El relativo paréntesis de las celebraciones de diciembre, debiera ser aprovechado en el mejor sentido por el gobierno federal.
Para hacer una revisión retrospectiva honesta y a fondo. Para observar bien el suelo que se pisa. Para mirar hacia adelante con ánimo de reencuentro con la realidad.
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Los mensajes en tal sentido han brotado de todas partes. De dentro y fuera del país. Con ánimo de irritación y de dolor, pero también de juicio y sensatez.
En el gobierno la respuesta es sordera, o desdén, o soberbia.
Es lamentable que el poder mande mensajes tan lentos y esquivos, cuando no de amenaza ambozada. O de indiferencia, o de incompetencia, o de impotencia.
Ha faltado una política de comunicación franca y de cara a la sociedad. El discurso escenográfico no es la herramienta, por la sencilla razón de que no se conecta con la gente.
Los observadores más equilibrados concluyen que el grueso de la gente no cree, o cree muy poco en sus gobernantes y partidos. Ellos han perdido su papel de representantes confiables.
Luego entonces, responder a los problemas de la crisis del país con ellos o por medio de ellos es utilizar medios y vehículos inútiles. Cuando la comunicación de esa naturaleza se ha devaluado, es tiempo de cambiar radicalmente, a fondo.
Lo grave es que el tiempo pasa y desde el poder no se asume una posición resuelta y acertada. Parece que la estrategia es apelar a que el tiempo apague la molestia social, abata el ánimo de protesta y muera por inanición la inconformidad latente.
Fin de año es una estupenda oportunidad para ofrecer cambios. Cambios de fondo y de forma. Cambios que reconcilien lo que sea posible rescatar de la oferta del poder y lo que la sociedad demanda. Y acepte.
Esto último no es la solución, está claro. Pero debiera ser el punto de partida. Los cimientos o el primer piso. Pero si hay gente con olfato y sensibilidad en el gobierno, debiera capitalizar el momento para poner, ahora, las velas por donde sopla el viento.
La oportunidad es ahora, no más tarde. Decía con certeza un gobernante poblano: “La oportunidad es como una mujer lasciva que toca a tu puerta, si tu no le abres, toca en la siguiente…”
Y sabemos que la puerta siguiente es la que cruje en el sur del país.
La molestia, el dolor y la irritación han rebasado la frontera de la protesta. Han caído más de una vez en la provocación, el delito franco, o la anarquía pasando por casi todas las formas de la violencia.
Esto tampoco es admisible. La destrucción anti todo, las más de las veces no perjudica al gobierno sino a la sociedad. El patrimonio dañado, el empleo que se cancela, el ingreso salarial que no llega, las inversiones que se ahuyentan o las carreteras que se bloquean lesionan en primer término a la gente, no al gobierno.
¿Qué de heroico o demandante de justicia tiene eso?
El repudio a la corrupción del poder, a la falta de transparencia u honestidad, a la complicidad del poder con las bandas de negociantes o delincuentes (sí, léase La Casa Blanca y los privilegios de los empresarios favoritos del gobierno y el tráfico de intereses) se explica y justifica, pero no al amparo del delito como sistema.
Las protestas demandan audacia e imaginación, es claro, pero las formas cada vez más frecuentes en Guerrero y Oaxaca son violencia sin razón simplemente.
Y aquí lo grave es que, desde el poder, ¿quién tiene la autoridad moral para dar lecciones de ética pública? No hay quien en tanto no se den hechos evidentes, públicos y confiables de que se está predicando con el ejemplo.
Para desarmar la violencia anárquica, es precisa que hablen los hechos.
Que se ofrezca y sea visible un viraje rotundo para rectificar todos los errores, abusos, negocios, trafiques, componendas y farsas democráticas que son visibles en la cúpula del poder. (Ese es el fondo, Ayotzinapa fue el detonante)
En tanto nada de esto se advierta, los pasos de los violentos querrán tumbar puertas.
Ese es el reto a la inteligencia del gobierno.