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OPINIÓN

Luces de Navidad

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Diciembre 23, 2014

Preposadas, posadas, fiesta, comida, bebida y todo lo que usted quiera agregarle; compras, regalos, compromisos, aglomeraciones, gente, subir, bajar, promociones, ofertas, en fin, todo aquello que con el paso del tiempo se vuelve costumbre e inercia. Desde luego, hay de todo, también hay ausencias, desapariciones, desesperanzas, resentimientos, abusos de poder, situaciones de violencia, impunidad, corrupción, cinismo, todo aquello que aqueja a una nación, a una sociedad, a seres humanos de carne y huesos.

Se puede pasar la Navidad sin ver, o sin percatarse, o sin desear percatarse, del motivo central de la misma: celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, el nacimiento del Mesías esperado, el liberador. Pero, en cierto sentido, nos ocurre como les ocurrió a los judíos hace veinte siglos: vivían en la incertidumbre, sometidos al imperio de un poder extranjero, pobres, acosados por los impuestos, las arbitrariedades, los abusos y el cinismo de sus dominadores y de sus dirigentes, anhelaban su liberación, sabían que estaba por nacer el Mesías y, con todo esto, no se dieron cuenta de que la esperanza prometida estaba acaeciendo justamente en ese momento. Mejor dicho, como esperaban un rey que restableciera el poderío de Israel, jamás pudieron ver en el niño que se mostraba al rey prometido y al cual unos magos de Oriente lo venían a adorar.

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Como a ellos, los judíos de hace veinte siglos, a nosotros nos suele pasar lo mismo: esperamos a un mesías, a alguien que nos venga a restablecer el poderío de nuestra nación, de nuestra sociedad, que nos libere de los flagelos que tenemos encima y de todos los problemas que nos acosan. Esperamos a un liberador, a alguien que nos resuelva todos los problemas que, como país, como nación, como sociedad, no hemos podido superar. Y cuando ese niño se nos muestra, como ellos, damos la espalda y, decepcionados, somos incapaces de ver las luces, las verdaderas luces de la Navidad. En suma, no creemos que, tal como se nos muestra, ese niño que está por nacer, ese niño recién nacido, pueda ayudarnos a resolver todos nuestros problemas, sobre todo el central: el del significado de nuestro ser.

Es curioso cómo alguien que espera con tanto ahínco a su salvador, digamos, alguien que tiene consciencia profética y que, siendo alguien de fe, conociendo los libros que revelan la profecía, haya pasado por alto los signos de los tiempos y la singularidad del hecho. Eso fue lo que les pasó a los judíos de hace veinte siglos y lo que nos suele pasar a nosotros, los hombres y mujeres del siglo XXI. Sólo pudieron reconocer el hecho unos cuantos, los más humildes, unos pastores. Bueno, como se ha dicho arriba, también unos magos que eran gente importante y que pudieron ver las luces de la Navidad: a ellos les fue revelado el hecho; pudieron palparlo directamente, en primera persona, reconocerlo y adherirse a él. A partir de lo cual, sus vidas ya no fueron las mismas: había cambiado todo, aunque siguieran sometidos al poder imperial y al colaboracionismo de sus dirigentes.

No cabe duda, para ver es preciso ser humilde; para reconocer los hechos y lo que en el fondo está pasando (porque estaba ocurriendo uno de los más grandes acontecimientos históricos que hasta el cosmos se estremeció) es necesario, como los pastores y como los magos, ser sencillo y de corazón abierto. Sólo así se podrán ver las luces de Navidad.

Muchos seguiremos esperando que los graves problemas del país y de nuestra sociedad se resuelvan, esperaremos que quienes tienen las responsabilidades de esos asuntos se apliquen y logren avanzar y hacer que el estado cumpla su función primordial: la seguridad de sus integrantes y su desarrollo. Pero pocos, los sencillos, volverán a ver esas luces que anuncian que el salvador está naciendo, y que sólo Él podrá salvar y transformar de fondo las cosas, que la verdadera salvación tiene que ver con el corazón humano, que es en donde se dan las auténticas definiciones.

Ojalá seamos sensibles como esos pastores y como los magos de Oriente, que seamos capaces de ver más allá de las circunstancias y que no seamos indiferentes al grado que se nos aplique lo que dice el texto bíblico: Vino a los suyos, pero los suyos no lo reconocieron. Por el contrario, adheridos a nuestras esperanzas, reconozcamos lo que también dice el texto: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Eso es lo que, aunque no nos demos cuenta o aunque no queramos hacerlo, celebramos en la Navidad. Y es lo que ven quienes, como los pastores y los magos, tienen un corazón sencillo: las luces de Navidad.

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