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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Espacios existenciales

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Mayo 13, 2015

El primer acto que recuerdo, cuando quiero ir más atrás de mi memoria, es aquel en el que tengo tres años, habrá sido entonces en 1969, y mi mamá me toma de la mano y me lleva a la escuela, al kinder –Praxedis G. Guerrero- de mi pueblo natal Melchor Ocampo en el estado de México. Una mañana soleada en el patio de la casa, el suelo por mucho tiempo fue de tierra y yo camino hacia doña Obdulia, que era como ella se llamaba. Desde luego, como ya lo he narrado alguna vez, el drama inevitable de mi parta vino cuando mi mamá se marchó y me dejó ahí, solo, solito, y entonces sentí que el mundo se iba. Claro, pasado medio día, el mundo regresaba, luego de haber llorado un tiempo –no recuerdo cuánto- y de haberme integrado a uno de esos numerosos grupos para convivir con otros solitarios como yo, digo, el mundo volvió cuando mi mamá se apersonó para recogerme.

A los nueve años, el último recuerdo de ella, aún con vida, es a medio día del 6 de enero, cuando mi papá la llevaba a una consulta a… no sé dónde, Satélite, o el DF, no recuerdo, y luego, ya en la noche, mucho movimiento en la casa, y de mi mamá, dónde está mi mamá, me preguntaba pero no podía preguntar –a quién preguntarle-, hasta el otro día por la mañana, ahí, tendida en medio de cuatro veladoras y luego en su ataúd, sus ojos cerrados y su semblante sereno. Ella se ha ido y ya no volverá. Un viaje largo sin regreso… había dicho mi hermana María Antonieta. El mundo dejaba de ser mundo, ¿cómo es que se ha ido? ¿Por qué? Y sin embargo, el mundo dio un giro: la presencia de mi papá se hizo necesaria como la vida misma. Y el hombre siempre estuvo ahí, su esfuerzo, su trabajo cotidiano, su oración y su sonrisa, sus bromas, yo ya chavo de 16 ó 17, hasta que abandoné la casa, no dejo de recordar su peculiar tono para reírse de todo y burlarse de todo y de todos –en el buen sentido-; me refiero a cómo transformaba el lenguaje para decir una cosa sabiendo que decía otra cosa: voy a ver a tu tío el triste, decía –y se refería a mi tío Félix, su hermano. El hombre estuvo ahí hasta que me fui, lo recuerdo con su cara triste y yo ya en el autobús que me llevaría a Chihuahua haciéndole adiós con la mano. También, como ella, hasta su muerte en el hospital; yo había estado con él la noche previa. Él también se fue.

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Ella se fue y no se fue. Él se fue y no se fue. Siempre, quizá por la sensibilidad que me imprimió, sentí la presencia de mi mamá, una suerte de cuidado, de atención, de compañía y seguimiento. Ya sea en los momentos íntimos de cuestionamiento profundo o de encuentro de esa paz interna que pocas veces se da, ya sea en aquellos de convulsión y de peligro. Su ausencia se hizo presencia, sobre todo en el corazón: se fue pero no se fue. Pocas veces, quizá una que yo recuerde, la he soñado. No habla, no le hablo, sólo sé que está ahí. A él, en cambio, lo soñé muchas veces, bastantes, fácil diez años desde su muerte: su ausencia me laceraba, no la aguantaba, me sentía desprotegido. Hasta que una vez –mi mujer me echó la mano-, en su tumba platiqué con él, y le reproché su partida (aunque desde luego, caí en la cuenta que cuando yo le abandoné para ir a cumplir mi misión, él no me reprochó, y nos reconciliamos. Ahora cuando lo sueño, está ahí, aunque no lo vea, pero ya no hay abandono sino seguridad, la de un padre que ve a su hijo crecer y madurar y, sobre todo, tomar su vida en sus propias manos. Esto lo da la familia y es lo que forma el talante y el talento, la ausencia-presencia de unos padres que siempre han estado ahí. ¿De qué se nutre uno cuando te cortan tus raíces? De esperanza, un nutriente que ya casi no existe, pero que yo he tenido la fortuna de beber. La esperanza, como decía el poeta Pèguy, que te hace trabajar cotidianamente y que también te hace mirar el horizonte abierto: Él está aquí –le dice madame Gervaise a Jeanette en El misterio de la caridad de Juana de Arco, como cuando vivía y convivía con los demás; Él está aquí como cuando caminaba y hablaba y decía y enseñaba, como esos días en que podía ser tocado, percibido, sentido. Eso es la esperanza. Y es la que he bebido de alguna manera todos esos años, a pesar de mis desatinos, de mis caídas, de mis fracasos, de mis desvaríos. Ellos están aquí, podría yo decir. Como cuando vivían, como cuando los podía ver y tocar, y oírlos cantar y bailar y reírse; y claro, al final de todo, cuando yo –como ellos- deje este mundo.

El espacio existencial, empero, no se queda en el ámbito familiar, se expande, se ensancha, crece. Desde ese día del kinder, desde esa convivencia con otros solitarios que luego se fueron haciendo núcleos de amigos y compañeros, hasta estos días, la escuela ha sido otro horizonte abierto. De los tres años hasta los 49 no he dejado de estudiar; o al revés, el estudio se me prendió en la piel, en el tuétano y en el alma. Buenos acompañantes –cual Virgilios conducentes- han nutrido mi vida y mi formación escolar, académica y profesional. Son mis profesores, mis maestros, aunque prefiero llamarlos profesores porque maestro sólo hay uno. Y sobre todo porque profesan una vida de estudio, de preparación, de conocimiento y de habilidades en torno de ello, de amor a la verdad (aunque parezca cursi). Entonces me vienen a la mente quienes de una u otra manera me han nutrido, desde mi maestra de primero de primaria que me enseñó a leer con artículos editoriales –la profesora María Elena Urban-, hasta mis profesores universitarios, muchos y variados (imposible mencionarlos); no puedo, sin embargo, dejar de mencionar a dos en particular: Pablo Castellanos y Jorge Navarro, quienes además me han brindado su amistad. Muchos y variados, tanto de la UPAEP como de la Panamericana e, incluso ahora, de la BUAP. Si se me acepta la disculpa por alguna omisión (falla de mi memoria pero no de mi corazón), mencionaría rápidamente a Fernando Gutiérrez, Rogelio Maldonado, Juan Carlos Barradas, Noé Carreón, José Guadalupe Jiménez (+), Marco –el hermanito, como le decíamos-, Rafa Larramendi, Arturo –no recuerdo el apellido, pero era de Chihuahua-, el padre Guevara, el padre Guillermo Hernández (párroco de la iglesia de la Luz). En la UP, recuerdo a Jorge Morán (que me hizo releer los libros XI y XII de la Metafísica de Aristóteles con gran agrado), las doctoras Hortensia Cuéllar, Virginia Aspe Armella y Rocío Mier y Terán, el profesor y amigo (director de mi tesis doctoral) Carlos Kramsky Steinpreis, a Mauricio Beuchot o a Héctor Zagal, entre otros varios, en fin, a todos guardo una gratitud por sus consejos, sus enseñanzas, su disposición para ayudarme a conocer, entender y ensanchar mi horizonte intelectual.

De fuera, como diríamos en lenguaje coloquial, tres fueron profesores que dejaron algo en mí: en Notre Dame, Gerald Niemeyer y Rafael Alvira; el primero ensanchó mi idea de la filosofía de la historia (que Barradas en la UPAEP me había enseñado) y el segundo mis conjeturas sobre la filosofía política. El tercero ha sido Alberto Caturelli, que vino varias veces a la UPAEP; pues en una de esas veces –siendo yo estudiante de la carrera aún- le escuché dos exposiciones que me ayudaron mucho en mi itinerario filosófico: una charla sobre cómo estudiar y elaborar fichas de trabajo y una conferencia sobre Michele Federico Sciacca, sobre la filosofía de la integralidad y, en particular, sobre el idealismo objetivo. Como yo andaba con esa idea de la filosofía de la historia de que la verdadera historia se escribe –y se hace- en el corazón del hombre (muy agustiniano el asunto), fue inevitable que me interesara en Sciacca. Creo que por eso mi inquietud agustiniana tuvo un nuevo cauce y, como escribió Eliot en algún momento: después de nuestras búsquedas volvemos al origen para conocerlo por vez primera. Eso me pasó con Sciacca y con Caturelli.

En la Benemérita, donde me centro ahora en la obra de Octavio Paz, me han abierto espacio en la literatura Luis Roberto Vera, Francisco Ramírez Santacruz y Gerardo Rivas (todos ellos, SNI’s II y creo que van por el III). Ha sido una delicia, además de Paz y su poética, el Quijote, la Celestina y las teorías literarias de Lukács y de Stephen Gilman.

De todo este bosque de conocimiento y de buena simiente que es la docencia, es decir, la conducción y el acompañamiento para que, salga lo que está ahí, que es uno mismo, a efecto de que uno realice la humanidad que tiene, de todo ello, digo, sobresale don Manuel Díaz Cid. Como lo he comentado en otro lugar, aunque él formalmente nunca me ha dado clase, ha sido un maestro singular para mi: es un señor que estudia con el mismo apasionamiento con que lo haría un estudiante universitario que comienza su carrera. Lo he visto, lo he palpado, lo he seguido de cerca. Con él he aprendido que la política es un espacio de necesaria humanización, es decir, no que sea en automático un espacio en que nos humanicemos, no, sino que necesitamos empeñar nuestra humanidad para humanizarla y, así, abrirla como un factor de humanización, de «casa del hombre», de «ethos» vital. Como quería Hannah Arendt: la política es la posibilidad de un oasis (en medio del desierto). Primero desierto, sobre todo desierto. Pero ahí, por la política, puede brotar un oasis, un espacio de humanización. Por eso –dice don Manuel- hay que hacer política y, sobre todo, hay que estudiarla: ¿cómo puede hacer uno una cosa si no la estudia, si no la conoce? ¿Cómo puede conocerla si no la hace de alguna manera?

Pues bien, un abrazo afectuoso a todos ellos en gratitud por lo que, no sólo por mí, sino por otros muchos, han llevado a cabo de manera cotidiana, silenciosa, discreta, a veces sin el reconocimiento adecuado. Eso que recibimos, a veces de forma gratuita (me refiero a la gratuidad de sus personas), ahora podemos –y tenemos del deber de hacerlo- comunicarlo a las nuevas generaciones, sobre todo a las que están en etapa de formación, ahí, en la escuela, en todos sus niveles, pero el universitario es vital, crucial, delicado: requiere arte, toque, estilo. Es nuestra tarea. No en vano Romano Guardini escribió que educar es suscitar y mantener la esperanza del ser humano. Que los hombres y mujeres que hay en nuestras familias y en nuestras escuelas sean hombres y mujeres con esperanza, de esperanza. Esa es nuestra esperanza. Esa es mi esperanza. Aunque el desierto sea abrumador, siempre es posible un oasis.

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