Independientemente de las consideraciones devocionales o de fe que pudieran suscitar, mismas que son por demás respetables, las apariciones marianas han estado siempre asociadas con mensajes apocalípticos así como con el reforzamiento social y político de las fuerzas del estatu quo imperante en sus más retardatarias facciones.
Tal ha sido desde los tiempos de Marcelo, último poeta de la Roma clásica y primero de la cristiandad , hasta las recientes apariciones en Croacia en los años 80 en el poblado de Madgujorge que trajo aparejada la gran conflagración de los Balcanes a lo largo de la década siguiente; constancia que, pudiera acaso rastrearse, desde los tiempos en que el culto de devocional a “María” como madre de Cristo se sincretizó en todo el mediterráneo con la culto a Isis tal y como se refiere en “el asno de oro” de Apuleyo.
Más artículos del autor
Las apariciones guadalupanas, reseñadas según la tradición por la crónica del historiador indígena Antonio Valeriano llamada “NICAN MOPOHUA” , se erigen como único caso, en que aquellas han traído consigo un mensaje esperanzador y su imagen ha acompañado al pueblo de México en todas las sublevaciones que se han dado a lo largo de la historia; pueblo que, ante la orfandad de sus dioses, demolidos por las huestes de Hernán y bajo la supervisión de evangelistas tan conspicuos como Fran Pedro de Gante, encontró cobijo en el manto de la Señora del Tepeyac.
Durante mucho tiempo, la tradición jacobina mexicana , siguiendo en ello las circunstancias ya apuntadas de la fenomenología mariana, quiso encontrar en los relatos de las apariciones guadalupanas una construcción simbólica de dominación política, así Rodolfo Usigli, habría esgrimido tal interpretación en una pieza fundamental de la dramaturgia mexicana como es “Corona de Luz”; sin embargo, una visión de mayor penetración antropológica podría descubrir en la imagen del Tepeyac , ciertamente a una de construcción simbólica pero entretejida por la colectividad popular y no por las intrigas palaciegas adquiriendo por ende un matiz profundamente liberador e incluso subversivo como lo habría avizorado Graham Grenne .
En 1792, Fray Servando teresa de Mier Noriega y Guerra, a partir de las disquisiciones etimológicas del erudito Boturinni, se habría atrevido a expresar que el lienzo con la imagen no se habría aparecido en éstas tierras por primera vez en cuatro ocasiones durante las frías mañanas de diciembre de 1531, sino que habría sido traída a éstas tierras por Santo Tomás Apóstol; alocución que de manera inmediata fue interpretada por los poderosos del reino como un llamado a la sublevación.
Nuestra Señora de Guadalupe acompañó a las huestes del padre Hidalgo, de Emiliano Zapata y de Cesar Chávez, y, en concordancia con su sentido histórico es de esperarse que acompañe a sus hijos en los momentos críticos que habrá de vivir.