Bien lo decía el eterno candidato presidencial... ¡al diablo las instituciones!; cosa que le valió caer en las encuestas y pasar a un segundo lugar en sus aspiraciones para llegar a la "grande". Acusado de populista, chavista, caricatura de dictador "bananero", su dicho sembró el cuestionamiento y la desconfianza, por lo que muchos mexicanos se negaron a creerle, pero hoy pasado el tiempo, parece darle la razón.
¿Se tiene confianza en la institución electoral?, ¿se cree en las instituciones que imparten justicia?, ¿se respetan a las secretarías del gobierno federal cuando presumen los avances del país en el trienio peñista?, ¿se confía en el Banco de México de México que asegura que el país está preparado para enfrentar la crisis económica que se avecina?, ¿pensamos bien de los poderes legislativo y judicial cuando dicen luchar a favor de la transparencia?
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Es precisamente esa falta de credibilidad en las "instituciones", la que se hace evidente cuando escuchamos las declaraciones del procurador de justicia de Puebla en relación al trágico asesinato de Paulina Camargo y su bebé, a manos de su novio, cuando el resultado de las investigaciones policiacas son aportadas sin datos efectivos que sustenten su culpabilidad, incluyendo la no aparición del cuerpo de la víctima, lo que puede dejar en libertad al presunto culpable.
¿Quién no puede dejar de dudar, según es la tesis del abogado defensor del supuesto asesino, de que la confesión de culpabilidad se obtuvo mediante tortura policiaca, cuando México ha sido declarado por organizaciones defensoras de los derechos humanos como un país donde la tortura es una práctica institucionalizada?
¿Cómo creer a un procurador estatal que sale a decirnos que en Puebla no es necesaria una alerta de género porque se trata de hechos aislados, después de que más de 164 mujeres han sido muertas en circunstancias parecidas?; ¿no será acaso que lo único que le anima a decir esto, es proteger la imagen del gobierno morenovallista que no soportaría una crisis más?
La verdad concluyente es que la confianza en las instituciones, cualquiera que esta sea, está literalmente muerta, hecho que resulta en que quien lo mencionó, ocupe hoy los primeros lugares de popularidad para llegar a la presidencia de la república.
Lamentablemente este profundo descrédito se ha extendido a otras instituciones que debieran dar soporte a la sociedad como son la familia, la educación, las Iglesias, y en general una sociedad muy débilmente organizada.
Y es precisamente hacia estas instituciones, que conforman el tejido social, hacia quienes dirigimos esta pregunta... ¿y nosotros cuándo?