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El límite | Alejandra Fonseca
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El límite

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Enero 15, 2015

El médico le comunicó que los resultados del análisis no habían sido los esperados. Era contundente: tenía cáncer. Se detectó la bolita 20 días antes. Era costumbre hacerse su autoexplotación de senos a la hora de bañarse y en esa ocasión la sintió. Era la primera vez que se detectaba una. Ese mismo día se realizó una mamografía. Con ese estudio había ido al médico para que le diera indicaciones en referencia al procedimiento a seguir. El galeno le dijo que había que extirpar el pequeño tumor lo antes posible y analizar de qué se trataba. Así lo hizo, aunque desde la detección a la intervención quirúrgica, pasaron casi 3 semanas.

En el momento de abrir y cortar parte del tumor en la cirugía, el médico se dio cuenta que la bolita había crecido cinco veces su tamaño en comparación del que tenía en la mamografía, en tan sólo tres semanas. Era urgente mandarlo a patología y supieran exactamente qué situación enfrentaban.

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Pasaron los días y fue cuando el médico le confirmó sus sospechas: “el cáncer es del que más rápido se expande. Hay que proceder de inmediato. Decisiones rápidas: al día siguiente le extirparon ambos senos. Después empezaría con la quimioterapia más agresiva para detener el cáncer y así tratar de evitar la radioterapia. Sesión tras sesión entraba y salía caminando; por su propio pie y con su propia fuerza se acostaba y levantaba de la camilla.

Pasó la primera, la segunda, la tercera quimio. Así la cuarta, quinta y sexta… y las que fueron necesarias. Los efectos se manifestaban: náuseas, falta de apetito, agotamiento. Dormía mucho, comía poco, caminaba menos… y nadie sabía qué sucedía en su interior… Nada mostraba. Todo se callaba. Se tragó enteras cada una de sus emociones. Se guardaba íntegros sus sentimientos, sus miedos, sus temores.

Extraño proceder, “aunque dicen que el cáncer son emociones,” --escuché decir en alguna ocasión a una maestra de metafísica—guardártelas, provoca cáncer”.

Con esa entereza, familiares y amigos se sentían apenados al exteriorizar sus emociones y su preocupación. Todos quienes la visitaban se sentían intimidados por su fuerza y valor para darle hacia adelante pasara lo que pasara. Caminar sin ver más que al frente. No existía otra cosa más que la firmeza de cada paso y darlo sin miramientos.  

Y un día, después de casi concluir las quimios, al cepillarse el cabello, se le cayó un mechón. Después, otro; y otro y otro. Sentada en el banco frente al tocador se revisó: había huecos: uno por aquí, otro más allá, y otro, entre uno y otro… Se miró: se le empezó a caer el cabello.

Ahí, fue cuando se quebró.

alefonse@hotmail.com

     

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