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¿Harakiri? | Fidencio Aguilar Víquez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Harakiri?

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Febrero 10, 2015

Si usted, amable lector, lectora, es automovilista y quiere estacionar su carro en la vía pública debe tener cuidado de dónde lo deja; no puede olvidar que, como lo mostró un video publicado por diversos medios la semana pasada, hay ladrones que actúan rápidamente con total impunidad, como el gordo que aparece en las imágenes junto a sus compinches y que terminan haciendo destrozo y medio para, finalmente, huir luego de un robo frustrado. Nadie los pudo detener. La autoridad competente, en ese momento de apremio, estaba en otro sitio.

Pero también debe tener cuidado de no dejarlo donde no, pues aunque usted no conozca el reglamento, llegará un agente de tránsito y se llevará su placa, porque, para eso sí, esos “elementos” son buenos y oportunos; no lo son para limpiar de franeleros o de coloca piedras u otros objetos para apartar sitios en la vía pública; eso seguramente no está estipulado en el respectivo reglamento y, por tanto, no pueden hacer cosas que no les marca el procedimiento. Mucho menos para frustrar los robos de autopartes, pues para eso están los policías y ellos no lo son. Por ello, en esa lógica de manuales y reglamentos, seguramente también se abstendrán de impedir, por ejemplo, que en toda la cuadra de la 3 Oriente, en pleno Centro, entre la 2 y la 4 Sur, haya gente que se apropie de la vía pública como estacionamiento privado.

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Desde luego, existen problemas más complejos y de mayor envergadura, que sacuden al mundo y que afectan a toda una colectividad de manera determinante y dramática, como a un país, una nación, una región, un continente. Es verdad, pero no por eso hay que dejar de observarlo. Todo lo anterior viene a colación porque el domingo pasado, 8 de febrero, el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa escribió un artículo sobre cómo actúan las colectividades dando el poder a las personas y a las élites que terminan haciendo el harakiri a dichas sociedades (aclara: sin la dosis de honorabilidad que guarda la cultura oriental que lleva a cabo tales prácticas).

Los ejemplos citados por el escritor son Argentina, que desde el peronismo decidió arruinarse y pasó de ser un país de primer mundo, próspero, culto, educado, a uno de constantes crisis políticas y económicas que lo tienen postrado y que está difícil que vuelva a lograr lo que había hecho. Igualmente, dice el peruano, es el caso de Venezuela, que no supo cuidar su democracia y terminó con los arrebatos de un veleidoso que reprime y somete a todos los que se le oponen: “el Gobierno de Maduro ha demostrado que, aunque inepto para todo lo demás, a la hora de fraguar elecciones y de encarcelar, torturar y asesinar opositores no le tiembla la mano.”

Cita también los casos históricos de Mussolini en Italia y Hitler en Alemania, cómo los electores le dieron su voto y cómo terminaron hundiendo a sus países en algunas de las peores crisis de humanidad que se hayan vivido en los últimos siglos. Todo ello en un contexto del caso de Grecia y del triunfo de Syriza en las recién pasadas elecciones de gobierno. Prometió lo imposible y ya en el gobierno ha anunciado que, o le hacen quitas a su deuda o, simplemente, dejará de cumplir sus obligaciones. España, Portugal e Irlanda, que han hecho grandes esfuerzos para cumplir sus compromisos con la Unión Europea, son los que han recordado que Grecia tiene que cumplir sus obligaciones contraídas con la Comunidad. Francia y sobre todo Alemania están en esa misma postura de exigir disciplina y seriedad. Las élites griegas se han enriquecido a sí mismas pero han devastado a su país, la impunidad y la corrupción han inundado a la clase política a más no poder, y con los anuncios de Syriza, el panorama parece complicarse más de lo que ya de suyo estaba. Pero los griegos votaron por esta opción. Está Grecia al borde de un harakiri, concluye el Nobel peruano.

Para nuestro caso las preguntas son válidas, luego del desencanto de la democracia y del sistema de partidos, ¿cómo alentar a los electores, sobre todo a los jóvenes, a que voten por alguna opción política sin anular su voto, justamente para tratar de hacerlo efectivo? Lo primero es ver la experiencia de otros países, y cómo, en algunos casos, el no cuidar el sistema democrático dio entrada a autoritarismos y luego a totalitarismos, con la consiguiente crisis económica, política y social; el harakiri mismo.

Lo segundo es ser conscientes, como ya lo escribía Ortega y Gasset en los años treinta del siglo pasado, de que como electores elegimos sobre lo que han decidido los partidos políticos: sus candidatos. Pero, como ha escrito Alberto Aziz Nassif en varias ocasiones, un elector puede vender caro su voto: puede castigar y negar su voto a candidatos que no le convencen porque son chapulines, porque gastan mucho y no rinden cuentas, porque simplemente puede votar por otro, por quien quiera que sea votable. Puede ser pragmático también.

Lo tercero es tomar en cuenta que la participación en elecciones federales intermedias la participación es menor que en la elección de Presidente de la República y de senadores; en 2003 en Puebla el porcentaje de participación fue de 37.6% y en 2009 de 38.2%. En la capital, en el 2003, la participación en los cuatro distritos electorales fue de entre el 39% (distrito IX) y 43.18% (distrito XII). En el 2009 el distrito VI registró el 38.26% de participación electoral; el IX, 37.02%, el XI, 38.29% y el XII, 39.88%. Para este año, por tanto, es probable que acuda a votar un 38 o 39%. El 71 o 72 % que nunca acude a votar en estas circunstancias, por más que partidos y candidatos hagan circo, maroma y teatro, volverá a abstenerse. Los humores del 38 o 39% son los que cambian al ir a las urnas.

Así pues, puede usted imaginar escenarios: si usted está harto de partidos y candidatos y decide no acudir a votar, no hará sino favorecer a esos partidos y candidatos, porque quienes acudirán y votarán serán sus militantes y sus estructuras. El mismo efecto tendrá si usted anula su voto o lo coloca en blanco. Lo importante es acudir a votar en un sentido propositivo. No sea que, como escribe Vargas Llosa, la sociedad termine haciéndose harakiri.

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