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OPINIÓN

Inicuas simetrías

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Mayo 27, 2015

El malestar es grande, el fastidio, el hartazgo y la desconfianza no son menores, en un grado más complejo el escepticismo va tornándose convicción y criterio de juicio sobre los asuntos públicos. No es sólo una cuestión de sentimiento y de convicción, de emociones y de razones, es más bien ya una palpación que rebasa las cuestiones subjetivas para volverse medio ambiente y situación. Crímenes, corrupción, cinismo, indiferencia, impunidad, indolencia, pobreza generalizada, en suma, todo aquello que hace que las personas se sientan inseguras, tengan miedo y, al mismo tiempo, tengan la sensación de hartazgo.

Ante lo anterior, la política, los políticos –sobre todo los que toman decisiones e inciden en ellas- y las instancias de poder resultan insuficientes o deficientes para resolver los graves problemas que nos aquejan como sociedad. El resultado que se está percibiendo es el escepticismo y el hartazgo: la gente, entonces, huye de la cosa pública y mientras más lo hace, más se convence que es la mejor manera de resolver la gravedad de los asuntos. Para que los partidos, o en su caso los políticos, dice, sepan que no les hacemos el juego, que no les hacemos comparsa a este gran circo que ellos mismos han preparado.

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El ambiente local no escapa a lo anterior y se agrava más por la cercanía de candidatos a los cargos de elección popular: la mayoría de éstos simplemente desoyó un reclamo justo y normal de toda sociedad democrática, transparentar su patrimonio y llevar a cabo debates entre sí para convencer a los electores que su propuesta y sus diagnósticos son los mejores. Las universidades privadas que hicieron el llamado se quedaron esperando a las principales fuerzas políticas, y la universidad pública se enredó en el argumento de que –para que hubiera equidad- tendría que haber organizado no sé qué tantos eventos; se prefirió esa supuesta equidad a la sustancia misma de la democracia que es debatir, discutir, comparar, informarse y, finalmente, en las urnas, decidir.

No hemos aprendido del siglo XX, de sus paradojas y sus horrores, de las ideologías y los totalitarismos, de los caudillismos y los despotismos, en fin, de las tiranías que, en el ejercicio del poder, se fueron apoltronando para impedir de facto el desarrollo social, humano, político, económico y cultural de los pueblos, sobre todo los de América latina. No aprendimos que si no cuidamos la democracia, aunque sea endeble y poco desarrollada, siempre estará gestándose la tiranía, el despotismo y el abuso del poder como ser y quehacer de la política.

Y, entonces, comienza a darse una política sin ciudadanos, un quehacer público sin sociedad, una democracia –si se me permite la expresión- sin electores. Más aun, una democracia cara (si la memoria no me falla, más de 32 mil millones de pesos costará al erario esta elección intermedia) sin que quienes pueden votar acudan a hacerlo. Esa es la ironía. Y lo que tanto costó construir a las generaciones anteriores, las nuevas generaciones lo ven sin chiste, sin sentido y hasta como una cosa en ruinas.

Lo primero que hace falta es el debate. Pero lo paradójico, contradictorio y absurdo es que, quienes deberían haberlo hecho, no lo hacen ni lo harán (los candidatos, o la gran mayoría de ellos). La sociedad, por su parte, también debe debatir y exigir –con su voto inclusive- que una curul se gana en diálogo, debate e interlocución con la sociedad, con los electores, con los ciudadanos. Y luego, también, llevar a cabo una mirada retrospectiva, histórica, para buscar los elementos suficientes para conocer el ser y quehacer de una sociedad tan compleja como la nuestra.

En tal sentido, me ha gustado el planteamiento que Octavio Paz realiza en El laberinto de la soledad y en algunas de las entrevistas que le realizaron. Una de ellas, justamente, se llama «Inicuas simetrías» que le hizo Gabriel Caballero (Obras completas, FCE, tomo 15, pp. 202-213). En ella, el poeta mexicano plantea las aportaciones –y también las perversiones- del marxismo y de los intelectuales disidentes, y señala con énfasis y relevancia el papel de las burocracias y su inclinación a la tiranía, desde culturas tan ajenas como la China (por ejemplo, habla de cómo una dinastía duró unos mil años porque supo conjuntar tres factores: el emperador, la burocracia y el ejército).

En el caso de América latina, sobre todo haciendo alusión a los intelectuales de izquierda, dice el Nobel mexicano, su gran defecto siempre ha sido “un cientismo que mezcla, en altas dosis, nacionalismo, populismo y adoración del Estado.” (Ib., p. 209). La vida intelectual en América latina y en México no ha acogido al liberalismo, al positivismo y al marxismo sino como abstracciones que no pone en juego con la realidad latinoamericana y mexicana, es decir, reconociendo la otredad, a los otros, a los distintos. No ha sabido ser plural. ¿Qué democracia que se precie de serlo excluye la pluralidad: los otros no existen sino sólo para servir a mi proyecto y a mis pretensiones?

Una sociedad democrática también necesita y se nutre de medios de comunicación veraces, informados, precisos, que no se dejen seducir por las «inicuas simetrías» que el poder suele suscitar. Me permito, en tal sentido, aclarar que cuando la universidad Leonardo da Vinci me invitó a Tehuacán el 11 de marzo pasado, el costo de dicho viaje fue de 630 pesos (180 de peaje y 450 de gasolina), que fue lo que pagó el instituto por dicho traslado.

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