La verdad es inconcebible la forma en que sale a escena el presidente Peña Nieto y los resultados negativos que cosecha en cada caso.
Y digo inconcebible porque se trata de la máxima figura nacional.
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Tiene a su alcance los recursos de todo tipo para hacer un papel decoroso, respetable. Podría ser impactante inclusive. Y nada de esto pasa.
En cada oportunidad que aparece para hacer un pronunciamiento importante, los efectos son deplorables. Cuando no es abiertamente molido por la crítica, es objeto de mofa por las redes. O las dos cosas. ¡Y le faltan cuatro años en el poder…!!
Y esto se repite una y otra y otra vez. Y la cresta de problemas no resueltos ahí está, y crece.
La credibilidad en los gobernantes y las instituciones, empezando por el presidente, está por los suelos. Hay quienes afirman que las cifras son más graves de lo que revelan las encuestas, y que estas son cuidadas y maquilladas por los contratantes.
Y es factible que así sea. Uno hace sus propias encuestas con la gente y en los círculos donde que se mueve y lo que se escucha es plenamente coincidente con los sondeos de los medios.
Y aquí aparece el punto preocupante. Si todo esto es revisado por la oficina presidencial y las instituciones que la rodean y apoyan, si hay una permanente y rigurosa evaluación, si –como suponemos-existe un puntual examen crítico y autocrítico externo e interno, un recuento de daños pues, ¿por qué no se corrige nada..? ¿Por qué se repite todo?
Quedan en el aire multitud de preguntas en torno al poder que no encuentran respuestas.
¿No le dicen la verdad al presidente?, ¿Es avasallante el círculo que lo blinda y secuestra, aislándolo de la realidad que todo mundo ve y comenta?, ¿No leen e interpretan los medios?.
¿Es infinito el desdén que se tiene por la opinión pública internacional, que se refleja en los grandes medios estadunidenses, ingleses, franceses, alemanes y españoles? Los vasos comunicantes de los centros de poder del mundo, ni más ni menos.
¿Es francamente infranqueable la coraza que cubre a la presidencia y de igual modo la incompetencia de quienes debieran ser sus altamente confiables y leales colaboradores y servidores, aparte de amigos…?
¿O se tiene plena conciencia de todo esto y se privilegia un lamentable sentido de autosuficiencia, autocomplacencia y soberbia..?
Sería enormemente grave admitir como conclusión esto último.
Porque la erosión de la imagen del poder no para. Y marcha en paralelo con la deleznable efigie que la gente tiene de los partidos, las gubernaturas y alcaldías, los órganos de justicia, los responsables de auditorías, transparencia y legalidad del quehacer público.
(Puntualizo: utilizo el término deleznable en su segunda acepción: inconsistente, quebradizo, frágil. Pero en el ánimo de la sociedad está también la primera: despreciable.)
Y si observamos con preocupación que este desgaste no tiene puertos para recalar, no busca ni se afianza en escolleras, muros o murallas; que no hay ni figuras ni ideas que aporten luces, soluciones o autocríticas; que no hay oxigenación que despeje los nubarrones que nublan el paisaje, entonces lo preocupante se torna peligroso.
Porque la ausencia de humildad imaginativa, reactiva, creativa para gobernar; la carencia absoluta de signos de rectificación del camino, y la falta de figuras con talento, credibilidad y compromiso que refresquen el ejercicio del poder, aproxima a un gobierno a formas de poder más cercanas a la dictadura y más distantes de la democracia.
Y esta película ya la hemos visto en México. Y los resultados son desastrosos, dolorosos.