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En época de Maquiavelo no había elecciones | Víctor Reynoso

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

En época de Maquiavelo no había elecciones

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Enero 21, 2015

Alguna vez se describió al PAN como un Sísifo electoral: participaba en una elección (subía la piedra a la montaña), que una vez realizada consideraba fraudulenta y la denunciaba (la piedra rodaba montaña abajo) e inmediatamente se disponía a participar en la elección siguiente (otra vez subía la piedra). Para denunciar fraude… Hoy parecer haber en el panismo otra lógica de Sísifo.

En 2013 el panismo, en medio de una autocrítica después de la derrota electoral de 2012, realizó una reducción brutal de padrón de militantes. Redujo cerca del 80% de su militancia: de casi un millón 900 mil se quedó con menos de 400 mil. El padrón había sido inflado por panistas que querían ganar elecciones internas. En el momento adecuado “incentivaban” a ciudadanos para que se afiliaran al PAN, luego a que votaran por ellos. Y luego se olvidaba el asunto, y esos ciudadanos quedaban dentro del padrón panista pero sin la menor militancia.

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Poco tardaron algunos panistas en volver a caer en la misma situación corregida, provisionalmente, en 2013. Al año siguiente en algunos estados se denunciaron afiliaciones masivas, sospechosas o evidentes de ir por el mismo lado de lo que se había corregido: incorporar ciudadanos sin interés en la militancia, sólo para ganar las elecciones internas.

A estos procedimientos se unió el nombramiento de candidatos a diputados federales plurinominales para la elección de 2015. En lugares privilegiados de las listas quedaron personas que tenían militancia en partidos o gobiernos distintos a los panistas. Algunos de ellos con mala fama pública. Y quedó fuera Margarita Zavala. Más allá de ser esposa de Felipe Calderón, es una militante con un prestigio y una trayectoria indiscutibles. Cuando Calderón fue candidato a la presidencia era frecuente escuchar entre la gente que los conocía: “lo mejor de Felipe es Margarita”.

Lo que desde fuera se ve como una contradicción en los valores y principios panistas no ha encontrado una explicación por parte de los dirigentes del PAN. Zavala ha preferido no tratar el tema para no dañar a su partido. Pero el daño está hecho. En la evaluación de 2013 los panistas concluyeron que principios, ideas y programas del partido estaban bien. Que lo que había fallado eran sus dirigentes. Parece que fallan otra vez. Y no parece importarles caer en los errores que ya detectaron y criticaron después de las derrotas de 2009 y 2012.

Al parecer el PAN ha caído nuevamente en los criticó en sus evaluaciones pasadas. Parece que está construyendo una narrativa partidaria contraria a la que quería construir. Está dejando la imagen de un partido preocupado sólo por el acceso al poder y su usufructo, un partido dominado por la lucha entre grupos e individuos, un partido que busca los intereses particulares de sus líderes y que se ha olvidado de los ciudadanos.

¿Estamos ante un nuevo modelo de partido? ¿Se acabó definitivamente lo que Bravo Mena llamó el panismo, una cultura política preocupada por generar bienes públicos y estamos ante una organización política simplemente preocupada porque sus integrantes accedan al poder y saquen de él provecho personal?

No es un problema que pueda explicarse solamente como una lucha entre grupos. Es absurdo hablar de panistas y neopanistas. Tampoco lo esencial está en el enfrentamiento entre calderonistas y maderistas, que más que dos grupos son dos redes de relaciones que han cambiado con el tiempo y las circunstancias, y que seguirán cambiando.

Tampoco es un problema exclusivo del PAN. Es algo general de la política: que los políticos se apropien de los bienes públicos y los usen para sus fines privados.

Estamos ante lo que alguien llamó “maquiavelistas sin grandeza”: individuos sin escrúpulos buscando satisfacer sus intereses. ¿Qué nos protege de ellos? Que los electores les den la espalda. Que la ciudadanía rechace con su voto este tipo de prácticas. Lo que también tiene sus complicaciones. Pero eso es otro asunto.

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