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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La presentación de un libro en el Senado

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Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Martes, Abril 21, 2015

El fechas reciente el senado de la República habría sido escenario de la presentación de un libro que dejará honda huella en la vida del país: “Colosio y Ruiz Massieu veinte años después” de Humberto Hernández Haddad.

Libro en el que se reseñan los sucesos que conmovieron al país en el aciago año de 1994 a partir de la obtención de información pública existente tanto en archivos de México como de los Estados Unidos, alguna de ella,   desclasificada en aquella nación en fechas tan recientes como el año pasado; y en el que, por lo demás,  se esgrime el aserto, digno de los más agudos tramas shakespereanos de que: en un conflicto entre la conveniencia política de ocasión  y el  esclarecimiento de los hechos alcanzada por la aplicación de las ciencias forenses, a fin de cuentas, siempre prevalecerá el  esclarecimiento obtenido mediante el peritaje debidamente practicado por encima de los lineamientos o consignas que al efecto esgriman  las conveniencias de ocasión.

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Consideración que trajo a mi memoria  el mejor título de don Narciso Bassols: “El pensamiento político de Álvaro Obregón”, mismo que, es de destacarse, no figura, para sorpresa de los estudiosos de la historia del país, en la compilación de obras  del autor publicada por el Fondo de Cultura Económica.

 Bassols describe de manera por demás escalofriante los pasos seguidos por José  de León Toral durante aquel 17 de julio de 1928 hasta el momento en que se habría verificado su cita con el General Obregón en “La Bombilla”; ofreciéndonos al respecto una narración extraordinaria, digna del mismísimo Dostoyevsky, narración en la que escudriña en la conciencia y en la conducta desplegada por un hombre  que ha tomado la decisión de delinquir y que delibera sobre los medios para alcanzar su fin, pocas páginas en la historia de la crónica policial, han alcanzado la   elocuencia y precisión a la que llega Narciso Bassols al  referirse, en el caso de León Toral, a ese momento que ha sido designada por los criminalistas desde los tiempos del penalista italiano Raffaele Garófalo con la significativa alocución latina de  “iter criminis”.

El proceso penal seguido en contra de José de León Toral y Concepción Acevedo de la Lata  por el delito de homicidio en grado de autoría material e intelectual respectivamente y perpetrado en perjuicio del ciudadano mexicano, general de división Álvaro Obregón Salido, habría sido, acaso, el último proceso de resonancia nacional ventilado ante un jurado popular y no ante  un juez penal de estricto Derecho.

Jurado al que le habría tocado en suerte conocer de la acusación formulada por don Ezequiel  Padilla como fiscal encargado del caso, así como de los medios de  pruebas recopilados por el  agente investigador Valente Quintana; Bassols, por lo demás, aseveraría con plena convicción que a los despojos mortales  del ciudadano mexicano, general de división Álvaro Obregón Salido, no se les habría practicado la correspondiente necropsia de ley; de tal suerte, que, en el caso que nos ocupa,  habríamos  estado en presencia de reos condenados por el delito de homicidio sin mediar la conducente autopsia que acreditara a cabalidad las causas de la muerte de la víctima y en consecuencia la autoría de los sentenciados.

La edición del martes  20 de mayo de 1947 del diario “Excelsior”, daría cuenta, no obstante, de la existencia de la autopsia  del caso llevada a cabo por el médico Juan G. Saldaña y descubierta por el reportero Leopoldo Toquero Dimarías.

Pericial forense que acreditaba a cabalidad, el hecho de que el fallecimiento del ciudadano mexicano, general de división Álvaro Obregón Salido, habría sido  ocasionado por el  impactos de diecinueve ojivas de muy distintos calibres,  habiendo ciertamente participado en aquel fuego cruzado  el procesado José de León Toral, quién habría  detonando seis de los siete proyectiles calibre 32 que impactaron el cuerpo del presidente electo, y en el que también habrían tomado parte el general Otero y los señores José  Prevé y Ramírez Plaza, hombres  todos ellos de la absoluta confianza de Luis N. Morones a la sazón dirigente nacional de la CROM.

Referencia histórica a las circunstancias de un magnicido, que, a toda luces se erige  en obligado precedente de los sucesos  materia de la narrativa del libro presentado en el senado, y que moverían al autor del mismo a una reflexión por demás interesante.

Hernández Haddad, rememoraría en la ocasión al gran clásico de Alexis de Tocquevilla: “La Democracia en América”, para destacar la importancia del legado que una generación es capaz de transmitir a la siguiente, reflexión que resulta en la ocasión  por demás pertinente, ya que, en  la investigación realizada por el autor sobre los hórridos sucesos del año 94, se ofrece a las generaciones que nos sucederán sobre el suelo patrio, la plena constatación de una tesis esperanzadora : “las ciencias forenses prevalecen siempre sobre la política”, y acaso, el resultado de los peritajes y de los documentos recopilados en el libro al que se alude habrán de obligar a reescribir nuestra historia reciente y a encontrar derroteros de esperanza para  nuestra vida en comunidad, como acaso no lo haya logrado en su momento la investigación del reportero Leopoldo Toquero Dimarías.

albertoperalta1963@gmail.com

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