En el clima de descontento que se respira en el país, hay dos factores que son constantes y efervescentes, aunque parezcan soterrados. Uno es la desconfianza total en quienes están en el poder, en los tres niveles. El otro es la ventilación de la corrupción de los poderosos, igual, en los tres niveles.
Ambos son visibles, extendidos, crecen por el país.
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Sobre el primero, la desconfianza. Uno conversa con personas de cualquier sector y brota a flor de labio: no creen en nada de lo que se dice o hace en las distintas esferas del poder. Se comenta cualquier acción o reacción gubernamental ante un hecho y es unánime, primero la duda, después el generalizado rechazo.
Así sucede ya se trate de casos de justicia, de inversiones, de anuncio de obras o programas, o de investigaciones y resultados. La gente sencillamente no cree en nada. Ya se puede estar hablando de verdades o con la verdad, pero el descrédito es tal que nada se toma como cierto. Todo se pone en duda, se cuestiona.
Y es que el vicio de mentir o manipular de arriba hacia abajo se ha vuelto una forma natural de ser. Mienten en hacer justicia, realizar obras, ejecutar o anunciar programas, publicitar presupuestos, otorgar contratos o licitaciones, nombrar o remover funcionarios, todo lo descarta el ciudadano.
Los protagonistas de la función pública están forrados de la más absoluta suspicacia.
La gente los ve o escucha o lee sus dichos y no le causan ninguna motivación. En automático se enteran de lo que hacen o dicen porque los medios lo reproducen, en esa común catarata de noticias con declaracionitis vacua, pero no le provocan ni sorpresa ni admiración, ni gusto, beneplácito o esperanza.
Su desprestigio es tanto como su desprecio. Si bien les va los ven o juzgan con indiferencia,, sarcasmo o burla.
La corrupción es el otro factor. No hay círculo de amigos, de todos los estratos, en donde no se ventilen versiones, informes, datos o anécdotas, de los cuantiosos recursos que se roban los funcionarios o representantes populares. No es desvío, es robo descarado al amparo de “obras”, “programas”, o “presupuestos.”
Y esto es cada día más común. Es el tema dominante en las charlas de familia, en los centros de trabajo, en los cafés, en las oficinas públicas o empresas privadas. Como al final todo se sabe, porque las redes de la corrupción tienen coladeras donde brotan los chorros de los saturados cauces, se conocen todo género de trapacerías burdas y cínicas.
Y estos dos componentes del estado de ánimo de los mexicanos tienen dos salidas: rumiar el odio, el rencor hacia la clase gobernante, pasando por el insulto y el repudio, una forma de desahogo muy mexicana ante la impotencia; y la otra, incubar ese aborrecimiento para convertirlo en reprobación muda y usencia el día de las elecciones, y , poner los cimientos para la multiplicación de brotes violentos confesos o anónimos. Las guerrillas acechan.
En esa subversión anónima pero extendida, sorda pero constante, cívica ajena y por encima de partidos, algo se está gestando.
Los gobiernos construyen sus escenarios de fantasía y complacencia, de regodeo y menosprecio hacia la gente. Ese, su mundo, el del poder, el dinero faccioso, las complicidades trepadoras y la desfachatez galopante, no es eterno, no puede serlo.
En el momento más impensado ese orden impuesto, ese poder que subyuga, somete o reprime, se resquebraja.
Es preocupante decirlo pero hay barruntos de violencia, anárquica o concertada, anónima o confesa. En un escenario así, amenazante, preocupante, en esta coyuntura de crisis y fracaso de los gobernantes, de debilidad y negligencia evidentes, mas incompetencia reiterada, todo es posible.
Eso, preocupa y duele. Deseamos estar equivocados.