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OPINIÓN

Abril, mes de nuestra segunda expropiación petrolera

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William Henry Steinwascher Sacio

 

Consultor en empresas familiares, y profesor de asignaturas en diferentes universidades de México a nivel posgrado y pregrado. Doctor y Maestro en Ciencias Administrativas en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, Maestro en Banca y Finanzas en la Universidad de Lima (Perú) y Licenciado en Administración en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega (Perú). Sus áreas de consultoría e investigación se enfocan al desarrollo de estrategias empresariales y financieras, gobernabilidad corporativa y sucesión empresarial. Ha publicado artículos sobre sus áreas de interés académico en revistas arbitradas, y presentado artículos en congresos nacionales e internacionales. En su experiencia profesional ha desempeñado funciones de Desarrollo de Negocios, Planeación Estratégica, Inteligencia Comercial y Administración de Ventas en instituciones de educación superior  y en empresas de servicios medioambientales, construcción, telecomunicaciones  y autotransporte. En su experiencia académica ha impartido clases de estrategia, finanzas, emprendimiento y gestión a nivel licenciatura, maestría y doctorado desde el año 2009. 

Lunes, Abril 20, 2015

La semana pasada se cumplieron tres años de la segunda expropiación petrolera de los mexicanos y que no debemos olvidar, pero que a diferencia de la ocurrida en 1938, ésta no está presente en la memoria del pueblo porque no hay motivos para celebrar, pero sí para mantenerla oculta. Quien lea esta columna se preguntará cuál segunda expropiación petrolera si sólo hubo una. La historia del mundo ha sido testigo de muchas expropiaciones petroleras (o nacionalizaciones) en los últimos cien años en todo el orbe, y todas han sido por el deseo de los gobiernos de apropiarse de las rentas que la explotación y comercialización del petróleo deja, todas bajo el paraguas publicitario de que es una forma de resarcir al pueblo y a la nación el daño que las grandes empresas privadas extranjeras han causado. Los mexicanos hemos sido parte de dos expropiaciones, una en tierra mexicana como pueblo y otra en tierra extranjera como empresa privada extranjera.

La mañana del lunes 16 de abril de 2012 los mexicanos despertamos con la noticia de que la presidenta de Argentina, Cristina Fernandez, había nacionalizado el 51% de la empresa petrolera YPF, propiedad de la petrolera española de capital privado Repsol, por razones muy similares a las que tuvo el presidente Lázaro Cárdenas cuando realizó la expropiación petrolera en México. El petróleo de Argentina debe ser para los argentinos así como el petróleo de México debe ser para los mexicanos. Esa noticia no llamó la atención de los mexicanos en general, pero sí fue celebrada por los sindicatos y fuerzas políticas y sociales que se unieron a ella con la creencia que las expropiaciones buscan devolverle al pueblo su derecho sobre las riquezas naturales de su país. Tampoco llamó la atención del público mexicano la noticia que siguió a la nacionalización argentina el mismo día: el entonces presidente de México, Felipe Calderon, llamó a la presidenta de Argentina para conversar sobre dicha expropiación ¿Qué interés tenía el presidente de México sobre una nacionalización que había realizado otro país en una empresa privada española? La razón es que en ese momento Petróleos Mexicanos (Pemex) era el tercer accionista mayoritario de Repsol con una participación accionaria del 9.8% en su capital.

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Repsol es una empresa que para el año 2012 tenía operaciones de exploración, extracción, distribución y comercialización de petróleo y gas en muchos países en América, África y Asia; sin embargo, a pesar de sus operaciones muchos países, Repsol no figura dentro de las 15 petroleras más grandes del mundo según el ranking de las 2000 empresas privadas más grandes Forbes, e incluso por su nivel de ingresos su tamaño equivale al 40% del tamaño de Pemex. Pero su cobertura mundial le permite realizar actividades de exploración y extracción de petróleo y gas natural en alrededor de 50 países en el mundo, mientras que sus actividades de distribución y comercialización las realiza en Estados Unidos, México, Perú, Ecuador, Italia y Gran Bretaña. Entonces, gracias nuestra participación en el capital y dirección de Repsol, los mexicanos hemos estado interviniendo de manera indirecta en la actividad energética de 50 países en 3 continentes.

¿Por qué México tiene que invertir en otros países y obtener ganancias del petróleo de otros países? La respuesta me queda clara, pero me pregunto si aquellas personas que celebran la expropiación petrolera de 1938 y la no intervención de capitales extranjeros y/o privados en nuestra industria petrolera local son conscientes que Pemex, y los mexicanos con ella, hacemos en el extranjero exactamente lo que no queremos que los extranjeros hagan en México: intervenir en la actividad petrolera del país. El gobierno de México pudo reclamar como propietario de Repsol con sustentos legales la expropiación argentina, pero la historia y los valores de la expropiación petrolera mexicana le dieron a la vez una bofetada a nuestro gobierno porque nos dejó sin argumentos morales.

Esta decisión del gobierno argentino de nacionalizar Repsol le costó a la empresa española, según sus primeras declaraciones, diez mil millones de dólares. Si consideramos que Pemex era dueño del casi 10% de la empresa, las pérdidas que a los mexicanos nos correspondieron fueron de mil millones de dólares (trece mil doscientos millones de pesos). Cuando dividimos esta pérdida entre una población de 110 millones de mexicanos, la pérdida por habitante es de 9.09 dólares o 120 pesos por persona; pero esta pérdida nunca fue real, primero porque Pemex no vendió en ese momento sus acciones en Repsol.

La aventura de Pemex en Repsol empezó a fines de la década en los 70’s a través de su filial P.M.I. Comercializadora Internacional, S.A. de C.V. que tiene el propósito de gestionar las operaciones internacionales de Pemex, tanto de comercio exterior (exportaciones e importaciones) como de inversión extranjera directa en otros países, ya sea comprando o creando empresas. Para 1990 Pemex era propietario del 4.8% de Repsol, pero en el año 2011 Pemex compró otro paquete de acciones de Repsol aumentando su participación accionaria a 9.8%. Las razones de esta inversión fueron participar más en el control de la empresa y poder adquirir competencias para Pemex que localmente no había desarrollado. No existe información pública sobre el tamaño de las inversiones iniciales de Pemex en Repsol hace más de tres décadas, pero el precio que se pagó por acción en 2011 fue de 19.92 euros y la inversión superó los mil doscientos millones de euros (veinte mil millones de pesos). Luego de la expropiación del gobierno argentino en 2012, la acción de Repsol cayó hasta los 11.79 euros. Fue hasta el 2014 en que Pemex inició su desinversión en Repsol, cuando en junio de 2014 vendió el 80% de su participación cuando la acción estaba a 20.10 euros y en noviembre vendió el restante 20%, momento en que el precio de la acción rondaba los 17.70 euros. Si bien Pemex obtuvo en promedio un precio de venta similar al de venta, debemos considerar que en estos más 30 años de inversión Pemex no obtuvo riquezas estratégicas ni tecnológicas pero si un costo de oportunidad imposible de cuantificar. Pemex tampoco obtuvo ganancias en los últimos años en los que aumentó la participación en Repsol, y hay que restar también los más o menos 150 millones de euros que debieron cobrar los bancos de inversión y agentes de bolsa por comisiones por operaciones bursátiles de compra y venta de acciones, más los gastos administrativos (personal, viajes, hoteles, viáticos, etc.) en los que incurrimos en la gestión de esta inversión a lo largo de los años.

La aventura internacional de Pemex no terminó con la venta de Repsol. Pemex es copropietaria de la refinería Deer Park en Texas y del astillero Barreras en España, con las que refina gasolina y participa en la producción de navíos para servicios petroleros. Sin duda, la inversión extranjera es necesaria para las compañías mexicanas, privadas o del gobierno, por muchas razones; ya sea para mejorar su posición competitiva, llegar a nuevos mercados, obtener insumos a mejores costos y recursos que no existen localmente, desarrollar economías de escala, diversificar riesgos de los mercados, prolongar la vida de sus productos y servicios, etc. Pretender que Pemex se enfoque al mercado mexicano es limitarla, así como a cualquier empresa mexicana de cualquier sector o actividad económica. Pero crecer internacionalmente también requiere que nosotros seamos receptivos ante la llegada de empresas energéticas a nuestro país, las que encontrarán oportunidades similares en México que nosotros no estamos aprovechando o explotando. Nuestros paradigmas que defienden la expropiación petrolera debieron quedar atrás el día que Pemex inició su internacionalización; es más, cualquier restricción para que un país extranjero invirtiera en México debió desaparecer también en ese momento porque Pemex no es una empresa privada, es una empresa del gobierno mexicano.

Así como Pemex, varias empresas mexicanas se han encontrado con gobiernos adversos a la inversión extrajera directa o a la repatriación de utilidades de sus países hacía México. Tenemos empresas mexicanas que no pueden traer a México los ingresos de sus ventas en otros países por restricciones cambiarias o tributarias, o que han sufrido la expropiación de sus operaciones por el conveniente nacionalismo de los gobernantes en los países donde operan. Quiero rescatar las palabras que escuché de un joven político en San Luis Potosí la semana pasada: No todos los buenos están en mi partido y no todos los malos están en el partido de mi oponente. De la misma forma, no todos los buenos están en México o en Pemex, y no todos los malos están en el extranjero ni en la inversión privada. Las razones que motivaron la expropiación petrolera y las restricciones a la inversión extrajera privada y pública hace más de 80 años fueron por eventos puntuales por las que hicimos leyes generales. Los tiempos han cambiado y las empresas mexicanas luchan por lograr el liderazgo mundial, pero para lograr ese liderazgo encontraremos países que aun actúan como lo hizo México en el pasado, y los extranjeros encontrarán a un México que aún celebra decisiones que se tomaron en el pasado y que no reflejan la filosofía empresarial que exigimos en el exterior.

William Steinwascher

william.steinwascher@gmail.com

@billsteinwa

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