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El malestar en los asuntos públicos | Fidencio Aguilar Víquez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El malestar en los asuntos públicos

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Marzo 25, 2015

Mientras la megalópolis sufre sus congestionamientos viales cotidianos, patrulleros y agentes de vialidad estatal la estrangulan aun más de manera absurda, arbitraria y sin informar con certeza los propósitos de tales operativos que, de facto, no hace más que quitar el tiempo a los miles de automovilistas. La Recta a Cholula y Zavaleta muestran con esos espectáculos, insisto, sin informar a los afectados, los visos de arbitrariedad.

En cualquier régimen que se precie de demócrata, a diferencia de un estado policíaco o autoritario, habría una justificación clara y precisa ante la ciudadanía, y no sólo eso, habría también un señalamiento de los objetivos buscados y los resultados obtenidos. Lo peor de todo es que cuando no realizan este tipo de arrebatos, las autoridades de vialidad se sumergen en esa tranquilidad cínica como la que se dio a conocer en las redes sociales donde un agente de tránsito propina sin inmutarse una “mordida” a una dama y, luego de ser grabado por un chavo, se retira sin mayores aspavientos con su bolsillo incrementado.

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De esos pequeños detalles, pequeños si se les compara con otros de mayor gravedad, si pasamos a otros temas, el escenario se torna de un malestar que sólo es comparable con aquel otro del cual hablaba Sigmund Freud cuando escribió, justamente, su obra El malestar de la cultura, que se refería a toda una época, cuando en esa generación, fines del siglo XIX y principios del XX, cayó en la cuenta de que lo humano no era suficiente para realizar la condición de   ser humano. Y el problema no es que los seres humanos seamos conflictivos –de hecho la vida por su propia dinámica, al presentar siempre problemas, presenta variedad de conflictos-, sino la forma de dar solución a los mismos.

Para agravar más la cuestión, si echamos ojo a los periódicos locales o nacionales –más los nacionales que los locales-, encontramos encabezados que dejan en la zozobra a cualquiera; uno de ellos cabecea: “Esconde delegación miles de despensas”, y debajo: “Incumple Andrade orden de indagar”; otro: “Reclutan PRI y PVEM chapulines en el DF” y al lado: “Desempolvan en el Senado ley de Peña para seguridad; uno más: “La generación de empleos en 2014, la más baja en ocho años”, y al lado: “En Guerrero y Oaxaca habrá elecciones, garantiza SG”.

Los intelectuales no se quedan atrás, Crespo, Aguayo y otros, lamentan los oídos sordos de los líderes políticos que desdeñan a los ciudadanos y hacen lo que les dictan sus intereses y no lo que piden y exigen los diversos sectores de la sociedad. En ese contexto, se preguntan, ¿son legítimas las elecciones, si quienes convocan toman actitudes como si en el país nada estuviera ocurriendo? Como quiera que sea se genera un malhumor social que puede explotar en cualquier momento, y el lector, la lectora, puede añadirle lo que guste para completar el panorama minado. Coraje, indignación, enojo, por un lado, risa, carcajadas, miradas pícaras, del otro. Y la conclusión fulminante: o éstos son unos cínicos que hacen lo que quieren, como quieren y cuando quieren, o son unos payasos que tratan con burla a quienes los miran. Claro, si pensamos bien la cosa, ni cínicos ni payasos son adecuados para resolver los grandes y graves problemas que como país, como estado y como municipio comportamos, desde las desapariciones forzadas, crímenes de lesa humanidad y violaciones de derechos humanos o ataques a la libertad de expresión, hasta baches y servicios públicos, pasando por rendición de cuentas y todo aquello que tiene que ver con el ejercicio y aplicación de políticas públicas.

Como escribe John Kenneth Galbraith en Anatomía del poder, se pueden resolver los problemas de tres maneras: a trancazos, por conveniencia y/o convenciendo. Con puñetazos, con dinero y/o con argumentos. Desde luego, la mejor manera sería la de los argumentos, además, propio de un régimen democrático donde todo se discute abiertamente, con argumentos, con contraargumentos, con consensos, buscando siempre las mejores razones, deliberando, sobre todo, es decir, analizando los pros y los contras de un argumento o decisión, e inclinándose por los de mayor peso.

Por lo pronto, aunque sean mínimas y básicas, yo encuentro razones suficientes para acudir a las urnas y emitir un voto consciente, sobre todo cayendo en la cuenta de que es uno de las pocos instrumentos eficaces para crear pesos y contrapesos en la incidencia política. Si no acude usted a votar, amable lector, lectora, y aunque nadie acudiera a votar sino solamente un candidato –y los demás anularan su voto-, éste ganaría y, por ley, tomaría protesta del cargo. La cosa seguiría igual de lamentable como la situación de la cual nos lamentamos actualmente.

Por el contrario, lo idóneo sería, luego, la confección y vitalización del tejido social para generar una sociedad, que en su pluralidad y pluriversidad sea capaz de exigir a quien sea que esté al frente de los asuntos públicos que resuelva eficiente y eficazmente los problemas cuya solución se comprometió a dar y ejecutar. En otras palabras, necesitamos mantener dos fuentes de legitimación de los asuntos públicos, la del origen, por un lado, con el voto razonado y libremente emitido y contado, y la del ejercicio del poder, por el otro, para que lo prometido se cumpla a cabalidad y, si no, las sanciones correspondientes de acuerdo a la dimensión de las faltas.

Sobre el instituto electoral

Cuando se trabaja en una institución pública –o en cualquier institución-, se suele uno encontrar con dos discursos: el oficial y el vital. En el oficial, y esto ya lo notaba Platón desde hace veinticinco siglos, más que mostrar la verdad, lo que se muestra es la justificación: por eso, para ese lenguaje, todo va bien y todo marcha según lo programado o reprogramado. En el vital, se muestra la verdad pero, a veces, tan dispersa que termina difuminándose en el rumor. Entre el discurso oficial y el rumor, se encuentra la crítica como ojo clínico de los ciudadanos informados. Y esto lo digo porque desde hace algunas semanas han aparecido lecturas sobre el papel del instituto y los consejeros electorales. Sin descalificar las diversas opiniones, una lectura crítica debe mirar hacia los hechos: los consejeros no administran ni ejercen las partidas presupuestales ni deciden sobre contrataciones o bajas. Existen, por ley, las instancias que realizan esas operaciones. A ellas hay que mirar y exigir los motivos de su actuación. Y desde luego, hay que mirar a cada uno de los consejeros –uno a uno- para conocer los motivos y argumentaciones, si es que las hubo, de sus deliberaciones y decisiones. Ahí es donde la crítica servirá para separar la paja de la sustancia, el discurso oficial y el rumor, de la realidad.

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