En el caso de México, hoy, cuán valiosas resultan las palabras de Willy Brandt. Él dijo: “a los problemas de la democracia, hay que responder con más democracia…”
Así de fácil, así de complejo, como se le quiera ver.
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Los conflictos en la nación se desbordan. La economía no crece, imperan en amplias regiones la inseguridad, la impunidad. El estado de derecho es severamente cuestionado con los hechos. La corrupción en todos los niveles se ha convertido en un natural modus de vida de la clase gobernante.
Y no aparecen por lado alguno reacciones o respuestas democráticas. Ni en la forma doméstica ni en la gran estrategia.
El gobierno federal parece pasmado. O bien ofrece respuestas y reacciones ridículas ante problemas concretos y graves, o se regodea en la trivialidad.
El gabinete, lejos de ser marco y soporte de un poder que en México es omnipresente, es diana de críticas, muestrario de corruptelas o abierto rechazo por el pasado y presente de algunos. Un ejemplo increíble de cinismo es del de Gerardo Ruíz Esparza, titular de comunicaciones.
Este hombre ha sido exhibido hasta el cansancio en sus componendas, trapacerías y complicidades con constructores y negociantes de la peor ralea, y con su denostada figura arrastra y coloca en el primer sitio en calidad de beneficiario de todo ese lodazal al propio presidente Peña Nieto, y ahí sigue. Ahí siguen ambos, habría que decir. Impertérritos.
Los partidos no desentonan en este coro que ejecuta un magistral concierto de desfachatez. A ellos les mueve el negocio, sus posiciones presentes y futuras, las rentas que se derivan de sus complicidades y tapaderas.
Sus alianzas, sordera, firmas, silencios y aplausos, son las tarifas de su contribución a mantener el actual estado de cosas del país. La complicidad paga caro, y paga bien. Y ellos son obsecuentes socios para toda ocasión.
El PRI y su manto protector a las diez mil corruptelas y negocios del Verde, es el equivalente a la ruin posición del PRD como tapadera del estercolero panista. Nada parecer distinguirlos, excepto sus colores. Métodos, procederes, y hábitos los hermanan maravillosamente.
Todo esto constituye un mural al fresco de la nación hoy en día.
Danzan, gozan, hacen amarres, lucran. Es el preludio de la campaña que cocinan contra Morena y López Obrador.
Ese objetivo, al que se tachará de locura populista, parece una película ya vista más de una vez en México. Y casi con los mismos actores.
Esa figura y ese adversario acumuló no hace mucho más de 15 millones de votos. Y fue objeto de un implacable bombardeo nutrido de perversidad y sobrado de dinero. No cuesta trabajo imaginar un escenario parecido en los próximos meses.
Sólo que hay lecciones digeridas, hay memoria y algo más: hay un resentimiento acumulado por la precariedad de cien millones de mexicanos, con problemas para resolver al menos uno de los cinco satisfactores básicos de vida: alimentación, salud, educación, vivienda y vestido.-
Hay molestia por la violencia que no para, la delincuencia impune por doquier, la inseguridad de ricos y pobres por igual, la corrupción rampante en todos los niveles de gobierno, el cinismo de los poderosos, y la incompetencia como forma de gobierno.
Hay irritación por lunares purulentos: Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca, la fuga del Chapo, los robos escandalosos de los Duarte de Chihuahua y Veracruz, y la no menor del gobernador saliente de Nuevo León, más otras joyas semejantes.
Y están las redes sociales.
Todo un caldo de cultivo que no tiene ni cauce ni respuesta desde las esferas del poder. La fórmula del dejar hacer dejar pasar es un sueño voluntario que no advierte la adversidad articulada que toca la puerta. Puede ser populismo y demagogia en ciertas formas y medida. Pero no será mayor que la vemos a diario desde el poder y a nombre de la democracia.