El único requisito es no perder la capacidad de asombro ante lo sencillo. Y la curiosidad muy alerta. Y emprender un breve recorrido hacia el sur de la ciudad de Puebla. La panga que cruza Valsequillo cobra quince pesos por vehículo. En 4 minutos está uno del otro lado y en treinta más en Los Ángeles Tetela.
Y ahí empieza una especie de “redescubrimiento” de una Puebla que tenemos junto y casi no conocemos. Este es un pueblecito pequeño que pertenece a la junta auxiliar de Totimehuacan, pero tiene sus cualidades: absolutamente todas sus calles pavimentadas con cemento, limpias, un quiosco pintoresco muy bien pintado, un templo magnífico, y una gente laboriosa como abejas.
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Es admirable el ahínco de los moradores, siendo el lugar una loma de terreno cerril, semidesértico, suelo de tepetate y zona de escasas lluvias. Lo agreste del medio se compensa con el paisaje, desde varios ángulos se aprecia el lago del Valsequillo y la majestuosidad de los volcanes.
El lugar no lo aparenta pero es un polo económico notable. De ahí sale mano de obra de gran calidad para la construcción. Un ejército de albañiles que a Puebla llega de ahí procede, lo mismo mujeres para el trabajo doméstico, pero lo fuerte de su economía son las servilletas. Si, confección de mantelitos para cocina, fundas y demás adornos de tela.
Mucha gente vive de esto, tienen un buen ingreso asegurado y algunos han hecho de pequeños negocios un emporio. Surten de servilletas con caprichosísimos diseños, bordados o sólo pintados, a los grandes mercados del país y además exportan. Esto hace que haya familias de economía muy boyante, que se traduce en comilonas y banquetes frecuentes de enormes proporciones. Es un pueblo alegre, trabajador y honorable.
Gustan de organizar convivios enormes en verdad. La generosidad de esta gente convierte un bautizo, primera comunión o graduación en un banquete para cientos de personas. Y esto es común. A veces hasta parece una sana competencia. Las mujeres especializadas en cocina pueblerina forman legiones. Una comilona de esas contrata a docenas de “arroceras”, “moleras”, tortilleras.
Ahí preparan el mole con todos sus componentes, no lo compran. Y son cantidades industriales de toda la materia prima. Porque es norma que a todos los asistentes les den su “taquito para llevar”: cubetas de plástico llenas de mole y carne. Llaman “campanas” a las cazuelas gigantes para el mole, y este se cocina con leña y sobre tenamazcles.
La munificencia de la gente no tiene límites cuando de agasajar se trata: botella de güisqui para cada familia invitada, tortillas en servilletas nuevas de ahí, la mera mata; cervezas que fluyen como de un río; y si el festejo es grande lo abren para todo el pueblo, ahí no hay avaricia, “que vengan todos los que quieran, hay para todos”, corren la voz. Y todo abunda, para comer ahí y para llevar.
Son fiesteros en grande, tienen los medios y está proscrita la tacañería.
De pasadita, saludamos ahí a Guadalupe Pasilla, un polifacético artista que ha pasado casi 30 de sus 52 años dedicado a la música. Toca violín, saxofón en sus tres variedades, guitarra, acordeón, bajo eléctrico, teclado y canta en español e inglés. Cuando joven se fue “al otro lado” y ha estudiado música en plan profesional. Nos dio un concierto y tuvimos que salir de su sala de estudio casi con grúa.
Enfilamos luego hacia El Aguacate, otro pueblecito unos diez kilómetros más al sur. Hicimos un alto en una pequeña laguna, un oasis con agua que ahí nace y la sombra espléndida de los árboles junto. Pero, ¡oh sorpresa..!, aquí el paisaje ya es otro radicalmente distinto. Es como un microclima lleno de vegetación, verdor por doquier, humedad, riachuelos y hasta vistas selváticas.
En el centro del lugar seis imponentes ahuehuetes presiden el sitio. Y con su hermosa y fresca sombra dan la bienvenida al visitante. El tallo de unos tiene fácilmente unos cinco metros de diámetro. Imponente hegemonía de la naturaleza a 40 kilómetros de Puebla. Una especie de rincón de la sierra norte a un paso de la capital del estado.
Saboreamos un delicioso mole aguado de chilpotle con pollo, tortillas hechas a mano, frijoles cocidos en hoya de barro y con leña, guajes recién traídos del cerro y una copa de mezcal…”pa´que amarre”. La añeja hoya frijolera ahí junto, como haciendo notar su jerarquía, claro, bajo el imperio de las manos sabias de doña Irma, la esposa de Lauro.
Don Miguelito, el mayor de la casa, con 80 años a cuestas, deleita a los visitantes con buena charla y unas melodías tocadas con su añejo violín. El ambiente es sencillo, modesto, pero de una enorme dignidad y calidez.
Junto está una vieja casa hecha de palma y afuera pasean docena y media de guajolotes, un par de cerdos en un corral y una traviesa ardilla que se acerca a curiosear y robarse unos granos de maíz del patio, y el infaltable perro.
Se conversa sobre la vida, las costumbres, los coyotes que merodean y aúllan por las noches ahí cerca, los hábitos de la gente, la comida. Advierto en esta familia esa proverbial bondad del mexicano sencillo de pueblo. Veo en sus rostros honorabilidad, franqueza y felicidad.
Nos despedimos, pero antes de salir del pueblo nos alcanza casi corriendo un matrimonio conocido con otro rasgo de esplendidez: un pequeño paquete con granadas recién cortadas del patio y, lo típico del lugar: aguacates, por supuesto, estando en El Aguacate….
Nos vamos agradecidos, claro, e impresionados por los paisajes contrastantes, la belleza física y espiritual de estos pueblos y su gente. Es como otra Puebla, que está aquí junto y no la vemos, y se encuentra a menos de una hora de la capital.