Jacobo Zabludovsky fue la misma persona en dos tiempos.
A raíz de su muerte hemos leído múltiples comentarios, los más –signo de la comunicación dominante- cargados de adulación. En algunos casos rompiendo toda proporción. Los menos, con el equilibrio que merece el público y el buen uso de la argumentación.
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Partimos de que fue una figura pública, y como tal sujeta al examen sin concesiones. El uso de los medios a eso nos somete. Y así hay que asumirlo. En este espacio o en cualquier otro que usemos a nombre de la sociedad.
Durante 28 años hizo un periodismo acorde al orden imperante. Fue el ejemplo perfecto de ese modelo. La información con formato de espectáculo. Ni una nota discordante en el concierto. El talentoso responsable de una escenografía grata, gratísima al poder, al poder público y privado. La sociedad, ausente.
Una especie de pintor altamente profesional. Dominador de las mejores técnicas en uso en ese campo. Manipulación y propaganda a la más alta escuela. Hombre culto, gran lector, inteligente, fidelísimo conductor del poder vertical, dosificaba cada noche a la sociedad la verdad oficial.
Recetaba desde la única tribuna lo que México debía de ver, oír y creer.
Una verdad perfecta, pulcramente suministrada hacia abajo.
Tuvo la mejor tecnología televisiva a su servicio casi tres décadas. Lo hizo con elocuencia, gusto y a veces hasta con sentido del humor.
Fue en todo ese tiempo un ministro sin cartera.
Los secretarios del gabinete prácticamente estaban a su servicio.
Se llegó a decir, y se dice aún: Televisa es la Secretaría de Educación paralela.
Y Jacobo el portavoz del oráculo.
La frase: “lo dijo anoche Jacobo”, fue sinónimo de vox dei indiscutible.
En la campaña presidencial de 1988, cuando Cuauhtemoc Cárdenas fue aislado, combatido y sometido por el poder dominante, aún se recuerda la noche en que Jacobo aportó su notable contribución a esa causa: entrevistó a dos supuestos hijos fuera de matrimonio del General Cárdenas, para denostar al aspirante presidencial.
En ese México autoritario con un pedestal de lujo que Televisa ofrecía, el periodista fue modelador de la conciencia pública, contenedor de toda aspiración democrática a veces con la fuerza de una fenomenal retranca, o una muralla.
Y nunca vimos que lo hiciera con una pistola apuntándole a la cabeza.
De haber sido congruente con sus principios de los años recientes debió haber renunciado.
El camino de la dignidad riñe con el poder autoritario. Él no transitó por ese sendero.
En todo ese tiempo, muchas pistolas hubo, sí, para someter movimientos, líderes, causas y sueños. Algunos de ellos: el del 68, las elecciones en Chihuahua, la guerra de Clouthier, la guerra sucia, el periodismo independiente.
De todo esto no se habló en “24 Horas”.
Su desempeño siempre fue gustoso, gozoso inclusive. Obsecuente con el poder.
El poder retribuía sus servicios con honores y deferencias.
En otro lado había periodistas perseguidos, medios cerrados o boicoteados, asfixiados por el ilimitado poder del gobierno.
Jacobo ni vio ni sufrió eso.
Encarnó al ministro de información y propaganda que no existía en los gabinetes presidenciales.
Al salir abruptamente de Televisa de pronto descubrió al México que no vio durante tres décadas.
La tecnología de la comunicación que tuvo a su servicio se había ido. Cuando la usó, jamás la puso al servicio de la sociedad.
De pronto descubrió los valores del oficio periodístico, levantó causas que tuvo arrumbadas en los días de gloria. Se acercó a la oposición, oyó a la gente, apapachó a las figuras, grupos y movimientos marginales del poder.
En la radio se quitó el traje del ministro poderoso y se puso el overol del obrero de la información que nunca fue.
Pero el tiempo se había ido. Ni comparación del poder televisivo con el de la radio.
La gente no se tragó el anzuelo. El denodado esfuerzo por congraciarse con el oficio que ayer puso al servicio de los poderosos, no alcanzó a cuajar.
El ser humano, en todas las actividades, es responsable de la sombra que proyecta, no hay otra sombra. Y hay que cargar con sus fantasmas, si se tienen. Porque más adelante, indefectiblemente, van a aparecer. Y se hacen visibles con nombre y apellido.
Y no valen las justificaciones. Se es o no se es.
Siempre está ahí la memoria, el archivo del tiempo.
Un hombre sabio de mi pueblo me decía un día: “Algunos hombres malos, cuando ya son viejos quieren ser buenos, se quieren volver buenos, pero ya no pueden, ya se les acabó el tiempo…”