias” para el cambio democrático no se injertan en cada uno de nosotros de manera automática.
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En México, si bien se han incrementado los estudios sobre ciudadanía, la mayoría parten de las características jurídicas de la misma o del análisis sobre aspectos culturales enfocados en conocer las tendencias y preferencias en materia electoral.
Se ha dejado de lado la concepción amplia del papel y carácter del ciudadano en las esferas públicas. La democracia no solo implica votar, es una forma de vida en donde lo importante es el involucramiento de los ciudadanos en los asuntos públicos cotidianos.
Investigadores como Lagos (2001) aseguran que cada vez más la brecha se amplía entre los ciudadanos críticos, participativos que hacen suya una ciudadanía efectiva en relación a los otros ciudadanos, a quienes califica como individuos débiles que no expresan sus intereses y tampoco toman en cuenta sus propias capacidades para poder participar.
Existen planteamientos e investigaciones relacionadas con la construcción y formación en ciudadanía dentro de la educación formal, en los diversos niveles y modalidades educativos. Las estrategias tienen similitudes y diferencias, algunas a través de una asignatura o módulo específico dentro del plan de estudios correspondiente, en otras intentando construir ciudadanía a través de una materia extracurricular, y en otros más, como parte de una mirada holística y transversal en diversas instituciones. Sin embargo, la manera en que se apropian los estudiantes de esta formación presenta diferentes niveles de concreción y no siempre resultan en una participación activa.
De ahí la necesidad de avanzar hacia la educación a la ciudadanía a través de una visión sistémica, en una educación que abra los ojos de los ciudadanos, en especial de los jóvenes, sobre las realidades en las que viven, y así participen en la construcción de una sociedad más justa y más equitativa.
¿Por qué hay que darles prioridad a los jóvenes? De acuerdo con Bernardo Kliksberg (2007), los jóvenes tienen una más alta disposición que cualquier otro sector social a comprometerse con causas nobles, con ideales, con retos colectivos. Están casi expectantes de ser convocados en la medida en que se les forme el estímulo para participar, en los valores que reciban, en los modelos de referencia que influyan en ellos. Parte de esta afirmación podría explicarnos porque los estudiantes normalistas salieron de la Normal Rural de Ayotzinapa ese día de septiembre.
Latapí Sarre escribió en el 2003: se dice y se repite que la escuela debe de vincularse con la vida y se debate sobre lo que esto significa en el México de hoy. Cabe preguntarnos si en vez de que el maestro se esfuerce por cubrir todo un programa, no sería mejor si alimentara su enseñanza con los sucesos importantes que vive el país, que reflexionara con sus alumnos sobre la manera como esta sociedad está cambiando o es ya distinta, porque en ella empiezan a estar presentes y a actuar ciudadanos cabales.
A un año de la desaparición de los estudiantes normalistas, hay que avanzar en la idea de caminar en la construcción de una sociedad equitativa, en donde se participe y dialogue a partir de los valores para contrarrestar el autoritarismo, la exclusión, la corrupción, del culto a la personalidad y de colaboración entendida, como obediencia pasiva o negociación ventajosa que cada día se muestra más en nuestro país. El caso Ayotzinapa es un claro ejemplo de ello, los hechos así lo demuestran.
Nuestro país en especial, presenta una realidad incierta y azarosa vislumbrando un futuro incómodo y hasta peligroso. Denise Dresser lo califica como país de intensas discusiones, amargos enfrentamientos y violencia en ascenso.
Así las cosas ¿acaso no necesitamos contribuir a reconstruir este México?
Sin duda, requerimos con urgencia diversificar la mirada a través de la formación ciudadana, reflexionado y criticando las malformaciones políticas y culturales en las que vivimos, creando las condiciones para la reflexión crítica de la autoconciencia de la ciudadanía.
¿Cómo formar ciudadanos que van a decidir con su actividad o pasividad la calidad de los sistemas democráticos? No hay una sola respuesta, pero debemos buscarlas en el abanico de experiencias ya caminadas, por nuestro bien y por el de las generaciones siguientes.