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OPINIÓN

Lo necesario para saber vivir

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 2, 2015

“Todo lo que es necesario para saber vivir, “cómo hacer” y “cómo ser”, lo aprendí en el kíndergarden. Mi sabiduría no la obtuve en la cima de los años universitarios al recibir mi diploma de graduación , sino en mi mesita del kínder cuando moldeaba plastilina.

Esto es lo que aprendí:
Compartir todo, jugar limpio, no pegarle a los demás.
Poner las cosas en su lugar. Recoger mi tiradero. No tomar cosas ajenas.
Decir “lo siento” cuando es necesario.
Lavarme las manos antes de comer, jalar la cadena al ir al baño, comer galletas con leche fría de vez en cuando.
Vivir de una manera balanceada: Aprender, pensar, dibujar, cantar, pintar, bailar, jugar y trabajar un poco cada día. Descansar un rato en la tarde.
Observar el semáforo al salir al mundo de afuera. No soltarme de la mano ni separarme...”
Robert Fulghum.

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(http://farvelo.blogspot.mx/2008/05/todo-lo-que-necesito-saber-lo-aprendi.html )

Durante una puesta en común de ideas posterior a un ejercicio en equipos que realizó un grupo de profesores dentro del taller sobre formación humanista que impartí en la bella ciudad de Morelia este fin de semana, surgió el tema de la espontaneidad, el contacto consigo mismo y la apertura al desarrollo humano que tienen los niños de preescolar y la forma en que lamentablemente esas características de frescura y dinamismo humano se van perdiendo conforme se cursan los siguientes niveles escolares.

Para ejemplificar este tema una profesora se levantó para compartir con todos una anécdota. Resulta que en la escuela en la que ella trabaja realizaron un proyecto piloto en el que los niños de preescolar visitaron a los de primer año de primaria, es decir, a quienes apenas un ciclo escolar antes habían sido sus compañeros cercanos. La experiencia resultó muy exitosa y los alumnos del jardín de niños les llevaron un obsequio a los de primaria y les expresaron algunas ideas y sentimientos sobre sus vivencias en las aulas. Como el proyecto resultó tan positivo, surgió la idea de que los niños de primero de primaria devolvieran la visita a sus compañeros más pequeños. Durante esta segunda visita, un niño de primero se levantó para decir unas palabras sobre su experiencia: “Yo no sé cómo le hacen en la primaria –les comentó- pero yo ya olvidé todas las canciones y todos los juegos que aprendí en preescolar”.

Resulta muy triste pero es cierto, pasar del nivel que llamamos coloquialmente jardín de niños al nivel primaria es mucho más que un proceso natural de crecimiento, significa un cambio radical de paradigma formativo en el que históricamente se asume que como los niños ya “son grandes”, deben dejar de lado toda actividad lúdica, artística y vivencial para pasar a estudiar “en serio”, es decir, para concentrarse en actividades casi exclusivamente lógicas y racionales.

Este cambio implica en los hechos bloquear la espontaneidad, el espíritu lúdico y el gozo del aprendizaje y entrar en una dinámica conceptualista y muchas veces memorista –a pesar de los tiempos distintos que vivimos y los discursos y reformas educativas realizadas- que aleja paulatinamente a la escuela de la enseñanza de lo realmente relevante, es decir, de la enseñanza de lo que todo niño y adolescente requiere para saber vivir, para saber “cómo hacer” y “cómo ser” en el mundo real en el que les ha tocado vivir.

La visión de la escuela sigue estando centrada en la noción del ser humano considerado exclusivamente como “homo sapiens”, como “animal racional” y dejando de lado todas las demás dimensiones de la persona que es, como afirma Morin, un homo complexus (http://pedrogomez.antropo.es/libros/2003-La-antropologia-compleja-de-Edgar-Morin.pdf).

En efecto, el ser humano es “homo sapiens” pero también y al mismo tiempo es “homo demens” –irracional, delirante-, es “homo economicus” pero también es “homo consumans” (dilapidador de recursos), es “homo faber” -trabajador, productor- pero al mismo tiempo “homo ludens” –un ser que juega y disfruta-, es “homo prosaicus” –un ser que vive para sobrevivir y realiza actividades rutinarias para lograrlo- pero también “homo poeticus” –un ser que vive para vivir y necesita la amistad, el amor, la belleza, el desarrollo del espíritu y la experiencia de la felicidad-.

Mientras la educación siga centrada en una sola dimensión de estas unidualidades humanas y preparando exclusivamente personas racionales, competitivas en lo económico, productivas, eficientes en lo rutinario pero incapaces de desarrollarse en el amor, la solidaridad, la capacidad de apreciar la belleza, la apertura a lo ilimitado y la búsqueda de la felicidad, seguirá siendo una educación incompleta y fallida en su propósito fundamental de humanizar a las personas y al mundo en el que viven las personas.

En la medida en que no exista una articulación real de visión en la formación que garantice que en todos los niveles se promueva el desarrollo de la espontaneidad, la curiosidad, el gozo del aprendizaje y la belleza del conocimiento bien comprendido e interiorizado, seguirá siendo verdad que todo lo necesario para vivir se aprende en el kínder…y se olvida pronto.

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