Bastaron unas palabras de su mejor amigo para que le cayera el mundo encima: “Llevas un año de sabático…” Era obligado. Le quitaron el trabajo y buscó por todos lados hasta que encontró donde podía ser su propio jefe.
No era fácil. Demasiados años de trabajo duro: horario fijo, actividades específicas, resultados demostrables, en fin. En éste él decidía, y parecía “sabático”.
Más artículos del autor
Días pasaban: Iba, venía, subía, bajaba, entraba, salía y no paraba. A veces con logros, a veces sin ninguno, a veces cansado, a veces motivado, a veces desalentado, a veces inspirado, a veces positivo, a veces negativo, a veces mentando madres, a veces bendiciendo. A veces y veces… a veces sin veces todo parecía… “sabático”.
Le pegó duro: “Llevas un año de ‘sabático’…” ¿Qué tocó por dentro esta expresión que tanto lo perturbó?... Sentía que era verdad. ¿Pero si en su día a día trabajaba sin descanso para sacar gastos, qué pasaba?
“Todo lo que hago parece sin sentido… No sé a dónde voy, --se dijo--. Es estúpido pero antes lo tenía claro: Estaba motivado para hacer lo que tenía que hacer… aunque me lo ordenaran. Ahora… no sé cómo ser mi propio jefe. No sé para dónde voy, --se repitió--. No sé qué tengo que hacer. No sé lo que necesito para salir adelante. Hoy me levanto, y nada me mueve: No tengo orden. No tengo motivos, no tengo objetivos, no tengo estructura...”
Le cayó como plomo la palabra: “estructura”. Algo movió por dentro. Tenía significado, sentido. “Necesito estructurar mi vida, --se dijo aliviado--. Ponerle horario a mis actividades, límites, descansos, y sobre todo sentido. Se hizo la pregunta radical: “¿Qué quiero?”
Cuando lo corrieron se sintió perdido, y sin trabajo se había perdido todo lo que él era: sus capacidades, sus habilidades. Estuvo casado con la idea de conseguir otro trabajo por el estilo, y al no conseguirlo, todos sus recursos, todo lo aprendido y desarrollado, era inútil. Se había vencido. El negocio al que se metió ni lo conocía. Por eso creyó que debía empezar de cero, y a su edad… Eso lo mató, por dentro.
Recordó cuando la vida le sonreía: sus capacidades desarrolladas, sus talentos, su pericia y destreza. Se dio cuenta que tenía con qué responder ante las exigencias actuales. Se acabó el trabajo anterior, pero no él. No estaba muerto y aunque las circunstancias había cambiado y él también, podría contar con sí mismo para estructurar su vida. Sabía cómo y hacerlo.
Ese fue el golpe: estar de año “sabático” le significaba haber renunciado a todo lo que antes era. Y no… ahí estaba… Y sí, le daba estructura. Bendita estructura y bendito él que no pudo renunciar a sí mismo. Faltaba que alguien se lo champara de frente. Y sí, en ese momento se acabó su año “sabático”.
alefonse@hotmail.com